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El buen votante del PP ante el 26-J

Pretender reformar el partido de Rajoy es una ilusión inútil.

Rafael L. Bardají y Óscar Elía
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Mariano Rajoy | EFE

En las pasadas elecciones del 20-D, bastante más de un millón de votos de personas que habían apoyado al PP en 2011 fueron a parar al partido de Albert Rivera. Es de suponer que unos cuantos encontraron en Ciudadanos esa formación de centro que echaban en falta en el panorama político español desde la desaparición de UCD y el CDS. Pero es evidente también que una gran mayoría votó a Ciudadanos como castigo a un PP que no sólo había mostrado su cara más arrogante y antipática en los últimos cuatro años, sino que había traicionado sus señas de identidad y su ideario y olvidado los principios y valores que daban forma a su ser y que tan buen rédito político le habían otorgado con anterioridad.

Pues bien, a toda esa gente, que podemos llamar los buenos votantes del PP, es decir, a aquellas personas que no renuncian a sus valores y principios, que se sienten liberal-conservadoras y que ni se avergüenzan ni se asustan por decirlo, se les abre un verdadero dilema en esta nueva cita con las urnas. Su voto de castigo regalado a Ciudadanos se ha revelado inútil: por un lado, el partido de Rivera no logró el apoyo necesario como para influir realmente en la deriva del PP, que desde entonces sigue en sus trece, sin captar el mensaje; por otro, la definición de centro que ensalza Rivera, más como actitud que como ideología, tiende a escorarle hacia la izquierda simplemente porque lo que representa el PP es ya, en la práctica, el espacio de la socialdemocracia europea de siempre, mientras que el PSOE se ha ido mucho más a la izquierda, al ideario gestado en Mayo del 68. Ciudadanos puede ser un partido decente, nacional y limpio. Pero no deja de ser una fuerza que tiende a la izquierda.

Por eso volver a castigar al marianismo apoyando a Ciudadanos no es ya una opción para un liberal-conservador naúfrago del PP de Aznar y de sus ideas. Sin duda haría algo de daño a las aspiraciones del Gobierno y de Génova, pero sólo marginalmente: los dirigentes populares actuales dan por descontado la permanencia e incluso un leve ascenso del partido de Rivera, con lo que cuentan, y no les quita el sueño en absoluto. Algo que no trastoca su disposición a entenderse con lo que quede del PSOE de Sánchez (o quien sea) y formar una gran coalición más socialdemócrata que otra cosa. Es evidente que el marianismo no ha recibido el mensaje, y sus planes siguen siendo los mismos: mantener el poder en junio sin giro ideológico alguno. Es más, podría incluso argumentarse que seguir apoyando a Rivera, en la medida en que parece dispuesto a favorecer la estabilidad de un posible Gobierno del PP, es un flaco favor a las ideas que representaba el PP verdadero y a España.

La oportunidad de provocar el verdadero cambio en la derecha viene de la necesidad de agitar el poco nervio que queda: sería la irrupción de un partido abiertamente liberal-conservador. Un partido que recogiera el legado del PP de siempre, no el de ahora, que es el que invitó en su día a "liberales y conservadores" a "irse a otro partido". Un partido que defendiera sin complejos la unidad de España, la libre empresa, las libertades individuales, una bajada real de impuestos, una acción exterior que no corteje a los dictadores que quedan en el mundo. Un partido que defienda el rearme de los españoles frente a los retos de la emigración musulmana, el yihadismo y el terrorismo foráneo e interno. Un partido, en suma, que esté dispuesto a defender el orgullo de ser español y a construir una España digna.

Como ya hemos escrito anteriormente, querer reformar el PP de hoy, regenerar el marianismo, es una engañosa ilusión. El poder y el temor a perderlo hace de los partidos una institución monolítica, y el PP de Rajoy, bunkerizado y paranoico, no es una excepción. Sí, todos conocemos muchos comentarios críticos en privado sobre la deriva suicida del PP y de la derecha a la que arrastra: pero nadie se mueve un milímetro en el retrato público. Nadie se mueve en el partido, ni en los cuadros ni en las bases. Mantener esa esperanza en la regeneración y en las primarias es un ejercicio de voluntarismo difícil de tomar en serio.

