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G.I. Joe. Palomitas al rojo vivo

El verano, época de relax por autonomasia, puede provocar cierta laxitud intelectual que nos predispone a recibir sin mayores problemas productos como G.I. Joe, una nueva franquicia de juguetes ahora hecha película de la mano de Stephen Sommers, realizador de la simpática -y superior- La Momia.

JUANMA GONZÁLEZ
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G.I. Joe, póster

G.I. Joe es un espectacular, caro y ruidoso juguete concebido para que los adolescentes de todo el mundo dejen las salas untadas en palomitas. En el film, un equipo de élite de soldados dotados de la última y ultrasecreta tecnología se enfrenta a la organización Cobra, que ha robado unos misiles de vanguardia y está dispuesto a utilizarlos donde sea necesario.

Pese a ciertas extravagancias interesantes y carecer de pretensiones más allá del mero entretenimiento –objetivo logrado en este aspecto-, el film acusa los manierismos vacíos e infantiles del Hollywood más comercial. El film de Sommers se ampara en el hecho de que es un cómic para renunciar, desde el principio, a contar una historia o concebir personajes mínimamente carismáticos –y tiene muchos-, apostando por una acción grotesca y fantasiosa a modo de remedo digital de las antiguas y coloristas aventuras del agente 007 en tiempos de Connery o Moore.

El problema es que aquellas fantasías masculinas estaban concebidas con encanto, color, y hechuras de buen cine, pese a quien pese. El film de Stephen Sommers se limita a utilizar dicha referencia de forma meramente utilitaria para facturar un mero complemento a la venta de juguetes articulados y videojuegos, que como film es puramente formulario y que requiere ser visto en piloto automático para ser tolerado. Si hablábamos de Asalto al tren Pelham 123 como un suficiente ejemplo de cine de acción adulto, G.I. Joe viene a satisfacer a las audiencias que evitaron ese título.

Eso no quiere decir que, en ocasiones, el festival de excesos no pueda ser divertido y la pasión por el 'pulp' de su director, la que inspiró la excelente La Momia -y la horrible Van Helsing- sea, precisamente, la que salve los trastos. Es el caso del largo episodio desarrollado en París, (momentos en los que el film de Stephen Sommers justifica sus gargantuescas y absurdas proporciones con algunas gotas de sentido de saludable y gozoso suspense), o ese clímax de acción final en el que el relato se divide en tres acciones paralelas de influencias más clásicas.

El resto es un ensordecedor invento que exhibe una narrativa mecánica y una absoluta saturación de efectos digitales, en ocasiones de una calidad solamente estándar. En estas circunstancias, los actores sólo pueden poner cara de circunstancias y pasearse por la pantalla azul con cara de póker. Los que mejor lo hacen son el veterano Dennis Quaid, el único que sabía dónde se metía, y una impresionante Sienna Miller, que pasea su envidiable porte con sentido del humor y la seguridad de que tiene el personaje que alberga la única –y relativa- sorpresa del relato.

Vale que G.I. Joe es puro cómic, una suficiente y desprejuiciada diversión de verano y cine de usar y tirar que en ocasiones complementa lo disparatado con lo cinematográfico, pero la película no logra establecer bien su tono. Como tal cumple, pese a que es necesario darse una ducha después de verla. Llega, además, después de Transformers: La venganza de los caídos haya copado toda necesidad en este sentido, y en un momento en que los espectáculos de acción solventes andan de capa caída.

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