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Debate en el Gobierno sobre la idoneidad de que don Felipe tome las riendas

Oficialmente, el Ejecutivo se somete a la decisión del Rey. "Normalidad", enfatizó la vicepresidenta. Pero el debate existe y surgen los felipistas.

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Oficialmente, el Ejecutivo se somete a la decisión del Rey. "Normalidad", enfatizó la vicepresidenta. Pero el debate existe y surgen los felipistas.

El deterioro de la salud del monarca ocupa y preocupa al Ejecutivo pese a que en público se quiera transmitir la idea de que nada se mueve. El Rey ha sido operado en otras ocasiones "y se han seguido cumpliendo funciones con absoluta normalidad", formalizó la vicepresidenta. Esto es, nada va a cambiar a corto plazo: don Juan Carlos despachará semanalmente con el presidente y trabajará desde Zarzuela mientras su hijo mantendrá el peso de la agenda pública -sin ir más lejos, presidiendo la Fiesta Nacional pero no la cumbre iberoamericana de Panamá, a la que sólo pueden ir jefes de Estado y de Gobierno-.

Mariano Rajoy ha decidido situarse un paso atrás y no inmiscuirse. La orden es asumir la consigna que transmita Zarzuela y no hacer más comentarios. Pero, en privado, se debate -y mucho- sobre qué hacer para fortalecer a la institución en un momento especialmente complejo para la casa. Varios ministros y altos cargos del PP coincidían, incluso antes de conocerse el empeoramiento del Rey, en que don Felipe está ya listo para tomar las riendas.

Su discurso de Buenos Aires, en el marco de la presentación de la candidatura olímpica, marcó un punto de inflexión. Hasta Soraya Sáenz de Santamaría se pronunció en términos muy positivos sobre su locución, en el sentido de que la Corona tiene futuro. La opinión es mayoritaria en los círculos de poder: con el Príncipe reinando hoy la institución sería más fuerte. "Es la imagen que España necesita", resume un ministro declaradamente felipista.

El problema principal es que el Rey quiere seguir al mando; así lo interpreta Moncloa. Y, ante tal mandato, nada se mueve en el Gobierno. Desde el ministerio de Justicia se niegan avances sobre el desarrollo de la ley orgánica necesaria para resolver el hipotético escenario de abdicación o renuncia del jefe del Estado. "No estamos en eso", zanjan.

Un ministro lanzaba la siguiente reflexión, en conversación informal: "¿Tú ves al presidente diciéndole, ni tan siquiera sugiriéndole, al Rey que tiene que abdicar en favor de Felipe?". Y él mismo se contestó que "no" y que, desde luego, Rajoy no iba a dar ese paso, aunque en su equipo haya un grupo de personas que cree que ha llegado el momento, al menos, de trabajar en ese campo.

El caso Urdangarín

Pese a ello, desde Moncloa también se pide atender al "contexto". El caso Iñaki Urdangarín sigue abierto en canal y el Ejecutivo cree que, incluso, puede acabar en prisión. Además, Rajoy es de la teoría de que la crisis ha sido decisiva en el brusco descenso de la popularidad de la institución. Quienes así opinan entienden que el monarca quiere aguantar y dejarle a don Felipe un reinado más fácil.

El presidente está decidido en apoyar al monarca en todo. En otras palabras, si quiere seguir reinando, él estará a su lado. Pero, mientras tanto, quienes han acudido recientemente con don Juan Carlos a actos públicos o han despachado con él ofrecen la fotografía de una persona enferma, que sufre dolores y que apenas puede caminar con las muletas. "Está bastante mal", suelen repetir altos cargos y barones autonómicos. "Estamos más pendientes de que no se caiga que del acto en sí. Lo importante es que el Rey se vaya sin contratiempos", explican. Así quedó constatado en la apertura del Año Judicial o en la audiencia a la nueva presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz. "Deben darle bastantes fármacos porque ya no es él, está mucho más apagado", advierten.

El debate está ahí y se desarrolla en los círculos políticos, pero formalmente no se contempla. Zarzuela ya ha dejado claro que no habrá abdicación y Rajoy se somete a esta decisión. El Gobierno, que vio como este viernes una de sus reformas estrella -la relativa a la lucha contra la corrupción- quedó en un segundo plano, busca alejar este asunto del debate público y político. Sáenz de Santamaría trató hacer calar la idea de que nada cambia y todo sigue igual.

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