
El cortoplacismo es probablemente la enfermedad endémica más extendida de las democracias liberales y, como los patógenos más resistentes, ha terminado cronificándose en el sistema. Durante varias décadas, la dolencia parecía circunscrita a una sola especie huésped: la clase política, cuya capacidad de planificación raramente se extendía más allá de la siguiente cita electoral.
El proceso, tan simple como perverso, se limita a ejercer el poder buscando el aplauso inmediato en lugar de procurar un beneficio más duradero. De este modo ha ido desapareciendo el político que invierte en infraestructuras ferroviarias, en reformas educativas o en reforzar la sanidad pública. El motivo es que el fruto de su trabajo solo se observará cuando ya no esté en el poder. En cambio, el político que anuncia un bono social, corta una cinta o protagoniza un conflicto internacional puede ocupar titulares todos los días.
Lo más alarmante es que este virus se ha extendido desde los despachos a la cultura, a la economía y a los hábitos individuales, contagiando a sociedades enteras que han aprendido a pensar, consumir y decidir precisamente en el mismo registro de urgencia que tanto han criticado en sus gobernantes. Lo inquietante no es que los políticos sean cortoplacistas por naturaleza, sino que nosotros, como ciudadanos, a menudo también lo somos. Pedimos soluciones sencillas e inmediatas ante problemas estructurales muy complejos, y castigamos en las urnas a quien, contándonos la verdad, nos habla de sacrificios necesarios.
Si esta manera de hacer política es un típico producto del siglo XXI, el problema se acentúa hasta el extremo en gobiernos y líderes de corte populista que sitúan el largo plazo en cómo afrontar la semana que entra y cómo controlar la agenda en la jornada que comienza para llegar con vida a la noche.
Ese cortoplacismo sistémico, llevado a su máxima expresión, nos conduce inevitablemente a escenarios como el que atraviesa hoy el Gobierno de España: una acumulación de frentes abiertos que no son fruto del azar, sino de años de decisiones tomadas al calor del momento, sin reparar en sus consecuencias futuras.
Un mayo plagado de tormentas
Tal vez piense el presidente del Gobierno que, una vez que termine este juicio de las mascarillas, ya escampa y que de aquí en adelante las cosas van a resultar bastante más sencillas. Craso error, el calendario que tenemos por delante está plagado de fenómenos meteorológicos adversos.
No hay descanso. La semana que viene, Koldo y Ábalos se van a dar una vuelta por la Audiencia Nacional para contar delante del juez Ismael Moreno qué saben de chistorras, soles, lechugas y folios; vamos, que expliquen el confirmado tráfico de dinero en efectivo que circuló por Ferraz. Apenas tres días después, el 17 de mayo, Pedro Sánchez tendrá el privilegio de observar cómo María Jesús Montero, su apuesta personal, se deja la crisma en las urnas andaluzas. Será a finales de mes cuando, todavía rumiando la derrota, conoceremos la sentencia —muy probablemente condenatoria— de este caso de las mascarillas. Y para rematar este glorioso mes de mayo, y casi sin tiempo para asimilar la condena a su exministro y mano derecha, el día 28 el presidente verá cómo su hermano se sienta en el banquillo, procesado por dos delitos derivados del enchufe en la Oficina de Artes Escénicas.
Y entre medias se esperan el informe patrimonial de Santos Cerdán, novedades sobre la investigación de la SEPI sobre Begoña Gómez y lo que traiga la marea.
En estas circunstancias es muy sencillo entender por qué Pedro Sánchez tiene la firme intención de no convocar elecciones generales hasta julio del año próximo. Sería un suicidio prescindir de la Abogacía del Estado, de la influencia en la Fiscalía de Peramato o en el Tribunal Constitucional, del Tribunal de Cuentas, de la presidencia del Congreso y hasta de las encuestas de Tezanos.
El peor enemigo vive en La Moncloa
Lo verdaderamente irónico no es que el calendario de mayo parezca confeccionado por el peor enemigo de Pedro Sánchez. Lo irónico es que, si uno mira con frialdad la lista, cada uno de esos frentes los ha cultivado él mismo con el esmero propio de un jardinero vocacional: eligió a Ábalos, reclutó a Cerdán, le ofreció un buen destino a su exgerente, apostó por Montero, maniobró para montar la cloaca de Leire, defendió el enchufe de su hermano, avaló a Begoña y defendió prácticas dudosas en su partido. En otras palabras: el "peor enemigo" que armó esta agenda no vive en la oposición ni en las redacciones. Vive, con bastante comodidad, en La Moncloa.
El cortoplacismo, al final, siempre presenta su factura. Lo que comenzó como una enfermedad de las democracias liberales encuentra en el actual Gobierno su epítome: cada frente abierto, cada causa judicial, cada nombramiento comprometido no es sino la consecuencia lógica de años de decisiones tomadas al calor del momento, sin reparar en el día siguiente.
