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Salvador Illa y la cultura del machete

Frente al brillo del acero, la respuesta es esta vigilancia edulcorada: un policía disfrazado de monitor de gimnasia rítmica.

Frente al brillo del acero, la respuesta es esta vigilancia edulcorada: un policía disfrazado de monitor de gimnasia rítmica.
Salvador Illa pasa revista a mossos d'Esquadra en un acto por el Día Nacional de las Esquadres. | EFE/Toni Albi

El sistema educativo catalán ha transitado, sin solución de continuidad, de la rutinaria utopía funcionarial sesentayochista al poli de paisano en la sala de profesores, por lo que pudiera pasar. Así, el último simulacro destinado a fingir que se hace algo frente la eclosión de la cultura del machete, esa novísima aportación multicultural en las aulas locales, ha consistido en mandar a unos Mossos d’Esquadra en comisión de servicios a los centros más asilvestrados. Aunque, por supuesto, no en su condición supuesta de representantes de la ley –y mucho menos del orden–, sino como un inane sucedáneo de animadores socioculturales encargados de fomentar el buenrollismo en eso que llaman comunidad educativa.

Irán de paisano y desarmados, tanto física como moralmente, huelga decir. Es la encubierta claudicación de una administración tan desarmada como esos sufridos servidores suyos. Y el resultado, por lo demás, de décadas bajo la bota idiotizante de los autodenominados pedagogos, esa plaga de amebas verborreicas con licencia para aberrar. Han sido ellos, con su charlatanería sobre la "educación emocional", quienes más han cancelado a los profesores cuando ya estaban a punto de entrar en escena los machetes de importación. Al docente se le ha despojado de su condición de autoridad pública para rebajarlo a facilitador acongojado ante las maras en la mochila.

Frente al brillo del acero, la respuesta es esta vigilancia edulcorada: un policía disfrazado de monitor de gimnasia rítmica practicando la dialéctica del abrazo fraternal. Es el certificado de defunción definitiva de la escuela como teórico ámbito civilizatorio. Si para que un mononeuronal con impunidad jurídica hasta cumplir los 18 conceda no lonchear a su compañero de pupitre con un cuchillo jamonero es menester que un Mosso, en bermudas y con una camisa de flores, le suplique entendimiento franco y voluntad de diálogo en el pasillo, es que la llamada pedagogía ha ganado, por fin, su cruzada para hacernos olvidar los materiales de derribo con los que está construida la naturaleza humana. Esperemos que el mayor Trapero se apiade de ellos y, al menos, les facilite un chaleco antibalas.

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