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La cruda realidad: Escenas de la guerra de sexos

La cruda realidad sigue de pe a pa a los parámetros de la comedia romántica de Hollywood, aunque gracias a Dios lo haga con algo de sorna. Pero nada nuevo hay bajo el sol, de modo que advertidos quedan.

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La cruda realidad sigue de pe a pa a los parámetros de la comedia romántica de Hollywood, aunque gracias a Dios lo haga con algo de sorna. Pero nada nuevo hay bajo el sol, de modo que advertidos quedan.

Nuevo episodio de la rivalidad entre hombres y mujeres. Una maroma calculadora, profesionalmente bien situada pero soltera, obligada a mezclarse en el entorno laboral con un gañán que desborda testosterona. Él ayuda a la joven a dar lo que los hombres presumiblemente desean. Por el camino y tras varios dimes y diretes que les convierten en la perfecta pareja profesional, surge el pastel…

El film de Robert Luketic se limita a explotar el atractivo de su pareja protagonista y a hacer alguna somera y conciliadora reflexión sobre la guerra de sexos, sin que la sangre llegue al río. En esta coyuntura, sale vencedor un Gerard Butler sin el casco de 300 que se come con comodidad los calculados gestitos de Katherine Heigl, buena actriz carente del espontáneo hechizo de otras damas recientes de la comedia romántica.

Lo bueno de La cruda realidad es que, pese a ser una comedia romántica al uso, no escoge la vía del azúcar y prefiere acercarse a modelos más insolentes, gracias precisamente a la seguridad de Butler para explotar su lado golfo y aportar chicha a un producto con fecha de caducidad incorporada en el adn. Sin ser un derroche de talento, el film de Luketic no está mal hecho y se pasea liviano por todos y cada uno de los lugares comunes del género, pero el desgaste se acusa y su vulgar estudio de la lucha de sexos no puede ser tomado en serio, aunque mientras transcurre se vea con amabilidad y sin demasiada curiosidad.

Menos mal que se salvan algunas notas de cruel ironía sexual, y alguna floja reflexión acerca de la idiosincrasia de los medios de comunicación en la que los protagonistas enredan. Gracias a eso y a Butler, el film transcurre sin problemas, pero sin dejar que sus puntuales excentricidades tomen el control de un producto elaborado en piloto automático.

Tampoco es una desfachatez afirmar que La cruda realidad, film que será olvidado a la semana siguiente de su estreno, se deja ver y hasta divierte en su sobado catálogo de tópicos sexuales. Es un camino que a todos nos gusta recorrer de vez en cuando. Su deseo de divertir acaba sobreponiéndose a los estereotipos para un público que perdona la repetición, si ésta se produce con cierta gracia, aunque suponga otra oportunidad perdida para elaborar algo más rotundo.

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