
Hace la friolera de treinta años, el PP liderado por José María Aznar alcanzó el Gobierno de España. Es cierto que disfrutamos en democracia de un cuatrienio reformador moderado, pero se trataba de una transición modelada por Suárez y el rey Juan Carlos en los años postrimeros de la dictadura.
En 1996, existían tres gran incertidumbres en nuestro país. La primera era si el país y en particular la izquierda aceptaría un gobierno de la derecha, algo que nunca aceptó en la República y que llevó a un intento de golpe de estado contra el gobierno legítimo en 1934, y que condujo a España al final conocido. Aquella izquierda que hoy resuena lejana no solo lo aceptó, sino que colaboró en el gobierno más dialogante y pactista de la historia de la democracia, y no hay más que ver las estadísticas de las Cortes para cerciorarse que el éxito de Aznar fue también el del PSOE, porque lo fue de España.
La segunda era cómo reaccionaria el nacionalismo de derechas catalán y vasco que se posicionó con la izquierda en la Guerra Civil, anteponiendo sus intereses particulares a los ideológicos, y después de cuarenta años de dictadura que sojuzgó a los nacionalismos. Esta segunda duda quedo disipada con los pactos del Majestic, cuando la CIU de Miguel Roca y Durán Lleida pactó con luz y taquígrafos y en territorio nacional, unos acuerdos programáticos que incluían la profesionalización de las fuerzas armadas y el fin del servicio militar obligatorio para los jóvenes, y cuando se desatascaron transferencias al gobierno vasco que llevó al mismísimo Arzálluz a reivindicar a Aznar como el mejor presidente de la democracia española.
La tercera duda tenía una índole más estructural, la entrada en el euro y por tanto en el núcleo fuerte de la Unión Europea era un objetivo en el que no creía nadie del Gobierno, excepto el propio presidente, que abordó una serie de reformas estructurales, las más profundas desde la muerte de Franco que transformaron nuestra economía con un crecimiento de la población activa en cuatro años superior a los treinta anteriores. La entrada de España en la Alianza Militar de la OTAN y en el Euro fueron sin duda el mayor seguro de vida para nuestro país en lo económico, lo social y político.
El terrorismo comunista y separatista vasco continuó con su terror poniendo en su objetivo a los servidores públicos, pero traspasaron una línea roja que la sociedad no aceptó y desde entonces, gracias a la interacción política en el exterior y al consenso de todas las fuerzas, junto a la presión judicial y policial, consiguieron eliminar el terrorismo después de casi mil muertos y miles de heridos. Hoy en día Bildu colabora con el Gobierno de España, lo que sin duda, y con todos los peros que pongamos, es un éxito de la nación frente al separatismo que ha sido derrotado definitivamente aunque no lo quieran aceptar.
Ningún gobierno puede estar ocho años sin sombras, pero sin duda estamos hablando del momento de mayor avance político y social de nuestro país en el siglo XX. La posición de España en el mundo se vio reforzada, la alianza estratégica con los Estados Unidos se consolidó como nunca y defendimos en un islote la soberanía nacional con una clara determinación. Colaboramos con algunos de nuestros aliados en estabilizar y reconstruir Irak, una labor que todavía continúa. Incluso cuando el "no a la guerra" se convertía en un himno de guerra, España supo estar al lado de sus amigos porque así se construyen las grandes naciones. Antes, con nuestros socios de la OTAN participamos en la operación de Kosovo, la primera militar en el exterior desde Sidi Ifni.
La izquierda comprendió tras los cuatro primeros años de Aznar, que "el gato blanco o negro lo importante es que cace" que decía González no le devolvería al poder. No habría una gestión que derrocara a los ocho años bajo la presidencia de Aznar y tuvo que enfrascarse en una renovación que fue una revolución. Frente a lo previsible y lo pragmático de José Bono optó por un desconocido Zapatero que comenzó a demoler desde la oposición los fundamentos del éxito. Había que derrocar la alianza internacional y nada como ignorar a la bandera de los Estados Unidos y movilizar a España hacia los movimientos totalitarios de izquierda abrazando al chavismo que tan lucrativo ha resultado para algunos a largo plazo.
Otro aspecto fundamental fue trasladar al nacionalismo vasco y catalán la idea de que el separatismo solo sería compatible con un gobierno de izquierdas, y alentó la radicalización de aquellos moderados conservadores que habían transformado Cataluña y el País Vasco como nunca creando las bases del actual modelo de éxito vasco y de aquel que existió antes de que comenzara la decadencia con Montilla.
Para hacer una revolución ruidosa que movilizara a la izquierda abstencionista y la radicalizada, era necesario politizar lo que era normalidad, como la inmigración que ayudó a transformar nuestro país en estos años de presidencia de Aznar, la cuestión sexual, o la convivencia, con el fin de buscar una movilización y un nicho ideológico nuevo. La izquierda venía a defender los derechos no de la clase trabajadora como era su esencia, sino de los pensionistas, los inmigrantes irregulares, y los subvencionados que no debían luchar en el mercado para hacer prosperar sus actividades, sino en los despachos oficiales, y ya no tiene sus nichos en los funcionarios, ni en los autónomos, ni en los profesionales, ni siquiera en los barrios de clase media baja.
De todos los aciertos de aquellos años me quedo con uno. Cuando un presidente decide sacrificar a un compañero, a un joven inocente para salvar a España, para no ceder al chantaje. Cualquier político del mundo actual no habría pasado por ese trance, habría pactado, argucias, acuerdos ocultos, pero con todo el dolor del corazón de los españoles, dijimos "No", y fue en ese momento de rabia contenida cuando España se convirtió en la nación que es hoy, porque así se construyen los países.
Hay sombras, como la corrupción que nunca termina de extirparse porque es un cáncer demasiado arraigado, que solo se combate con la decisión de abandonar el poder cuando se tiene, fijando límites a los mandatos, y esto sin duda es lo que más le honra al presidente Aznar. Llegó sabiendo que se iría antes de finalizar su vida pública y que le pasarían facturas que no podría eludir, y él salió limpio, algo que nos suena a excepcionalidad.
