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Mossos, el cuerpo del 1-O que espió a la Policía Nacional y la Guardia Civil

Las comunicaciones por radio de la policía regional muestran las instrucciones para no impedir el referéndum ilegal.

(Barcelona)
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Imagen del Tribunal del juicio a los golpistas | Europa Press

Los Mossos d'Esquadra tienen un problema. Las comunicaciones durante el 1-O entre los agentes de la policía regional y sus mandos en los centros de coordinación les delatan. Los archivos sonoros muestran a las claras que se impartieron instrucciones para controlar los movimientos de la Guardia Civil y la Policía Nacional, que se hicieron seguimientos a los agentes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, "escudos" y "banderines" para distinguir entre policías y guardias civiles, "piolines" todos, en el código de los Mossos. Las grabaciones también muestran que las parejas de mossos, "binomios" según su jerga, enviadas a los centros de votación no tenían precisamente órdenes de impedir las votaciones o colaborar con sus compañeros, sino todo lo contrario.

Durante el 1-O, las tareas de vigilancia de Mossos sobre Policía Nacional y Guardia Civil fueron tan desafiantes como groseras. Llegaron a colocar un par de agentes delante de la Delegación del Gobierno para tener "controlado" el retén de policías nacionales que protegía el edificio. Los Mossos tenían fichados también los vehículos no logotipados de Policía Nacional y Guardia Civil y controlaron sus movimientos antes y durante el referéndum ilegal. En cuanto a su presencia en los centros de votación, resultaba público y notorio que no estaban allí para requisar urnas, sino para ordenar las colas de votantes y avisar, si era el caso, de la llegada de Policía Nacional o Guardia Civil. Hay imágenes de mossos con urnas, cierto. Los votos ya habían sido contados y el "binomio" había aprovechado que el colegio ya había cerrado para mostrar lo bien que cumplían con las ordenes judiciales. También hay imágenes de un alto mando de la policía regional que aborta una acción de los antidisturbios de los Mossos en San Feliú de Llobregat y saluda reglamentariamente, con el dorso de la mano en la frente, a los manifestantes sentados. Recibió grandes aplausos y ovaciones.

Ha sido el jefe de la Brigada de Información del Cuerpo Nacional de Policía (CPN), Juan Manuel Quintela, quien ha dado cuenta de estos detalles en la sala del Tribunal Supremo donde se juzga a los encausados por el golpe de Estado separatista. El funcionario dice que lamenta tener que decirlo porque le consta que "hay mossos que querían colaborar, pero no les dejaron", pero que el cuerpo autonómico entorpeció todo lo que pudo y no cumplió las órdenes judiciales. Y lo que se encontraron los policías nacionales en los centros de votación fue, en muchos casos, manifestantes hostiles y mossos que se apartaban de la zona o que intentaban frenar la actuación de sus colegas. "¡Dejadles votar!", gritó un agente de la Generalidad con los brazos en cruz ante un grupo de antidisturbios en el colegio Pau Claris de Barcelona.

Hubo gritos y palabras mayores ese día entre mossos y policías, más nula colaboración por parte de los primeros. Según el jefe de la Brigada de Información, el cuerpo autonómico no parecía en absoluto concernido por el auto del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) para impedir el referéndum. La intervención de las comunicaciones de los Mossos, obtenidas a instancias de la Audiencia Nacional, acredita el testimonio de Quintela, que ha definido el clima político catalán de aquellos días como "prerrevolucionario" a cuenta del intento de registro en la sede de la CUP de 20 de septiembre del 17.

La mano en la culata de dos mossos

Relata también un incidente entre un "binomio" de los Mossos y una pareja de policías como ejemplo de la tensión entre cuerpos. Un coche logotipado de la policía regional se sitúa detrás de un vehículo camuflado de la Policía Nacional. Le sigue durante diez minutos, tiempo más que suficiente para comprobar la matrícula y constatar que se trata del coche de unos "compañeros". Los mossos enchufan la sirena y detienen el coche "sospechoso". Con las manos en las culatas de las pistolas exigen la documentación a los ocupantes del vehículo, que tratan de explicar que son agentes del CNP, "colegas".

La testifical ha durado toda la mañana y tendrá réplica este miércoles con la presencia, en principio, de Ferran López, que en aquellos días era el número dos del mayor Trapero y al que con el 155 le fuera encomendando el mando de los Mossos. Como Trapero no quería reunirse con el coronel de la Guardia Civil Diego Pérez de los Cobos, enviaba a las reuniones a López, que además era responsable teórico del operativo diseñado por la policía autonómica para cumplir las instrucciones primero de la Fiscalía Superior de Cataluña y del TSJC después. Tras la cancelación del 155, López fue revelado y ahora ocupa un puesto decorativo de adjunto a la dirección de la "Prefectura" de los Mossos.

