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La inflación de materias primas revive la amenaza del control de precios

La inflación crece en medio mundo, sobre todo en alimentos y materias primas. Algunos gobiernos empiezan a limitar por ley los precios.

Hugo Baldasano
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Las protestas y revoluciones en todo el mundo están en las portadas de todos los medios de comunicación. El norte de África, Asia... y la preocupación latente de que pueda extenderse a más paÍses. Incluso Grecia tuvo un amago que al final el Gobierno controló a duras penas.

Esta serie de revoluciones no debería pillar por sorpresa a nadie y no es coincidencia que suceda justo cuando el precio de la comida está empezando a dispararse, siendo los países más pobres y los emergentes los que, de momento, más lo están notando. En India, incluso, crearon un "hit del verano" contra la subida de precios. Si se atiende a la historia encontraremos pocas o ninguna revolución que sucediera en un periodo donde la gente tenía el estómago lleno y ciertas expectativas de futuro (incluso si eran falsas). La gente cambia radicalmente con el estómago vacío.

Y tampoco debería extrañar a nadie que una de las medidas que han empezado a tomar los gobiernos de medio mundo sea el control los precios, especialmente en la comida y el resto de materias primas. Los políticos saben por experiencia que los precios cambian elecciones. Hasta el partido único en China está en alerta por las revueltas sociales que pudiera causar este fenómeno.

Pero los controles de precios, que ya se están empezando a implementar, traerán consecuencias aún peores. Es curioso, ya que este tipo de medidas intervencionistas es una de las escasas áreas donde todas las teorías económicas están de acuerdo. Probablemente, porque la historia es clara: nunca funcionan.

Aún así, los políticos siguen agarrándose a los controles de precios como acto desesperado para mantenerse en el poder, algunas veces incluso con el apoyo de una parte de los ciudadanos, que acabarán sufriendo las consecuencias.

Así, por ejemplo, vemos cómo China ya ha empezado a imponer control de precios en la comida, enviando a la cárcel a aquellos comerciantes que se negaban a obedecer; el Gobierno de India, un país con una larga historia en este tipo de intervenciones, ha recrudecido sus esfuerzos para que se obedezcan las leyes, en un momento en el que los precios de la comida han llegado a subir cerca de un 20% en un año; Rusia también ha impuesto controles de precios, a la vez que ha prohibido la exportación de ciertos productos agrícolas. El IPC ruso se acerca al 10%, de nuevo con la comida y la energía de protagonistas; varios países africanos y sudamericanos también han prohibido recientemente la exportación de ciertas materias primas...

El denominador común en todos estos casos consiste en culpabilizar a los "especuladores" del alza de precios, al tiempo que los políticos alegan que esos "controles" ayudarán a los más necesitados. Sin embargo, los gobiernos nunca explican claramente la razón de estas subidas de precios.

En Occidente todo esto podría sonar a problemas típicos de los países no desarrollados, pero los últimos datos de inflación darán que pensar a más de uno. Así, en España, el IPC oficial que elabora el Gobierno subió un 3,3% interanual el pasado enero, siendo la comida y la energía los productos que más contribuyeron de largo a este incremento.

Parece que se repite la historia: el ex presidente Roosevelt impuso drásticos controles de precios en EEUU durante la Gran Depresión de los años 30; la siguiente gran crisis internacional tuvo lugar con la estanflación de los años 70 -cuarenta años más tarde-, y el entonces presidente Nixon también aplicó control de precios en EEUU; la presente crisis, conocida como la Gran Recesión, también llega puntualmente 40 después. ¿Será esta vez diferente?

Dados los ejemplos históricos, no es descabellado pensar que los políticos vuelvan a probar. De hecho, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, ya ha propuesto estudiar medidas similares en el seno del G-20. Mientras, en EEUU se acaba de aprobar una ley que obliga a los participantes de los mercados de futuros de las materias primas a tener que solicitar un permiso al Gobierno federal si superan los 300 contratos al mes.

Nixon: el pasado siempre se repite

Nixon, presidente de EEUU entre 1969 y 1974, se encontró con una posición del dólar muy débil. Tras la devaluación ordenada por Roosevelt, que depreció el billete verde hasta los 35 dólares por onza de oro, y los acuerdos de Bretton Woods, por el que el dólar estadounidense se convirtió en la principal divisa de reserva internacional (por ser, teóricamente, convertible en oro), la Reserva Federal (FED) desarrolló políticas monetarias irresponsables, hasta el punto de que EEUU careció de suficiente oro para canjear los dólares en circulación.

Así, ya a finales de los años 40, apenas diez años después de la gran devaluación monetaria aprobada por Roosevelt, EEUU tuvo que enviar a Arabia Saudí monedas de oro acuñadas ex profeso debido a los problemas para intercambiar dólares a $35/onza.

Este problema se exacerbó aún más debido a que el gasto público del Gobierno estadounidense se disparó con la Guerra de Vietnam durante los años 60. Washington tuvo entonces que recurrir directamente a la impresora de su banco central para sostener tal ritmo de gasto. A pesar de diversas acciones, especialmente en Sudáfrica, finalmente el Gobierno de EEUU tuvo que declararse en bancarrota en 1971 al abandonar Bretton Woods, la última vinculación del dólar con el oro.

