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Los mundos de Coraline: deslumbrante, asombrosa... siniestra

Adaptación de un cuento infantil, Henry Selick prolonga su gusto por lo tétrico y perturbador en una deliciosa aventura técnica y narrativamente irreprochable. Junto con la inminente Up de Pixar, Los mundos de Coraline es una maravilla del cine de animación de este año. Y del cine, en general.

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Adaptación de un cuento infantil, Henry Selick prolonga su gusto por lo tétrico y perturbador en una deliciosa aventura técnica y narrativamente irreprochable. Junto con la inminente Up de Pixar, Los mundos de Coraline es una maravilla del cine de animación de este año. Y del cine, en general.

L D (Juanma González) Con Los mundos de Coraline, adaptación del cuento de Neil Gaiman, Henry Selick demuestra quién era la verdadera cabeza pensante tras los éxitos de Pesadilla antes de Navidad y James y el melocotón gigante, ambas ejecutadas al alimón con el director Tim Burton. Porque el nuevo film en solitario de Selick las mejora: no sólo presume de su proverbial estética y el tono fantasioso de aquellas, sino que ofrece además un notable ejercicio narrativo que eleva el conjunto sobre las anteriores.

Coraline es una niña que se traslada a un caserón junto con sus ocupados padres. Ante el exceso de tiempo libre y la escasa atención que recibe, la joven se dedica a explorar sola todos los rincones de la casa, descubriendo nuevos amigos y una misteriosa puerta que lleva a una casa exactamente igual a la suya, donde es recibida por sus otros padres, que se distinguen por unos perturbadores botones en lugar de ojos. Coraline sospecha con razón que hay algo muy extraño detrás del espejo...

El valor del film está en fundamentarse argumentalmente no sólo en los cuentos de Lewis Carroll, sino también en muestras más modernas acerca de la creación de mundos alternativos y paralelos, con unas gotas de las angustiosas suposiciones del doble freudiano (hallando lo terrorífico en lo familiar, doméstico). Y a la vez, parece compartir con El Laberinto del Fauno la tesis de su necesidad práctica de dichos nuevos mundos como mimesis y evasión para la mente libre, elevando su valor a la de una verdadera metáfora del porqué de la ficción y la búsqueda de un sentido primario al mundo que nos rodea.

Selick colma de referencias visuales el conjunto sin que éste pierda un ápice de personalidad, y regala al espectador un instante maravilloso tras otro: el primer paseo de Coraline por los alrededores de la casa (reforzado por la esléndida música de Bruno Coulais), o ese enfrentamiento final de la niña con la Bruja, que recuerda al climax final de Aliens de James Cameron (por no mencionar el protagonismo que cobra la mano "infiltrada" en el mundo real en el desenlace).

Y es que el film hace gala de la sensibilidad siniestra y terrorífica de Selick, que potencia la vertiente de ensoñación oscura y adulta del relato, haciendo gala incluso una impagable ambigüedad y un soterrado y valiosísimo sadismo: ver el trágico destino de algunos de los niños perdidos, sin ir más lejos, o de algunos de los personajes creados por la enigmática figura de la bruja para engañar a Coraline, que resultan en un adecuado climax que remata el inquietante sustrato del conjunto.

No obstante, el film también presume de narración hábil y ágil, en la que Selick exhibe gusto por el suspense, compaginado con las adecuadas dosis de humor y ternura, que elevan el film por encima del mero entretenimiento. En definitiva, éste resultará tan atractivo a los más pequeños como gozoso para los adultos, gracias a su vertiente de cuento de hadas terrorífico.

Y todo ello gracias al carisma y la chulería –finalmente heroica- de su personaje principal, una Coraline que es una total maravilla de diseño y personalidad, integrada además en un mundo perfectamente diseñado y ejecutado con primor con la tradicional técnica del stop-motion (animación fotograma a fotograma). En este punto, hay que subrayar la fortuna con la que sus responsables han integrado la animación 3-d con resultados fascinantes y absolutamente espectaculares.

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