Tras el plano general aportado por el jefe de la Brigada de Información, la sesión se ha centrado por la tarde en tres instantes del golpe, los sucesos de 25 de septiembre en Badalona, del 1 y 2 de octubre en San Andrés de la Barca y del 2 de octubre en Lérida.

Cuixart, la ley de la calle

Dos guardias urbanos de Badalona han referido al tribunal un intento de requisa de unos carteles del referéndum. Un grupo de cinco personas colgaban dichos carteles en una calle de la localidad. La conversación con ellos fue del todo cordial hasta que una mujer hizo una llamada de teléfono y en el lugar se presentaron una veintena de personas encabezadas por el acusado Jordi Cuixart, el presidente de Òmnium. También se personó el teniente de alcalde de la CUP José Téllez.

Hubo insultos y amenazas, los agentes se sintieron agobiados y acorralados, además de desautorizados por Cuixart y Téllez, que acaba de ser absuelto en la Audiencia de Barcelona por estos hechos.

Cuixart llegó a decirle a un agente que de ahí no se movían hasta que no apareciera un carnet de identidad que se había extraviado y que posteriormente aparecería bajo el vehículo. Cuando intentaron arrancar el vehículo policial para dirigirse a una zona más iluminada, Cuixart se plantó delante del coche, Téllez, por su parte, abrió la puerta trasera, recuperó los carteles que habían sido requisados y los repartió entre el gentío, que se disolvió al grito de "¡hemos ganado!".

El fiscal Jaime Moreno pregunta si no pensaron en detener a algunos de los presentes. Los dos guardias afirman que hubiera sido peor el remedio que la enfermedad y que para evitar males mayores decidieron dejarlo estar. En aquellos días, la ley en Cataluña era la voluntad del pueblo, según proclamaban los ahora encausados. A Cuixart y a un teniente de alcalde de la CUP no se les iban a poner gallitos unos guardias urbanos. Algunas personas les gritaban que a partir del 1-O tendrían que dejar la policía local de Badalona y salir de Cataluña y grababan sus caras con los teléfonos móviles.

La hija de un guardia civil

La segunda escena tuvo lugar en San Andrés de la Barca. Un guardia civil responsable de la seguridad del equipamiento describe una manifestación a las puertas de la casa cuartel donde habitan 240 familias. Al final, unos sujetos de Arran se enfrentan a un grupo de hijos adolescentes de guardias que habían salido a la calle para apoyar a sus padres frente a los separatistas. Insultos, amenazas y empujones. También cuenta cómo una adolescente entró llorando en la casa cuartel a media mañana del 2 de octubre. Le extrañó, dice, porque "es una cría con un carácter fuerte". Al cabo de un rato, su padre salía escopeteado en dirección al instituto, el IES Palau donde hijos de guardias civiles sufrieron vejaciones por parte de sus profesores el día después del referéndum ilegal.

También comparece el teniente que dirigió el dispositivo contra el 1-O en ese mismo instituto, a unos cien metros de la casa cuartel y relata los episodios de resistencia activa y nada pacífica de los manifestantes. Las defensas renuncian a interrogar a estos dos agentes.

Mossos que insultan a guardias civiles

Lérida es el tercer escenario de la tarde. El episodio trata de dos mossos d'esquadra de uniforme que insultaron y aplaudieron de manera despectiva a cinco agentes de la Guardia Civil de paisano y paseantes. Chusco incidente, según los dos guardias que testifican al respecto. También declara uno de los mossos implicados, que dice que sólo les llamaron "piolines" en voz baja, no sabe decir cómo reconocieron que eran guardias civiles y niega que llevara la chapa identificativa escondida.

Otro herido icónico sospechoso

La sesión declina con el comisario jubilado Santiago Lubián, exjefe de la Brigada de Información de Barcelona y que estampó su firma en un informe sobre los vídeos grabados por la Policía Nacional durante el 1-O con cámaras en el casco. El juez Marchena aborta que Lubián cuente la historia de un manifestante con sangre en la cara en un instituto en la Barceloneta. Ha protestado el abogado de Cuixart, Benet Salellas, exdiputado de la CUP. Sostiene que el testigo se dispone a describir un vídeo, no una escena que haya visto en persona. Marchena le da la razón y corta al fiscal Javier Zaragoza. Habrá que esperar a la parte documental del juicio para saber si un individuo de mediana edad con la cara y la camisa ensangrentada se autolesionó, se echó un bote de ketchup encima o tropezó accidentalmente, que es lo que parecía inferirse de la pregunta que Marchena ha impedido contestar al comisario jubilado. El supuesto herido es uno de los iconos de la propaganda separatista.

Cierra la sesión el policía nacional que vio todas las imágenes de las cámaras subjetivas de sus compañeros en los puntos de votación. Las defensas intentan en vano descalificar el informe y los vídeos por un supuesto sesgo selectivo de comisarios e inspectores.

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