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Poner en riesgo a la población para comprarle un cargo a Mónica García

Lo ocurrido este domingo en el puerto tinerfeño de Granadilla es de un bochorno tercermundista.

Lo ocurrido este domingo en el puerto tinerfeño de Granadilla es de un bochorno tercermundista.
Mónica García, este domingo en Tenerife, junto al director de la OMS, Tedros Adhanom. | EFE

La crisis del hantavirus es un despropósito monumental del Gobierno que retrata a la ministra de Sanidad como lo que es, una incompetente que carece de escrúpulos cuando se trata de perseguir sus intereses personales.

El MV Hondius, el crucero holandés afectado por un brote de ese peligroso virus, jamás debió dirigirse a las costas españolas, puesto que había opciones más lógicas y con menos riesgo como trasladar a los pacientes y los viajeros en cuarentena a sus lugares de origen desde Cabo Verde, donde se confirmaron los primeros contagios, o cualquier país cercano. Sánchez, en cambio, decidió convertirse en protagonista de una crisis internacional, haciéndolo, además, de la manera más trapacera posible, como corresponde al personaje.

Las gestiones para asumir la llegada del crucero comenzaron en el más absoluto oscurantismo, a través de unas negociaciones con la Organización Mundial de la Salud de las que no se tuvo noticia hasta que la decisión de llevar el barco a Tenerife estuvo tomada. La alarma entre las autoridades del Gobierno de Canarias provocó llamadas urgentes a los responsables del Ejecutivo central comenzando por Mónica García, la inefable responsable de Sanidad, que trató al presidente canario con una displicencia y falta de educación impropias de una ministra de España. Con el paso de los días, la situación ha ido agravándose hasta que este domingo se produjo el desembarco de los viajeros, en un escenario más propio de una película de catástrofes de ínfimo presupuesto que de una gestión ordenada de una crisis sanitaria especialmente peligrosa.

Lo ocurrido este domingo en el puerto tinerfeño de Granadilla, en efecto, es de un bochorno tercermundista. Lejos de aplicar unos protocolos especialmente exigentes que, en realidad, nunca existieron, todo lo que ocurrió en la zona portuaria fue la escenificación de una farsa lamentable. Allí vimos a los efectivos de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y a la Guardia Civil pertrechados con trajes de protección NBQ (nuclear, biológico y químico), un blindaje de nivel bélico que contrastaba con la realidad de los pasajeros españoles, que abandonaron el barco y se subieron a los autobuses sin ni siquiera un par de guantes. El colmo del despropósito fue grabado por las cámaras de televisión, que recogieron las imágenes del psicólogo que atendió a los pasajeros en el autobús que los llevó al aeropuerto caminando por la calle tranquilamente con el traje EPI en la mano, sin pasar por ningún control de descontaminación ni someterse a ninguna cápsula de seguridad. El Gobierno, además, ordenó retirar los medios facilitados por el Gobierno de Canarias para acaparar todo el protagonismo poniendo en riesgo al pasaje, que fue trasladado sin las medidas mínimas de protección y seguridad biológica que requiere una operación de este tipo.

Sánchez ha priorizado la propaganda, ha disfrazado a los militares mientras dejaba desprotegidos a los ciudadanos y ha preferido retirar ambulancias antes que admitir que necesitaba al Gobierno de Canarias para salvar los muebles. Un auténtico escándalo sanitario y político que debería llevarse por delante, al menos, a la peor ministra de Sanidad de nuestra democracia.

La farsa orquestada define muy bien el nivel de improvisación del Ejecutivo para manejar el contagio de un virus con una letalidad que llega al 40% de los afectados. Resulta lógico, por tanto, el miedo de la población canaria al verse sometida a esta situación de riesgo por el simple motivo de que a Sánchez y a su ministra les interesa estar a bien con la OMS, una de las organizaciones mundiales menos recomendables a tenor de su actuación en crisis anteriores como la del Covid 19.

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