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Donde viven los monstruos: La historia interminable indie

Adaptación de un breve cuento de Maurice Sendak, el director Spike Jonze consigue llevarlo a su terreno y elaborar una película sobre niños que gustará más a los mayores, lo que tampoco tiene por qué suponer crítica alguna. Pocas veces una película infantil se revela finalmente como un drama adulto.

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Adaptación de un breve cuento de Maurice Sendak, el director Spike Jonze consigue llevarlo a su terreno y elaborar una película sobre niños que gustará más a los mayores, lo que tampoco tiene por qué suponer crítica alguna. Pocas veces una película infantil se revela finalmente como un drama adulto.

Donde viven los monstruos es la primera producción que podríamos llamar de estudio del visionario y enfant terrible indie Spike Jonze, responsable de las brillantes rarezas del cine independiente norteamericano Como ser John Malkovich y El ladrón de orquídeas. Jonze adapta el cuento infantil de Maurice Sendak, en la que Max, un niño incomprendido y rebelde, se escapa de casa tras una fuerte discusión con su madre. El niño llega entonces a una isla misteriosa creada por su propia imaginación y habitada por unas extraordinarias criaturas, un lugar donde podrá hacer travesuras para siempre.

Extraña, pero agrada, que un film tan a contracorriente como Donde viven los monstruos haya cosechado un más que correcto resultado comercial en EEUU. Jonze rehúye lugares comunes en el cine infantil para sumergirse en territorios más oscuros, dramáticos y hasta psicológicos, en los que la críptica y laberíntica mente de su director parece fusionarse con el punto de vista infantil requerido con inesperada eficacia. Jonze ha elaborado, en definitiva, un imperfecto poema a la soledad y el abandono, extraño y desasosegante, pero definitivamente esperanzado.   

Y digo imperfecto porque Jonze no puede mantener el ritmo del espléndido comienzo todo el metraje, generando cierta sensación de abandono en los pasajes centrales de la historia, una vez que las entrañables y taciturnas criaturas de la imaginación de Max han hecho ya aparición en escena. Donde viven los monstruos carece de una línea argumental clara y poderosa durante el grueso de su desarrollo, pese al tono logrado por el realizador, y se nota cierta cadencia plomiza en el devenir de los acontecimientos. No obstante, y pese a desequilibrar notablemente el resultado final, es un precio que se paga con cierto gusto gracias a la risueña pero angustiosa tristeza que desprenden las bellas imágenes del film.

Donde viven los monstruos es una compasiva fábula sobre el final de la imaginación en su estado más primigenio y la entrada en la vida adulta, que juega en una liga distinta a otras cuentos aventureros destinadas al público infantil, y en la que Jonze se arriesga a mantener un pulso con el público y la industria en territorio peligroso. Contiene momentos tiernos que van al centro neurálgico de la mente infantil (Max, enterrado bajo una montaña de monstruos peludos, o contemplando la pequeña maqueta de un hogar) y otros directamente desgarradores, como la apresurada marcha del pequeño (atención a la mirada final del peludo Carol, indiscutible figura paterna ausente en la vida de Max, y con voz de James Gandolfini en la versión original). Y el impagable plano final de niño que cierra la película no necesita de palabras para cerrar el círculo.

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