
Las de Pedro Sánchez y José Luis Ábalos son historias con mucho en común, a pesar de las apariencias. Apariencias que engañan, como es sabido, y que siguen engañando. Ocurre ahora, sin embargo, que después de separarse sus vidas, por lo que ahora se juzga en el Tribunal Supremo y por más cosas, la apariencia es uno de los nexos que se empeñan en unirlos. La apariencia en lo literal, en lo físico. No hay más que verlos. Ninguno de los dos es el que era. Y el aspecto desgastado les ha puesto facilidades para presentarse como víctimas. Lo acaba de hacer Ábalos ante el Tribunal de Justicia, como lo ha estado haciendo Sánchez delante del tribunal político que es la opinión pública. Cada uno se ha victimizado a su modo y en su estilo, pero los dos se hacen pasar por perjudicados y los dos señalan como verdugos prácticamente a los mismos, desde fiscales y jueces hasta medios y "seudomedios", pasando, claro, por la UCO.
Ábalos quiere transmitir la idea de que se ha fabricado un caso contra él, igual que Sánchez propala el bulo –por usar sus palabras, pero a la inversa– de que el caso contra su mujer o el caso contra su anterior fiscal general son producto de oscuras conspiraciones dirigidas a acabar con él por la vía rápida. No lo dicen por decir. Así quitan credibilidad a una instrucción judicial y a una investigación policial y, lo más importante, desacreditan una eventual sentencia condenatoria, como hizo Sánchez con la que inhabilitó a Álvaro García Ortiz, ahora felizmente anulada por el tribunal popular de el Follonero. En el trilerismo de las conjuras, el exnúmero dos ha resultado más modesto que el número uno, que tiende a ver contubernios debajo de cada piedra, pero no debe menospreciarse la aportación de Ábalos. Su exhibición como inocente víctima de malentendidos y apaleada carne de meme apuntala el mantra gubernamental de que "no hay nada".
El exministro de Transportes y exsecretario de Organización, título, por cierto, que se queda en el tintero de ciertas crónicas, plagia con tanta fidelidad el guion de Sánchez que copia hasta lo más íntimo y personal. Y por qué no. Por qué el pobre Ábalos no iba a ser también un hombre enamorado. Lo ha dicho a su manera, como Frank Sinatra, pero lo ha dicho. Con lo cual, ya están a la par. Como lo estuvieron antes. La principal diferencia, la única, si a eso vamos, que separa hoy al pijo progresista y al hijo de banderillero es que uno está en el poder y el otro, en la trena. Porque a José Luis lo han echado a los leones para que mastiquen, digieran, estén contentos y se distraigan con la presa. Es el delincuente oficial, diga lo que diga, la manzana podrida, que se tira a la basura para salvar el cesto. Pero se ve que el hombre, pese a todo, tiene esperanza. Esperanza en un indulto, en un Cándido Conde-Pumpido, en que lo libren, como han librado a otros. Y puede que le alimenten esa esperanza, aunque para creer en ella hace falta un desesperado.