Si el buen votante del PP quiere poner freno a la deriva ideológica del marianismo, no puede votar ni a Ciudadanos, claramente escorado al centroizquierda y que garantiza la pervivencia del marianismo-sorayismo por inercia, ni al PP, claramente desesperado por mantener el poder. Aquí, ni el Rajoy de "Sé fuerte, Luis" disfrazado a última hora de conservador para arañar votos ni la evanescencia narrativa de los nuevos cachorros de los que se rodea son garantía de pervivencia de valores para la próxima legislatura. El votante liberal-conservador tiene que buscar en la derecha unas ideas y unos valores que le representen en los próximos años.

Hoy por hoy sólo hay una minúscula opción, que ha sido boicoteada desde el PP porque representa el testimonio de la rotura moral e intelectual que el PP ha causado en la derecha española, una rotura imposible de arreglar. Ese partido es Vox. Una organización pequeña, cierto, pero de la que nadie puede negar algo evidente: enseña las caras de lo que siempre fue el PP basado en la honestidad, la entereza de España y el sacrificio por el bien de España. No es casualidad que sea el partido de Ortega Lara.

Bien: uno se puede preguntar sobre la utilidad de votar a una formación que no ha podido hasta ahora lograr un escaño. Pero la utilidad no se mide en votos, salvo para los interesados: para mantener viva la llama del liberal-conservadurismo, en una próxima legislatura en la que nadie creerá en él, no son necesarios millones de papeletas. Bastan unos decenas de miles de electores generosos y valientes para que haya una voz en el Parlamento español que diga lo que hay que decir, lo que muchos pensamos pero ningún político dice, sobre inmigración, terrorismo, nacionalismo, autonomías y tradición. También es cierto que, desde el punto de vista legislativo, un escaño poco puede hacer. Pero la idea no es esa. España no necesita ahora más leyes ni más meses de pactos y contrapactos: todo lo contrario, necesita derogarlas casi todas, como cualquier autónomo y padre de familia sabe. Por eso es necesario tener en el Congreso un Pepito Grillo liberal-conservador, una sola voz segura entre el temporal podemita, el naufragio socialista y el titanic popular. No sólo es relevante: es moralmente urgente.

España necesita un rearme, antes moral que numérico. Los enemigos de España son muchos, pero el 26-J se condensan en tres: quienes quieren acabar con España, como los independentistas que gobiernan como nunca en el pasado; quienes quieren acabar con la democracia en España, como los populistas y radicales de izquierda, y quienes renuncian a dar la batalla contra ellos por España, como el marianismo-sorayismo, que con sus balbuceos, cobardías y tibiezas no ha hecho sino prolongar el zapaterismo cuatro años más, con todas su calamidades.

Tenemos que ser capaces de escapar a las alternativas que se abren ante nosotros, que parecen ser convertirnos en una Argentina siempre inestable y cómica de la mano del PP o en la dictadura de Venezuela, con Podemos y su frente popular. Podemos y debemos escapar del caciquismo político, la corrupción y la picaresca, pero no lo haremos desde el marco trazado por quienes han creado el problema.

Pocas cosas hay en democracia más míseras que apelar al voto del miedo. Y pocas cosas más miserables que considerar que el voto es prestado o propio de cada partido. El voto es del ciudadano, y ese compromiso crítico caracterizó durante años al votante del PP. Es hora de de que éste sea auténticamente coherente y vote por aquello en lo que quiere y cree sin entrar al juego de las alianzas y los escaños, sin pinzas en la nariz, sin despechos ni acritud. Hay opciones para denunciar a dónde nos llevan las concesiones y las renuncias, para mantener viva la llama del liberal-conservadurismo, que es la única manera de volver a hacer de España un país grande.

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