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El día a día de la Guardia Civil en el aeropuerto de Barajas: tarántulas, monos fileteados al vacío…

Hay unos 600 agentes en las instalaciones aeroportuarias. Allí está ya la unidad Pegaso, la más joven, destinada a controlar drones.

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El día a día de la Guardia Civil en el aeropuerto de Barajas: tarántulas, monos fileteados al vacío…
La Guardia Civil en el aeropuerto de Madrid-Barajas

El aeropuerto de Madrid-Barajas es una auténtica ciudad. Las cifras avalan que es un hecho y no un mero recurso literario. En sus instalaciones trabajan cada día 200.000 personas, una población que le situaría como la vigesimoctava localidad más poblada de España, por delante de Pamplona, según los datos del censo de 2018. Además, recibe una media superior a los 158.000 pasajeros cada día del año. No en vano, es uno de los 25 aeropuertos con más tránsito del mundo.

En su interior, un importante número de agentes trabajan cada día para mantener la seguridad, para que no haya amenazas que supongan un problemas para sus usuarios y el Estado español. Hay policías nacionales y personal de seguridad privada pero, sobre todo, está la Guardia Civil. 600 agentes de la Benemérita —una cifra mínima para operar, no están exentos de las estrecheces de personal que hay en el cuerpo— que representan a buena parte de todas las especialidades.

El lugar más conocido y llamativo para el ciudadano es, sin lugar a dudas, la aduana. Los agentes del Servicio Fiscal de la Guardia Civil son esos que esperan al lado de la puerta de salida de la sala de equipajes, justo antes de que el pasajero abandone la zona de llegadas. Son los encargados de controlar qué se introduce en territorio español y de seleccionar a la gente que va a ser apartada. "Los criterios de selección se mantienen en secreto para no dar pistas", explica a Libertad Digital el guardia civil Antonio González, responsable de lidiar con la prensa en el aeropuerto.

"Hay pasajeros que se enfadan y no colaboran. Se les sienta en una silla y se espera a que entren en razón. Si pasan muchas horas se llama al juez para que autorice que se le pueda registrar e, incluso, se les pasa por un escáner corporal. Hay algunos que se llegan a poner agresivos, en ese caso se les puede reducir e imputar un delito de atentado a la autoridad. Toda la zona está llena de cámaras para grabar las actuaciones, para seguridad tanto de los pasajeros como de los agentes", continúa.

A los viajeros se les hace una pequeña entrevista. Son preguntas simples, pero muy indicativas. Los años de servicio hacen que la experiencia sea un grado a la hora de encontrar contradicciones y son éstas las que hacen saltar las alarmas. "Hay gente que dice que no sabe a quién viene a ver a Madrid, o que reconoce que no ha comprado el billete con su dinero y es incapaz de decir quién se lo ha comprado", añade.

Animales exóticos, medicamentos, drogas...

En función de la procedencia de los vuelos, los agentes ya saben qué tienen que buscar. En el caso de los de Sudamérica y Centroamérica, el objetivo principal son las drogas (cocaína, en la mayoría de los casos) y animales exóticos. En los de Asia, medicamentos de alto precio en España (como la Viagra), animales exóticos y capitales ocultos. En los de África, animales protegidos, capitales ocultos y pelucas de pelo natural (proceden principalmente de Senegal).

Es en esta zona del aeropuerto donde se encuentran las cosas más extrañas o estrambóticas. En las maletas de algunos pasajeros han llegado a encontrar serpientes venenosas de todo tipo; 600 kilos de angulas vivas metidas en bolsas de agua y refrescadas con una barra de hielo central; cuernos de rinocerontes o de elefantes; loros; piezas de nácar; puercoespines; gacelas disecadas; pangolines; o incluso un mono fileteado y envasado al vacío como manjar culinario. Estos últimos también los han encontrado vivos dentro de las maletas.

No olvidarán el día, hace tan sólo unos meses, que abrieron la maleta de un viajero procedente de Argentina y encontraron en su interior más de 600 tarántulas guardadas en tuppers. Algunas de las crías saltaron sobre la mesa y empezaron a corretear. Curiosamente los papeles de los arácnidos estaban en regla, es decir, era una importación legal, y el viajero terminó cruzando la aduana con sus animalitos rumbo a casa.

