Menú

Quién gana, quién perderá más

Cuando Kejelcha logró una gran proeza bajando en 15 segundos de las dos horas para completar la maratón, Sawe llevaba otros 15 en el podio.

Cuando Kejelcha logró una gran proeza bajando en 15 segundos de las dos horas para completar la maratón, Sawe llevaba otros 15 en el podio.
Sabastian Sawe, Yomif Kejelcha en el podio de la 2026 TCS London Marathon. | Cordon Press

Monterroso escribió que cuando su protagonista despertó, "el dinosaurio todavía estaba allí". Pero bien podría haber escrito, se me ocurre, que cuando Robert Falcon Scott llegó "el primero" al corazón del Polo Sur, después de meses de travesía y frío y duda y perseverancia y agotamiento y miedo, la bandera noruega que había clavado días antes Roald Amundsen ya estaba allí. O —aunque esto habría sido mucho imaginar; imaginar hasta el punto de predecir la realidad— que cuando Yomif Kejelcha logró una de las mayores proezas de la historia del deporte, bajando en quince segundos de las dos horas para completar la maratón, Sebastián Sawe llevaba otros quince en lo más alto del podio, descorchando el champán. Suele decirse que lo más difícil en la vida no es prepararse para perder, eso más o menos hemos tenido que aprenderlo todos, sino prepararse para ganar. Yo no quiero ni pensar cómo debe prepararse uno para sufrir ambas cosas a la vez.

Algunos ni siquiera vuelven vivos de una experiencia así. Robert Falcon Scott tuvo que soportar un infierno, por ejemplo, cuando le tocó emprender el camino de regreso a casa, suponemos, replanteándose hasta su nacionalidad. Murió congelado en su tienda de campaña a unas pocas millas de un almacén de suministros que la ventisca le ocultaba. Y es probable que la sucesión de calamitosas derrotas que trufó las últimas semanas de su vida no nos resultase ni la mitad de apabullante si no las hubiese ido dejando recogidas en su diario, para mí, su fracaso más desgarrador. Se me hace difícil imaginar a nadie esforzándose por relatar sus días si, por lo que sea, ha abandonado la esperanza de vivir un día más. Pero es que los papeles que constituyeron sus últimos esfuerzos quedaron perdidos junto a su cuerpo en mitad de la nada, para ser encontrados al poco de que falleciera por el equipo de rescate que se había movilizado en su búsqueda. Ante una historia así, ¿qué se puede decir? ¿Cuál fue la moraleja de su vida? ¿La de un monumental fracaso que, sin embargo, le ganó la posteridad? Yo creo que existen glorias demasiado caras. Promesas que permiten que las roces a cambio de que les des tu cuerpo, tu nombre, tu alma y lo que quiera decir de ti cualquier paisano despistado dos siglos después de haber cerrado la transacción.

Son cosas que dan que pensar. Por ejemplo: ¿cómo recordaremos a Ábalos? ¿Disfrutó lo suficiente de las mieles de la corrupción, antes de perderlas de golpe? ¿Qué diremos de Cerdán? ¿De Pedro? Contó Máximo Huerta que cuando acudió al despacho del presidente para presentar su dimisión como ministro por una nimiedad que ahora no tendría hueco ni en la gaceta del colegio de mi sobrina, Sánchez lo único que le preguntó fue cómo pensaba que le recogería la historia. ¿Lo reflejaría como un presidente decidido? ¿Sensato? ¿Prudente? ¿Implacable contra la corrupción? Hoy lo que parece su Gobierno es una pista de atletismo en la que su entorno más cercano compite por batir récords de delincuencia. De todos ellos podría haber escrito Monterroso que cuando llegaron a robar su parte del pastel, el de al lado ya estaba allí. Y lo peor es que es difícil determinar quién es el que va ganando; cuál terminará por perder más. En fin. En España no tenemos un cuentista que le ponga tinta a todo esto. Pero sí a Ketty Garat, que escribe cosas que han pasado de verdad.

Temas

En España

    Servicios

    • Oro Libertad
    • IA Gratis
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida