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Nadal saca su mejor tenis, arrolla a Anderson y se corona en el US Open

Nadal no dio opción al sudafricano y se impuso en tres mangas (6-3, 6-3 y 6-4). 

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Nadal volvió a triunfar en el US Open | EFE

Se plantaba Rafa Nadal en Flushing Meadows hace dos semanas con sensaciones quizá contradictorias, cuajando un año excelente en líneas generales, que le había vuelvo a aupar al número 1 del ránking mundial, pero con alguna duda razonable tras las derrotas en Wimbledon, Montreal o Cincinnati. Acabó jugando a buen nivel en los tres torneos según sus sensaciones, por sus propias palabras, pero sin ser capaz de llegar a la final, siendo apeado por rivales alejados de la primerísima elite: Gilles Muller en la hierba londinense, y los jóvenes Shapovalov y Kyrgios en los dos torneos de la gira de pista dura norteamericana. El camino en New York era, pues, una incógnita. Y quizá ni él mismo esperaba un desenlace tan exuberante, rubricado con una victoria apabullante en la final, ante un rival poco habitual a esas alturas como el sudafricano Kevin Anderson, al que el manacorí liquidó por la vía rápida (6-3, 6-3, 6-4), para coronarse por tercera vez en el US Open y levantar su 16º trofeo de Grand Slam, lo que le deja a sólo tres de los 19 de Roger Federer.

Y es que Nadal, con esa confianza inabordable de las grandes tardes, no dio respiro al gigante de Johannesburgo, que desde sus 203 centímetros se las vio y deseó el tiempo que duró el partido para levantar las bolas que el español le mandaba repetidamente a sus tobillos, o correr detrás de decenas de misiles ajustados a la línea. El número 1 de la ATP marcó el territorio desde el inicio, sin sufrir apenas con su saque mientras el bombardero sudafricano, coleccionista de puntos directos de servicio, se angustiaba para ganar cada juego al saque desde el mismo momento en que las bolas empezaron a moverse. Con todo, el primer break no llegaría hasta el séptimo juego, cuando el asedio permanente de Nadal terminó por derribar la fortaleza de Anderson al servicio. A partir de ahí, el número 32 del mundo empezó a ver que el oponente que tenía al otro lado de la red se hacía grande como una montaña. Una montaña, eso sí, con las piernas más frescas del mundo. Este Nadal de 31 años ha demostrado, igual que hizo en Roland Garros, que, tras dos años de problemas y dolores, ha vuelto a volar sobre la pista. Ganar en New York su primer título en pista dura desde Doha en 2014 es la mejor prueba de ello. Canibalesco, cerró el primer set tras ceder apenas cuatro puntos con saque, en un punto a velocidad de Fórmula 1 sellado con un remate en la red que le hizo enorme a ojos de su rival.

Con Nadal a plena revolución, Anderson bastante tenía con sobrevivir, aferrado a su potente servicio y su derecha, finalizadora pero cada vez más imprecisa con el paso de los juegos, incapaz de derribar un muro incapaz de estarse quieto. Nadal, restando casi desde el fondo de la pista los obuses enemigos, no tardaba en ganar la línea de fondo a rebufo de sus piernas infatigables. Al servicio, mareó a Anderson durante todo el partido, combinando pelotas a la 'T', saques abiertos, y no pocos al enorme cuerpo del sudafricano, lento en el desplazamiento lateral. Enrachado, logró la ruptura antes en el segundo set, para un 4-2 tras smash en la red, ante el que Anderson empezó a ver definitivamente el Everest al otro lado.

Casi por inercia, con Anderson ya medio grogui, Nadal empezó a grabar su nombre de nuevo en el trofeo con un break rapidísimo en la tercera manga, que fue el abismo definitivo (2-0). Llegados a ese punto, Anderson, acaso agarrotado hasta entonces, soltó los nervios, hecho habitual en el tenis, y empezó, sabiéndose casi matemáticamente derrotado, a volver a encadenar golpes ganadores con la regularidad del inicio. Alargó el partido con enorme dignidad, animándose tras cada ace, tras cada palo a la línea, que no fueron pocos. Pero su problema ya no era él. Su problema estaba al otro lado de la red, y no estaba dispuesto ya a dejar pasar su oportunidad de volver a triunfar en el mítico Estadio Arthur Ashe, donde no lo hacía desde 2013. Quizá por ello, por la lejanía del olor a éxito en tan singular recinto, Nadal tuvo un atisbo de duda en el juego decisivo, con Anderson a base de azotes llegando a colocarse 15-30. Pero entonces, el español tiró del recurso de los buenos de verdad: se aferró al servicio como los grandes de la historia para resolver el entuerto, y terminó ganando como mandan los cánones de la pista rápida: voleando en la red, y sonriendo con esa cara de enorme felicidad que Rafael Nadal Parera le regala a España cada vez que logra un triunfo. Esas facciones que representan la más características imagen del mejor deportista español de todos los tiempos.

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