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Transformers: la venganza de los caídos. ¡Más robots, es la guerra!

Pocos imaginaban que de una franquicia de muñecos se podría sacar una película. Michael Bay y Steven Spielberg lo lograron hace dos años, y aquí está la secuela, guste o no. Acción espectacular, efectos de vanguardia y humor gamberro vuelven a ser los ingredientes en abundancia. Y patriotismo.

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Pocos imaginaban que de una franquicia de muñecos se podría sacar una película. Michael Bay y Steven Spielberg lo lograron hace dos años, y aquí está la secuela, guste o no. Acción espectacular, efectos de vanguardia y humor gamberro vuelven a ser los ingredientes en abundancia. Y patriotismo.

L D (Juanma González) Michael Bay es uno de esos directores denostados por críticos y cinéfilos de pro por sus mareantes y constantes movimientos de cámara, montaje sincopado y ultrarrápido y su voluntad de dejar de lado todo intento de definir trama o personajes en beneficio de la acción. O de su concepto de la acción. Desde luego, no se le puede acusar de no tener personalidad, guste o no, sea superficial o no. Sus películas, bellamente fotografiadas como un anuncio de colonia, están destinadas a arrasar las taquillas y arrojar a la audiencia a la montaña rusa más intrascendente, descerebrada, brutal y excesiva que quepa imaginar. Lo hizo hace dos años con Transformers, y lo repite ahora con su secuela: dos horas y media de ruido y furia con unos efectos visuales de bandera.

Y es que un servidor, por si no lo habían notado, se apunta en el bando de sus defensores. Lo mejor de la adaptación de la franquicia de muñecos de Hasbro es, precisamente, la desvergüenza de su director al alternar humor chusco con acción sofisticada, exagerada y loca. El cóctel, ideado en esta ocasión para todos los públicos –los niños pasan por taquilla que da gusto-, alterna una y otra a velocidad de órdago, sin que el espectador acabe teniendo claro qué dicen sus personajes y por qué los acontecimientos se trasladan a tal o cual país.

Pero lo que en la fallida Terminator Salvation resultaba un defecto insalvable, en Transformers: La venganza de los caídos simplemente se revela un handicap nimio. Y le sirve a Bay para idear momentos tan infantiles, hilarantes y de estar por casa como lo que ocurre en la habitación del joven protagonista con una exuberante estudiante “de 35 kilos o menos”, o con el personaje de John Turturro mirando embelesado, (literalmente) los metálicos testículos de un robot de cien metros, por no mencionar al pequeño robot tratando de copular con la pierna de la pletórica Megan Fox –actriz mediocre pero de una belleza descomunal-.

Y todo ello Bay lo consigue alternado, naturalmente, con las escenas de destrucción masiva más formidables y tremendas que quepa imaginar, marca de la casa. Michael Bay siente mayor fascinación por las piezas móviles de sus robots que por sus personajes, a los que utiliza sin bochorno alguno para, simplemente, avanzar en la sintética y esperpéntica trama que sostiene las descomunales set pieces de explosiones. Transformers: la venganza de los caídos no es una buena película, ni lo pretende, pero sí es la definición por excelencia de cierto tipo de vital cine palomitero de verano que gusta de ser consumido y olvidado al instante, como complemento a los calores estivales.

Naturamente, esto no sería Michael Bay si la historia adolescente de un niño y su robot acabase derivando en la consabida orgía militar y militarista, que es lo que a Bay le estimula, y de qué manera. En el caso de Transformers acababa siendo excesiva, ya que ahoga las referencias Spielbergianas de la primera mitad de la historia, que las tiene. El cine de acción del director de La Roca –todavía su mejor película- está confeccionado como escaparate y exhibición de poderío bélico, elemento que en ocasiones acaba por molestar a los que en ese momento estábamos disfrutando del resto del show. No obstante, las puyas a Obama son dignas de recuerdo y el climax –una batalla en Egipto que se alarga durante toda la segunda hora de película- deja instantes tremendos (ese robot aspiradora de cien metros…). Pero uno se vuelve a quedar con la primera mitad, donde el inverosímil espectáculo se mezcla con ocurrencias y fotografía de anuncio de videoclip.

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