Recientemente, se han desclasificado las cintas grabadas en el despacho del presidente Nixon. En estas grabaciones se descubre cómo Nixon presionó al entonces presidente de la FED, Artur Burns, para que inflara la masa monetaria y creara un boom artificial con el único objetivo de crear empleo temporalmente de cara a su reelección a finales de 1972. Y ello, sin importarle en absoluto las consecuencias que tales medidas supondrían para la población.

Curiosamente, Nixon es famoso por su anti-comunismo, pero en economía no dudó en aplicar medidas de planificación centralizada. Así, Nixon no dudó en implantar controles de precios tras la rampante que sufrió EEUU como resultado de la impresión de dólares y la desconfianza internacional tras el abandono de Bretton Woods. Tales controles duraron desde 1971 hasta justo pasada la reelección en 1973.

Dicho control de precios fue recibido positivamente por una buena parte de la población y, al principio, parecieron funcionar (reducción de los precios). La segunda fase del plan se aprobó en noviembre: un comité gubernamental se encargaría de aprobar subidas de sueldos y precios. Sin embargo, a mediados de 1972 los precios volvían a subir con fuerza. En 1973 ya era evidente para todos que las medidas no funcionaban, a pesar de la aprobación de las fases III y IV del citado plan, que incluían controles de precios en la gasolina, entre otros aspectos.

Finalmente, los granjeros dejaron de suministrar sus productos a los mercados e, incluso, ahogaron miles de pollos como muestra de protesta. La gente empezó a vaciar las estanterías de los supermercados antes de que los precios volvieran a subir. Se formaban colas en las gasolineras debido a los graves problemas de abastecimiento, etc.

Por suerte, los controles de precios fueron retirándose de forma progresiva durante 1973, excepto en el petróleo, donde el control se mantuvo hasta finales de la década.

Tras sufrir casi una década de estanflación (recesión y aumento de precios), en la que las promesas nixonianas de reducir el paro mediante inflación fracasaron estrepitosamente, el entonces presidente de la FED, Paul Volcker, acabó de raíz con estas políticas inflacionarias disparando los tipos de interés hasta el 20%, lo cual provocó una dolorosa y necesaria reestructuración de la economía estadounidense.

Gracias a esta medida, los precios se estabilizaron sin necesidad de controles artificiales y el problema del desempleo se solventó.

Los controles de precios no funcionan

Por desgracia, este ciclo de intervención monetaria-inflación-control de precios se repite una y otra vez. Durante este proceso, una buena parte de la población se cree las promesas políticas y apoya la intervención de los gobiernos para, al poco tiempo, arrepentirse tras observar las consecuencias reales de tales medidas. Entender por qué los controles de precios no funcionan es bastante sencillo, gracias a la fundamental ley de la oferta y la demanda.

El mercado, el conjunto de intercambios voluntarios, coordina la producción a través del sistema de precios. Esta coordinación se produce porque los artículos más demandados ven cómo su precio sube, y todo lo contrario para los menos demandados.

Un precio más alto sirve de incentivo a los productores para producir más y, en cambio, un precio más bajo les incentiva a producir menos y dedicar recursos a otra producción más demandada por la gente. De esta manera, los precios logran coordinar los gustos y necesidades de la gente (demanda) con la capacidad de producción (oferta) existente en cada momento. Ésta es la razón por la que el supermercado de al lado de su casa está siempre abastecido con los productos que nos gusta comprar.

El problema viene cuando estos precios se distorsionan mediante controles gubernamentales. Cuando se mantienen artificialmente bajos, los productores dejan de recibir la señal, el aumento de precio, que marca la demanda de la gente por ese producto y no reaccionan aumentando la producción para satisfacer esa demanda. Por su parte, el precio más bajo anima a realizar un mayor consumo.

Menos producción y más consumo tan sólo acaba produciendo mayor escasez y, en última instancia, desabastecimiento. En casos extremos, este tipo de controles hace que los productores dejen de fabricar o vender su producto, ya que su venta a un precio inferior al real (al del mercado) le supone entrar en pérdidas, tal y como sucedió en el caso de los granjeros estadounidenses.

Actualmente, las futuras subidas de precios parecen inevitables. A pesar de sus promesas, los bancos centrales del mundo todavía no han dado marcha atrás a sus programas excepcionales de inyección monetaria al sistema bancario, al tiempo que siguen monetizando deuda pública.

La desinflación sufrida desde 2008 ha podido dar la impresión de que todos estos rescates salían gratis. Sin embargo, toda acción tiene su consecuencia, y ahora parece que llega el momento de pagar la factura: precios más altos, principalmente en los bienes de primera necesidad. Ahora, el gran riesgo radica en que los gobiernos opten, sobre todo en medio de un ambiente de protestas sociales, por aplicar parches para controlar unos precios en auge en lugar de combatir la raíz del problema.

La historia demuestra que los controles de precios siempre han fallado. De hecho, garantizan empeorar la situación y alargar la crisis, perjudicando a todo el mundo, sobre todo a los más desfavorecidos. Así pues, antes esta situación, la pregunta clave a responder es la siguiente: ¿hemos aprendido la lección? La respuesta, en breve.

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