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(500) días juntos: La mejor comedia (anti)romántica del año

Atención a 500 días juntos, todo un gran logro en el mareado género de la comedia romántica. El idilio entre Tom y Summer dibuja emociones que van desde el amor verdadero a la inevitable decepción que otros nos escamotean. Y todo ello es mostrado con calidez, cachondeo y maestría cinematográfica.

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Atención a 500 días juntos, todo un gran logro en el mareado género de la comedia romántica. El idilio entre Tom y Summer dibuja emociones que van desde el amor verdadero a la inevitable decepción que otros nos escamotean. Y todo ello es mostrado con calidez, cachondeo y maestría cinematográfica.

Para empezar, es la crónica de un desastre anunciado, pero contada con tal naturalidad y calidez y (también) sarcasmo, que uno no puede sino quitarse el sombrero ante la habilidad de su director, el debutante Marc Webb, para conjugar drama con comedia, tanto en su variedad bobalicona como con la más afilada y cínica. Porque 500 días juntos es un colorido viaje que navega entre esas dos aguas con la misma intensidad y decisión, sin perder un ápice de carácter.

La película resulta tan auténtica que recupera el brío perdido del género romántico para una larga temporada. Desnuda de demostraciones de cine alternativo y de muecas de comedia romántica hollywoodiense (en plan La cruda realidad), lo que queda es el desasosiego del desamor cotidiano, vestido para la ocasión de comedia para que el personal no salga mustio de la sala: 500 días juntos no es noña ni pretenciosa, tampoco triste: modula su discurso de tal manera que habla de temas espinosos, sin dejar en ningún momento de resultar condenadamente alegre.

Para ello se sirve de dos intérpretes de los que campan a sus anchas tanto por el panorama indie como en el de las grandes producciones, y que aquí están simplemente excelentes. La magnética química entre Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel realza el film y lo llena de ambigüedades respecto a sus personajes. Por un lado, él da lucidez e inteligencia a un personaje que podía haber sido demasiado blando, y Zooey Deschanel enamora a la cámara sin permitir que los acontecimientos finales conviertan a su personaje en la villana de turno.

Lo comun y cotidiano aparece aquí vestido con magnetismo, y tanto el guión –que nos cuenta la historia de amor y desamor desafiando la linealidad- como la puesta en escena están repletas de genio, capaces de dignificar el alicaído cine independiente y el denostable género en su variedad más comercial.

Para el recuerdo queda el último encuentro entre Tom y Summer en el parque (una escena timorata donde las haya, resuelta con sentimiento) o aquella en la que la pantalla se divide para mostrar con cachondeo las expectativas del joven, y la realidad, por poner sólo dos ejemplos. Una joya sin ninguna pretensión de serlo, lo que multiplica sus méritos todavía más.

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