
Fue Pilatos quien, popular y escuetamente, según el evangelio de Juan, expresó su escepticismo acerca de la existencia de la verdad como algo objetivo y concluyente. En aquel caso, siguiendo el relato evangélico, se trataba de dilucidar si Jesús era un peligro para el Imperio romano, en cuyo caso debería sufrir el castigo correspondiente. La narrativa cristiana parece coincidir en que el prefecto de Roma en Judea no encontraba indicios suficientes contra el reo por lo que se supone que su condena se basó en consideraciones políticas.
Ciertamente, diferenciar lo verdadero de lo falso (ni física ni metafísicamente) es tarea abstrusa salvo cuando se trata de la certificación de acontecimientos cuya ocurrencia puede probarse sin dudas razonables, supuesto un sentido común. Por ejemplo, si alguien tiene los dos ojos o uno, si es joven o viejo, si apretó el gatillo o no, si estuvo o no en tal reunión, si dijo esto o aquello, si Nietzsche se abrazó o no a un caballo, si se prometió o no tal cosa, si tal moto es de esta marca u otra…
Son hechos fácilmente falsables por la propia percepción por lo que producen una cierta seguridad que fundamenta la convicción. Otros hechos, del mismo tipo, son sencillamente comprobables o falsables porque hubo testigos a los que se supone la obligación de decir verdad (lo que no siempre ocurre, a veces por mala intención, a veces por errores o confusiones no deseadas).
En cuanto salimos de los hechos simples, de los sucesos cuya acontecimiento es comprobable para cualquier inteligencia natural, nos introducimos en las interpretaciones de colecciones más o menos complejas de hechos relacionados entre sí. Parece sencillo pero es muy complejo tratar de clasificar los diferente tipos de hechos, porque van ascendiendo hasta cumbres, si no borrascosas, sí espinosas y escarpadas. No es lo mismo discernir si alguien hizo algo que si eso que hizo fue legal, si el tal sabía que lo era o no y si era esa su intención o no. Los niveles de falsabilidad, por seguir con Popper, son crecientemente arduos e incluso improbables.
Sirva este introito para certificar lo extremadamente penoso y laborioso que es definir con exactitud los hechos. Imaginen lo que debe ser tener que certificar la veracidad de los mismos y la relación entre ellos para describir unos comportamientos y sus consecuencias de modo que sea posible considerarlos y emitir un juicio sobre ellos.
No es una reflexión desmedida. Pondré un ejemplo para que se compruebe lo radicalmente confuso que puede ser concluir algo acerca de unos hechos que se dan por indudables. Recientemente he estado leyendo la nueva biografía de Francisco de Asís[i](1181, 82-1226), a la luz de las nuevas metodologías históricas, propuesta por el catedrático de historia medieval Alessandro Barbero, de la Universidad de Piamonte. Puede parecer extraño a nuestro propósito, pero verán que no lo es.
En sus primeras páginas, el profesor exhibe con minucioso análisis las dificultades de contestar las preguntas: ¿Quién fue Francisco de Asís? ¿Cómo era? ¿Qué hizo? Para cualquier persona medianamente culta parece un interrogante fácil de responder. La visión que se tiene viene definida por su apodo "il poverello" y el episodio del "hermano Lobo" y, aunque se desconozca mucho de su actividad, se tiene clara convicción de su oposición a las riquezas, de su amor a los animales, su ingenuidad, si se quiere, su sencillez y su conflicto con la Iglesia poderosa y soberbia.
¿Fue así el San Francisco de Asís real? ¿Cómo podemos saberlo o tratar de averiguarlo? Es importante ajustarse a lo veraz porque muchos utilizan su figura y su prestigio para aparecer como seguidores, herederos o afines, como Mussolini, que se comparaba con él como si la suya fuese la vida paralela del franciscano. Es aquí cuando nos damos cuenta de los obstáculos que se encuentran.
Para encontrar al Francisco de Asís real hay que acudir a las fuentes más remotas, a los propios manuscritos del santo y a las primeras biografías encargadas tras la muerte del fundador de la Orden Franciscana. Y ya desde el principio, hay conflictos y lagunas. No se deduce lo mismo tras leer sus propias palabras (muy mal escritas porque apenas sabía leer y escribir), que cuando se cotejan con las dos reglas iniciales de la primera comunidad, la regla non bullata, confeccionada entre el santo y sus frailes, y la regla bullata, corregida por Roma.
En la primera, aparecía un Francisco defensor de la pobreza extrema que empezaba a no encajar adecuadamente con la realidad de una orden en proceso de expansión internacional y que no gustaba a Roma. En la segunda, de fecha tan temprana como 1223, con el Santo vivo, el Pontífice metió la pluma, amputó algunas cuestiones dolorosas para el fundador y finalmente acabó siendo un compromiso pactado por el espíritu de obediencia de Francisco, que ya había dejado de dirigir la Orden. Se presentó como voluntad suya propia, pero…
Luego, para no alargarlo mucho más, está el tema de las biografías principales. En su Testamento, el Santo dejó claro cómo quiso él que se le comprendiera sin dar muchos detalles de episodios de su vida. Pero en las biografías sucesivas, las de Tomás de Celano, que fueron varias con quitas y puestas según el momento o la orientación de la mano que mecía el encargo, se advierte que milagros, obras, acontecimientos, intenciones, etc. varían notablemente. Se trataba de hacer una versión "oficial".
