
Como vivimos en la era de la imagen, han tenido que filtrarse los vídeos del intento de pucherazo de Pedro Sánchez durante el Comité Federal socialista de 2016 para que nos terminemos de indignar por algo que ya conocíamos desde, bueno, desde 2016. Algo tienen las palabras que no alcanzan. Debe de ser la mentira, que se fabrica con ellas y que todo lo contagia. La mentira es un bostezo, por así decir. No necesita ser muy vistosa, ni hacer demasiado ruido. A veces ni siquiera ser mínimamente perceptible. Pero basta que alguien la exhiba en una habitación cerrada para que salte de boca en boca, cambiando de entonación y de tamaño, adaptándose a las formas que dibujan las conversaciones, hasta quedar camuflada en el laberinto espejado de la colectividad. En fin. A nadie escapa que quienes más la emplean son los políticos, así que por eso debe ser, supongo, que cualquier información referida a sus engaños venga cargada de la sospecha de ser engañosa ella misma. Igual un recipiente de cristal, por más transparente que sea, parece hecho de fango si es fango lo que contiene.
Esta semana, en cualquier caso, hemos podido ver cómo ocurrió lo que ya nos habían contado hace años. Hemos contemplado a Lambán denunciando que se habían transgredido, "en múltiples ocasiones, las normas establecidas en los estatutos". A Borrell añadir, indignado, que el Comité Federal pretendía votar un texto desconocido por todos, redactado en una habitación por "tres compañeros", no incluido en el orden del día y sin que hubiese sido emitido por ningún órgano competente del partido. A César Luena —logradísimo muñeco ventrílocuo del sanchismo, todo hay que decirlo— responder proponiendo que la votación se celebrase "en secreto y en urna". Y después una intentona de votación a mano alzada, frustrada rápidamente por la Mesa. A Luena otra vez, gritándole algo a Marcos, trabajador de asuntos públicos del partido, para decirle otra cosa al oído. Y a Marcos salir corriendo rápidamente a una habitación contigua para sacar una urna previamente preparada. Hemos visto a Susana Díaz llorar. Y gritar, con énfasis, que "el PSOE es más importante que todos y cada uno de nosotros". Y a Pedro Sánchez —las caras, Pedro, las caras—, siendo presa de esas muecas que pone cada vez que recibe un azote de Miriam Nogueras en el Congreso.
Lo más relevante, sin embargo, no es lo que acabamos de ver, sino lo que hemos ido viendo día a día durante estos últimos diez años. ¿El qué? A los mismos protagonistas que detuvieron a Sánchez, naturalmente, para después ser detenidos por él. Más purgados o menos purgados, con mayor o con menor responsabilidad y exposición mediática, profiriendo quejidos más o menos tímidos por la deriva sanchista. Los hemos visto no haciendo nunca demasiado por obstaculizarla, no digamos ya por detenerla. Pero bien atados siempre, eso no parece negociable, al palo mayor de ese barco llamado PSOE, más importante que todos y cada uno de ellos. Lo que hemos visto esta semana es una imagen que es más bien una constatación: que en esta democracia nuestra nos gobiernan personas subyugadas a un partido. Y también una pregunta: si Pedro Sánchez fue capaz de cincelarle su rostro y ser seguido, aun así, por quienes le pillaron la trampa, ¿cómo no se va a sentir capaz de ponerle cara a toda España?
