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Destino: Woodstock. Sonrisas y lágrimas del "flower power"

Ang Lee bucea en la intrahistoria de Woodstock en una irregular comedia que convence en su primera mitad, cuando realiza un simpático cuadro costumbrista del pueblo donde se iba a celebrar la mayor y más paradigmática celebración de los anhelos y decepciones de su época.

JUANMA GONZÁLEZ
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Ang Lee bucea en la intrahistoria de Woodstock en una irregular comedia que convence en su primera mitad, cuando realiza un simpático cuadro costumbrista del pueblo donde se iba a celebrar la mayor y más paradigmática celebración de los anhelos y decepciones de su época.
Destino: Woodstock, póster

Para ello se ha tomado como base la novela autobiográfica de Elliot Tiber, convertida en guión por James Schamus, colaborador habitual de Ang Lee y autor de libretos para el taiwanés como los de Hulk (sin duda, una de las más estimulantes adaptaciones de superhéroes) o la sobrevalorada Brokeback Mountain.

En ella, Elliot Teichberg es un joven judío que vive aislado con sus padres en una granja rural de Bethel, en Nueva York. No obstante, se va a convertir de la noche a la mañana en el principal responsable de que el masivo festival de Woodstock acabe celebrándose en la localidad, para lo cual tendrá que enfrentarse a carros y carretas…

El film de Lee convence cuando se centra en el relato personal de su personaje principal, el joven judío Elliot Teichberg, pero se hunde en parte después de su primera mitad, cuando se explora el psicotrópico y masivo viaje de descubrimiento una vez comienza el concierto de marras. Es entonces cuando el film pierde de vista sus personajes y el contraste del cuadro costumbrista bien dibujado, para sumergirse en la deslabazada y alucinógena orgía del tópico contracultural.

Y es que como el mismo director revela, Destino: Woodstock se conforma con representar la otra cara de la moneda de la mucho más amarga –y superior- La tormenta de hielo, una no anunciada precuela del drama que protagonizaron Kevin Kline y Sigourney Weaver. La fachada inocente y esperanzada del "flower-power" se descubre en una película en la que el director, eso sí, siembra algunas de las migas del descontento que vendría después, pero sin querer llegar a meter la jeta en el anverso amargo del evento.

Tal voluntaria renuncia no convierte Destino: Woodstock en una mala película, pero sí en un film menor de forma premeditada. Una comedia que es mejor cuando navega entre lo costumbrista y lo anecdótico de su primera mitad, y que convence cuando se concentra en el retrato de su protagonista en su trayecto hacia el despertar a su momento histórico -y su enfrentamiento con los desconectados campesinos del lugar-. Por el camino Lee siembra perlas verdaderamente divertidas, como ese ex marine travesti encarnado por el robusto Liev Schreiber, o la reacción de los padres del protagonista ante el intento de extorsión de unos mafiosos, así como momentos visuales de incuestionable belleza.

Una lástima que el guión no remate lo planteado y todo se acabe en una meticulosa reconstrucción del evento, que deriva en una amorfa segunda mitad en la que Lee reparte estimulantes sugerencias –la excelente expectación que genera el concierto, que nunca es visualizado-, pero desgraciadamente poco cohesionadas. Lo dicho, un agradable quiero y no puedo que me despierta simpatía.

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