Ese camino llegó a su cima con la biografía escrita por San Buenaventura, ministro general desde 1257, tras un denso tiempo de zozobra interior y de recopilación de datos procedentes de quienes lo habían acompañado en vida. Pero el resultado fue que redactó la versión "buena" de la vida de San Francisco y, de paso, conminó a destruir todas las biografías anteriores.
Dice el historiador de esta obra: "Buenaventura eliminó cualquier episodio en el que el santo pudiera parecer demasiado humano, contradictorio, irascible o infeliz; acentuó la dimensión milagrosa de su vida y la asimilación de Francisco a Cristo; y justificó el contraste entre la vida de extrema penitencia llevada por Francisco y los primeros frailes y la más organizada e institucional que para entonces se había establecido en la Orden, sugiriendo que solo un hombre excepcional como él podía vivir de esa manera: su pobreza y privaciones debían ser admiradas, pero no imitadas." O sea.
En fin, la turbiedad siguió y tan pronto como 1276, una vez muerto Buenaventura de Bagnoregio, el propio Capítulo de la Orden ordenó la restauración de la conservación y el respeto por las antiguas leyendas y testimonios y se mantuvo la lucha entre quienes aceptaban la conversión de la orden en una "poderosa multinacional" y quienes deseaban recuperar el espíritu primitivo del Santo y de la Comunidad. Y hay mucho más.
Puede parecer imposible extraer alguna conclusión veraz, objetiva y ajustada a los episodios de su vida y esa sensación puede producir en cualquiera de nosotros un escepticismo de grado máximo. "El único punto en el que existe un acuerdo indiscutible es que todas las fuentes que relatan la vida de San Francisco están lastradas por una pesada carga interpretativa: cada autor ha construido su propia imagen del santo, influenciado no sólo por la información a su disposición, sino también por sus creencias sobre quién debería haber sido el fundador de la Orden de los Frailes Menores", dice Barbero.
Con estos mimbres, mientras la inmensa mayoría queda presa acrítica de las versiones oficiales o las subversivas, hay quien se atreve a indagar lo más posible y construir su propia interpretación sobre lo que significó entonces y significa ahora este Santo. Pongamos por ejemplo en España a Emilia Pardo Bazán, que escribió su San Francisco, con elogio expreso de Marcelino Menéndez Pelayo.
La autora resume:
La idea de san Francisco de Asís es inmortal. Por su carácter caballeresco, por sus inclinaciones de trovador, por su novelesca fantasía poblada de combates, empresas y torneos, San Francisco es el hombre de la Edad Media. Por su fe profunda, su ilimitada esperanza, su ardiente caridad, san Francisco pertenece a cualquiera de los siglos cristianos. Viva imagen de Jesucristo, es su leyenda la más milagrosa de la Edad Media: no todos los milagros que en ella se narran han sido reconocidos auténticamente por la Iglesia; pero en todos ellos, como en los del Salvador Divino, hay tal efusión de amor y poesía, que no es lícito al historiador despojar al prodigioso santo de un solo rayo del áureo nimbo que cerca su frente.
Una opción, se dirá. Cierto, pero una opción fundamentada. ¿Verdadera? Sólo los hechos más simples pueden ser comprobados. Cuando se presentan en colección o en ramo y se pretende extraer de todos ellos una valoración general, lo único que puede exigirse es que ningún hecho básico quede fuera de ella y que lo que se diga concuerde esencialmente con ellos. No hay otra posibilidad, salvo si reducimos nuestro ámbito al marco de la ciencia natural, donde las experiencias pueden repetirse para falsear o no las deducciones.
El ‘Puto Amo’ y el fiscal Luzón
Con este largo proemio, ya se habrá comprendido la intención de destacar la dificultad de un fiscal anticorrupción como Alejandro Luzón a la hora de proceder desde los hechos simples a la relación entre ellos y emitir una conclusión que, en el caso de las mascarillas, ha terminado resaltando el carácter de mafia, de organización criminal, de trama delictiva de los principales imputados.
No se olvide que Luzón fue el fiscal que apuntaló la acusación en el caso ERE que terminó con la condena de la cúpula de la Junta de Andalucía. Frente a la pretendida justificación política, se impuso la verdad judicial. En aquel caso, la trama criminal quedó evidenciada desde la cabeza misma, presidencia de la Junta, consejerías, altos cargos. En este caso, la cúpula ha quedado compuesta únicamente por el exministro y exdiputado José Luis Ábalos, sin que se tenga una clara idea de por qué.
La razón de Luzón para no considerar verdad judicial probada que la cima de la trama no esté encabezada por Pedro Sánchez es considerar insuficiente las insinuaciones del acusado y confidente de la Fiscalía, Víctor de Aldama, sobre que, en efecto, el presidente del Gobierno es quien estaba al mando de la organización criminal hoy juzgada en este caso, que, como es sabido, no es el último porque hay otros que están encaminados a juicios próximos.
