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Shutter Island: Scorsese, el rey de la pirotecnia inteligente

Scorsese se aleja de su Nueva York natal para acercarnos a Shutter Island, una misteriosa isla de Boston que alberga un psiquiátrico con los psicópatas homicidas más peligrosos. Allí una de las pacientes ha desaparecido, y Leonardo DiCaprio tendrá que investigarlo.

JUANMA GONZÁLEZ
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Scorsese se aleja de su Nueva York natal para acercarnos a Shutter Island, una misteriosa isla de Boston que alberga un psiquiátrico con los psicópatas homicidas más peligrosos. Allí una de las pacientes ha desaparecido, y Leonardo DiCaprio tendrá que investigarlo.
Shutter Island, póster.

Disfrutable de principio a fin, extrañamente retorcida y fascinante en su sórdida y terrorífica ambientación. Shutter Island es un divertidísimo y reconfortante espectáculo del espanto, una provocativa montaña rusa de cine de misterio y terror. Y por eso mismo, es también un caramelo oscuro de los que se deshacen nada más acabarse, un engaño que presume de ello a mucha honra. Scorsese traza paralelismos entre locura y cordura (transcríbase ficción y realidad), y se monta un chiringuito capaz de sacarle los colores a los sobados tópicos de la intriga de falsas identidades.  

Con un pie en el cine clásico y otro en el videojuego, Scorsese abarca todo lo que hay medio a lo largo de dos horas y pico de puro cine. Shutter island es un trallazo hitchcockiano anabolizado y granguiñolesco, un folletín pulp extrañamente compacto y armonioso, al menos, hasta que llega el momento de plantear el desenlace. Enfática, loca, pero a la vez psicológica e incluso emotiva (ese flashback final…), Shutter island bucea, sin embargo, en lo oculto y lo íntimo, celebrando por el camino la pura pirotecnia pero sin convertirse en el enésimo festival del homenaje.

Y es que mantener el interés en un thriller tan artificioso no debe ser fácil, y eso se nota en el, por momentos vulgar, desenlace. Pero incluso aquí Scorsese consigue que compremos barco como animal acuático, nos regala imágenes preciosas y trágicas y se sirve de la extraordinaria labor de un reparto perfecto, que da categoría y dignidad al engaño. Leonardo DiCaprio puede clamar con orgullo que ya no es el intérprete de Titanic. Una excelente ristra de secundarios le bailan el agua y se divierten con elegancia por los angostos pasillos de la institución: Mark Ruffalo, Ben Kingsley o Max von Sydow son capaces de dar inspiración humana a una fantasía con fisuras, inevitablemente previsible, pero definitivamente bella.

Scorsese cuenta la historia siguiendo la senda del exceso, del puro espectáculo, y aunque nos olemos el final a cierta distancia, la fuerza y determinación con la que el director de El cabo del miedo nos coge de la mano lo compensa todo. La extraordinaria calidad cinematográfica de todos sus elementos justifica sólo el precio de la entrada: desde Robert Richardson en la (perfecta) fotografía hasta el montaje de Thelma Schoonmaker, ambos habituales de Scorsese, el director configura un entretenimiento de primera que tiene algo de broma macabra. La manera en que Shutter Island se reinicia a sí misma en su último minuto, su último giro, le da una amargura que no deja de estremecer.

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