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El separatismo rehabilita a Jordi Pujol, el padre del proceso

Homenaje al expresidente por su política lingüística, la "escola catalana", TV3 y los Mossos; enfrentamientos por los lazos amarillos en las calles.

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Homenaje al expresidente por su política lingüística, la "escola catalana", TV3 y los Mossos; enfrentamientos por los lazos amarillos en las calles.
Pujol con su mujer e hijos durante el homenaje. | EFE

A punto de cumplirse los cuatro años de su confesión, Jordi Pujol ha recibido un caluroso homenaje de lo más granado de la vieja guardia nacionalista. Pujol ha dejado de ser un apestado en público. Su radio de acción social se ha ido ampliando constantemente. Comenzó al poco de aquel 25 de julio de 2014 en la abadía de Montserrat, prosiguió en algunos oficios con obispos afectos y en paralelo, los dirigentes del partido evacuaban consultas y le mantenían al tanto en reuniones privadas.

Ahora, el nacionalismo ya lo da por rehabilitado y no es pecado electoral retratarse con el gran padrino catalán. Tal vez no suma, pero el efecto de su confesión ya pasó. CiU es un vago recuerdo. La Unió de Duran Lleida fue el primero de los socios en desaparecer. Después se disolvió Convergència para formar un partido residual, el PDeCAT, del que huye hasta el fugado Puigdemont.

El homenaje fue organizado por su círculo más cercano, abnegados colaboradores de los viejos tiempos como Carles Duarte, los expresidentes del Parlament Joan Rigol y Núria de Gispert, así como la exvicepresidenta autonómica Joana Ortega, los tres últimos de Unió. El exalcalde Xavier Trias, el portavoz del PDeCAT en el Congreso, Carles Campuzano, y antiguos consejeros y colaboradores como Joan Guitart, Carles Vilarrubí, Joan Granados, por la parte convergente. Y la familia, claro. Marta Ferrusola, y cuatro de los hijos, Oleguer, Josep, Pere y Mireia.

Con bastón

Una amplia corriente del separatismo reivindica el "legado" de Pujol y él asiste complacido a las pequeñas o grandes muestras de reconocimiento. Incluso Puigdemont ha instado a reconocer la obra de Pujol, esa "construcción nacional" a través de la lengua, la escuela y TV3, piedras angulares del proceso. Con las cartas ya sobre la mesa, Pujol también presume del trabajo realizado. El tiempo ha caído sobre su figura de manera repentina. Necesita bastón y dicen que a veces le cuesta seguir las conversaciones.

Anoche volvió a ser el protagonista absoluto de un acto público, fue cubierto de elogios y concedió que está "disgustado" consigo mismo, nunca con el país. A modo de testamento, instó al nacionalismo a seguir las "huellas" que él marcó y que resumió en cuatro apartados, la escuela, lengua y los medios, más los Mossos d'Esquadra. También alertó del riesgo de perder esos instrumentos, mensaje que fue leído entre líneas como que el patriarca también quiere que haya un gobierno catalán "efectivo" cuanto antes.

Desplante de Mas

El acto organizado por la asociación Amics de Jordi Pujol congregó a unas doscientas personas con una notable ausencia, la del expresident Artur Mas, que excusó su ausencia por "problemas de agenda". Mas aún no ha renunciado a sus ambiciones políticas y prefiere las fotos con Puigdemont que con su viejo mentor. Entre tanto, el expediente de la familia Pujol sigue en una especie de limbo judicial que no arroja novedades desde hace meses.

Enfrentamientos en las calles

Mientras la vieja guardia de CiU celebraba y reivindicaba la "obra" de Pujol en el auditorio de la "Institució Cultural del Centre d’Influència Catòlica", en las calles de Barcelona grupos de ciudadanos retiraban plásticos amarillos mientras eran increpados por partidarios de la independencia. Los Mossos d'Esquadra tuvieron que interponerse entre dos grupos de manifestantes, unos de los Comités de Defensa de la República (CDR) y otros de los Grupos de Defensa y Resistencia (GDR), organización que se dedica a retirar propaganda separatista de edificios y espacios públicos.

Forma parte de la herencia Pujol, una sociedad rota, enfrentamientos entre ciudadanos por las calles, ataques contra sedes de partidos no nacionalistas, acoso a políticos, agresiones, amenazas, fuga de empresas, deterioro económico y crispación creciente. Pero el padre del proceso está razonablemente contento, salvo por aquello de Andorra.

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