Podemos resumir la posición del fiscal anticorrupción en la aceptación de una realidad: que no hay evidencias directas que relacionen las actividades presuntamente delictivas de Ábalos y Koldo con Pedro Sánchez, como sostienen las acusaciones particulares de PP y Vox y, desde luego, algunos acusados como el propio Aldama, el "protegido" de la Fiscalía por sus revelaciones autoinculpatorias para colaborar con la Justicia.
Para Luzón, la sugerencia de Aldama de que Sánchez es el número 1 de la trama no constituye un indicio razonable de criminalidad porque siendo una afirmación grave, es desmesurada en tanto que no se han aportado ni documentos ni testimonios que la corroboren. Como máximo puede ser una sospecha pero de ningún modo cargada de consecuencia penal para un aforado, el principal de ellos. Tampoco la UCO ha hallado pruebas contundentes de ello.
Evidentemente, en un juicio como el que nos ocupa no se trata de otras responsabilidades sino de la penal, no de la política ni de la administrativa. Que Sánchez fuera quien nombro a Ábalos en la instancia partidista y en la esfera del Gobierno y favoreció a su militante ejemplar Koldo no implica directamente que el presidente estuviera al tanto de sus fechorías.
Al menos, en teoría. Ya lo anticipó el propio Sánchez: no conocía la vida personal de su exministro a pesar de su estrecha convivencia durante meses de precampaña de primarias en el PSOE y en el ejercicio nacional de la oposición política. Nada de lo perpetrado por los acusados necesitaba la firma oficial del presidente.
¿Intuyó o vio algo el presidente y decidió no intervenir, dejar hacer y dejar pasar? En algún momento, Pedro Sánchez supo de aspectos turbios de la conducta de su número dos. Puede aducirse que lo destituyó. ¿Hasta entonces lo dejó hacer? Pero, ¿es suficiente tener algunos indicios sobre la conducta ilegal de alguien y ser cómplice o número 1 en tal trama? Aunque hubiera habido omisión deliberada de alguna corrección, ¿es tal conducta un delito en sí?
Ha habido otros casos en los que no intervenir decididamente ante conductas ilícitas ha merecido condena. Ahí está el primer juicio del caso Gürtel que condenó al PP por no hacer lo que debió en la financiación de sus campañas electorales. En el caso de las tarjetas black de Caja Madrid, se condenó a Rodrigo Rato, entre otros, por no controlar y vigilar adecuadamente.
Ya hemos aportado argumentación suficiente acerca de la dificultad de encontrar verdades macizas por quienes desean buscarlas con buena voluntad y con respeto a la Ley, actitud que no dudo es la del fiscal Luzón en este y otros casos. Pero ello no debe impedir que muestre mi perplejidad ante su absoluta decisión de no considerar a Sánchez cabecilla de la trama aunque en el gobierno y el partido se le reconozca como "el Puto Amo".
Lo resumiré en dos consideraciones legas en Derecho Penal:
a) ¿Por qué estar dispuesto a creer algunos testimonios y pistas de Aldama pero no otros? Si se supone que conocía bien la trama criminal denunciada e investigada, si sus advertencias, vestigios y orientaciones han sido claves para la detección de delitos, ¿por qué tildar de "notable desahogo" la afirmación de Aldama sobre la jefatura de Pedro Sánchez? ¿Por qué esa consideración no colabora con la Justicia?
b) ¿Cómo explicar todo lo ocurrido en este sumario y otros que están en proceso si no se admite el liderazgo criminal de Pedro Sánchez? Estamos hablando de un presidente del Gobierno y secretario general del PSOE y de sus subordinados jerárquicos. Por ejemplo y para no cansar, si las primeras noticias se conocieron ya en 2020, si la denuncia del PP fue presentada en 2022 ante su Fiscalía, ¿cómo es que Pedro Sánchez admite la presencia de Ábalos como número 2 en las listas socialistas por Valencia en las elecciones generales de 2023?
Pero no es solo la trama de las mascarillas (cómo un presidente del Gobierno no iba a estar enterado de la compra de mascarillas en medio de una pandemia que mataba a miles de ciudadanos al mes). Se trata de las tramas de su esposa, de su hermano, de los hidrocarburos, de Air Europa, de Plus Ultra, de sus relaciones en torno al frustrado pucherazo en el congreso socialista de 2016…
¿Cómo entender todo ello sin recurrir a la hipótesis, la más fecunda, de que Sánchez es el perejil de todas las salsas? Si se es "el Puto Amo", ¿se es para todo o sólo para algunas cosas menores?
Hemos aceptado la dificultad de encontrar verdades en medio de tanto tráfico de desorientaciones y deformaciones. Por ello, dar por sentado que Pedro Sánchez no era el jefe de la trama me tiene perplejo, sobre todo por la rotundidad inesperada del fiscal Luzón. Y es que la verdad tiene una cualidad: que en ella encaja todo, todo cobra sentido, todo se ilumina. Sin ella, todo queda en penumbra. Y sigue estando oscuro.
[i] Editorial Laterza GLF, Roma 2025
