El mero hecho de que Fernando Simón siga en su puesto tras la tragedia que ayudó a provocar con el coronavirus es un escándalo y una muestra excelente del estado de degradación al que ha llegado España en el terreno institucional, sí, pero también en el moral: es absolutamente alucinante que nadie le cesase y que él mismo tampoco tuviese la mínima dignidad de presentar su dimisión.
No es una cuestión política o de simpatías personales o de si Simón estaba demasiado cerca o demasiado lejos del Gobierno, ni siquiera es porque mintiese como mintió durante la pandemia: ese cese o esa dimisión eran la consecuencia ineludible de una verdad que no se puede discutir: que el trabajo del director desde 2012 del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad era –y es, por cierto– alertar de la llegada de una epidemia y preparar al país para ella y, como es obvio, Simón no hizo ni una cosa ni la otra.
Y no importa si fue porque prefirió ocultar la verdad o porque es tan mal profesional que no se enteró de la que nos venía encima y que él estuvo negando incluso cuando ya era evidente para cualquier lego en la materia, por ejemplo, cuando el virus llegó a Italia causando estragos. Es difícil saber si es más grave que el fracaso de Simón se debió a la conveniencia política o a la ignorancia, pero muy fácil saber qué consecuencia debería haber tenido: o el cese o la dimisión, para empezar, y quizá también verse afectado por alguna acción legal.
Seis años después, Fernando Simón ha vuelto a la actualidad y su mera aparición ha creado una profunda inquietud en la mayor parte de la sociedad española, en primer lugar porque no es posible no recordar con un escalofrío sus llamadas a la tranquilidad cuando estábamos ya metidos hasta el cuello en una tragedia que costó cerca de 150.000 vidas; en segundo porque es la prueba evidente de que ni siquiera después de esas muertes hemos aprendido nada como país.
Para terminar de dibujar un cuadro terrorífico, la responsable del Ministerio de Sanidad es una Mónica García que ya antes del hantavirus había demostrado una incompetencia sólo comparable a su sectarismo: la forma en la que ha gestionado sus escasas competencias –entre las que están, conviene no olvidarlo, este tipo de alertas sanitarias llegadas del exterior– ha sido tan desastrosa como para poner en pie de guerra a los médicos de toda España.
El hantavirus es muy diferente al germen que causó el colapso en los hospitales y las muertes en masa a partir de los primeros meses de 2020, pero aun así es lógico que se esté creando una notable alarma entre la población: más allá de lo fácil o lo difícil que sea su transmisión o de lo elevada que sea su mortalidad, si de algo pueden estar seguros los españoles es que no podríamos estar en peores manos para afrontar otra crisis sanitaria.