Los agentes destinados en la aduana ejecutan las operaciones de una zona que está bajo mando de la Agencia Tributaria. "Tenemos una doble misión. Por un lado, el control fiscal, que los viajeros cumplan con los aranceles de la Unión Europea, el IVA o los impuestos especiales, entre otros. Por el otro, la protección y salud de los españoles", según explica a este periódico el responsable del Servicio de Viajeros de la Aduana.

"El aeropuerto de Madrid-Barajas es un aduana pequeña pero numerosa. Hay poca mercancía pero muchas personas. Y normalmente los que pasan de forma voluntaria por la misma tienen todo en regla. Principalmente son personas que forman parte de una expedición comercial, porque las cosas de mucho valor las suelen llevar personas e ir todo perfectamente declarado. Es el caso, por ejemplo, de la entradas de joyas que llevan desde Hong Kong", continúa el responsable de Aduanas.

"Controlamos el dinero que entra y sale en efectivo. A partir de 10.000 euros hay que declararlo. Si no se hace y si detecta, el dinero se incauta hasta que se demuestra que su procedencia es legal. No es habitual, pero nos encontramos casos de gente que declara que lleva más o menos efectivo del que realmente lleva", prosigue. Tras esto, recuerda las mercancías que no pueden entrar a la Unión Europea: productos lácteos o cárnicos, maderas, frutas, plantas, semillas o animales vivos sin la documentación en regla, lo que incluye certificados veterinarios homologados.

Agentes caninos, antidisturbios o control de armas

Más allá de la zona de la aduana, los agentes de la Guardia Civil están presentes en prácticamente la totalidad de las instalaciones. "Tenemos agentes de seguridad ciudadana para que no pase nada. Hay efectivos del GRS (antidisturbios y control de masas) para momentos puntuales, como la llegada de equipos de fútbol o cantantes/actores famosos, además de aumentar la seguridad en la situación actual de alerta antiterrorista", señala el agente González.

Pero los agentes de la guardia civil que más llaman la atención a los viajeros son los caninos. El Servicio Cinológico tiene en el aeropuerto dos tipos de perros. Por un lado los pasivos, aquellos que están esperando a los pasajeros en la zona de recogida de maletas y que se sientan junto a la persona que lleva drogas. Por otra, los activos, los que se mueven por las cintas de facturación y transporte de maletas buscando estupefacientes que han podido ser facturadas.

Estos dos tipos de perros y los especializados en la detección de explosivos —se usan ante avisos en las terminales o en la zona de aparcamientos— tienen presencia continua en las instalaciones. A ellos se suman otros canes que van llegando de forma puntual al aeropuerto, en campañas que pueden durar entre 15 días y un mes. Son especialistas en buscar tabaco de contrabando, dinero no declarado…

No muy lejos se encuentra el puesto de los agentes de intervención de armas. Su misión es la de encargarse de las armas legales que los viajeros quieren trasladar desde su punto de partida hasta el origen. Allí llega gente que quiere mover o ya ha movido espadas, katanas, machetes de jungla, sables o armas de guerra inutilizadas. Las dejan en esta oficina del aeropuerto y las recogen en una similar en su lugar de destino o las recogen después de haberlas entregado en el lugar de origen.

Pero, como es lógico, pese a ser el cauce establecido para transportar armas no es el que usa todo el mundo. Hay viajeros que intentar llevar armas prohibidas en el equipaje de mano o en el facturado. "Solemos detectar todo tipo de armas. Sobre todo puños americanos, que suelen ir en forma de hebilla del cinturón o de broche de bolsos, también otros como nunchakus, estrellas ninja…", explican los agentes destinados en el aeropuerto.

Las entrañas del aeropuerto

Un par de plantas por debajo de las instalaciones que conocen todos los viajeros se encuentra el SATE (Sistema Automático de Tratamiento de Equipajes). Es el encargado de controlar todo el equipaje que entra, sale o va en tránsito por la terminal T4. Es una especie de scalextric gigante subterráneo o de montaña rusa de varios pisos por el que van pasando todas las maletas. Cada bulto es trasladado por una especie de trineo amarillo a través de unos raíles que lo conduce a su destino.

Desde una sala contigua, demasiado grande ya para el personal que trabaja en ella, fruto del avance de la tecnología, un equipo de la Guardia Civil, apoyado por agentes de seguridad privada, controla que no haya en esos bultos nada peligroso o prohibido. Están en funcionamiento las 24 horas de los 365 días del año. La principal amenaza a detectar son los explosivos, aunque también están en alerta por si hubiera cualquier otro tipo de material ilícito.

El cabo primero responsable de la sala explica a Libertad Digital que las maletas pueden pasar hasta cuatro niveles de seguridad si hay dudas sobre ella. Todos los bultos pasan por una primera máquina con un software específico que detecta si puede llevar algo potencialmente peligroso. Si el sistema da la señal de alerta, se pasa a un segundo nivel de inspección. Se trabaja entonces la maleta desde un ordenador en la sala para ver en diferentes fotografías qué ha hecho saltar las alarmas.

Si a través de esas imágenes no se puede llegar a una conclusión y siguen existiendo dudas sobre el contenido, se llega a un tercer nivel de control, desviando la maleta temporalmente de su ruta para que sea inspeccionada por un tomógrafo y una inspectora automática de explosivos. En el cuarto nivel de control, si no están las dudas resueltas, se avisa ya al pasajero para que abra la maleta en una sala en presencia de los guardias civiles.

En el caso de que en algunos de esos pasos se haya detectado un posible explosivo, la maleta es direccionada por las vías del SATE hasta una cinta que la deposita en un contenedor a diez kilómetros de la terminal. En ese momento el material queda bajo custodia de la unidad de desactivación de explosivos que el Instituto Armado tiene desplegada de manera permanente en el aeropuerto.

"Se han detectado todo tipo de cosas. Bombonas de camping gas, granadas, armas, munición, miles de mecheros de un representante de una marca de encendedores, aerosoles…", dice el cabo primero, que indica que en caso de encontrarse otras cosas no permitidas se avisa a los agentes que están en la zona de la recepción de equipajes y a los del aeropuerto de destino si es que el bulto se encuentra en tránsito a otro aeropuerto.

El peligro de los drones

Fuera de las instalaciones del aeropuerto propiamente dicho se encuentra la unidad Pegaso, una de las más jóvenes del cuerpo. No en vano, fue presentada hace menos de un año. Su principal objetivo es controlar el vuelo de aviones no tripulados para que no supongan un peligro para el tráfico aéreo. En Madrid todavía no ha habido incidentes de relevancia como sí ha llegado a ocurrir en aeropuertos como los de Heathrow y Gatwick en Londres (Reino Unido), donde se llegó a paralizar todo el tráfico aéreo.

"Vigilamos que ningún sistema tripulado remotamente vuele donde no debe hacerlo. Si detectamos alguno, se identifica al usuario, que es bastante fácil, se da parte a la autoridad competente y se le explica dónde puede y no puede volar el aparato. Luego es esa autoridad la que decide si hay que multar a la persona o no. En función de la normativa o leyes de seguridad aérea que haya podido vulnerar las multas van desde los 60 euros a los 45.000", explica el sargento Jorge Pacha.

"Hay que conseguir que quien utilice estos sistemas lo haga cumpliendo las normas", prosigue, tras lo que recomienda a todos los que tengan un dron que consulten la página web drones.enaire.es, en la que se encuentra toda la información sobre dónde se puede volar uno de estos aparatos y qué requisitos se deben cumplir. "La concienciación es muy importante. Igual que se enseña a montar en bicicleta hay que enseñar a volar un dron", apostilla la guardia civil Davinia Tomás.

En la unidad son conscientes de que este verano será un punto de inflexión, ya que la gente sabe que no pueden volarlos en zonas próximas al aeropuerto ni en las calles de las ciudades. Ésto teniendo en cuenta que hablan de la población general, la que usa los drones por entretenimiento, porque destacan que por ahora son se han encontrado gente con malas intenciones. Ante esa posibilidad también están preparados, aunque prefieren no hacer públicos qué medios disponen para derribar esos posibles drones con malas intenciones.

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