
Las estadísticas empiezan a poner fecha de caducidad a las fábulas demográficas dominantes. Los voceros del establishment seguirán con la cantinela oficial, esa tan cansina de que la arribada masiva de contingentes migratorios procedentes de todos los rincones del mundo constituye el elixir de la eterna juventud para nuestro envejecido censo autóctono. Pero los datos del INE explican otra historia bien distinta. Así, tal como acaba de revelar un informe de Funcas que toma como base esa información pública, ahora poseemos constancia de que el grupo de inmigrantes que más crece no resulta ser el formado por jóvenes en edad de trabajar, sino el de los mayores de 54 años, un segmento con muchas más posibilidades de encontrar plaza en los viajes del Imserso a Torremolinos que algún puesto de trabajo en cualquier empresa de España.
Se desvanece, sí, la ficción oficial del efecto "rejuvenecedor" de la población extranjera. Yo ya no tengo tan claro cuál es el motor de la Historia que cuando era joven. Pero, a medida que voy cumpliendo años, lo que sí tengo cada vez más claro es que el motor de la economía son los incentivos. De ahí que, ante ese tipo de casuísticas contraintuitivas, uno deba preguntarse por cuáles pueden ser los incentivos que empujen a alguien de 54 años, alguien que reside a miles y miles de kilómetros de la Península Ibérica, para hacer la maleta y venir a instalarse en España.
Y, por cierto, acaso en la respuesta a esa incógnita se esconda la explicación a otro misterio que desconcierta a cualquiera que sepa sumar, a saber: ¿por qué con una población local que lleva más de medio siglo en constante disminución, las listas de espera sanitarias no cesan de crecer en la práctica totalidad de las especialidades médicas? Y es que, en el paroxismo de la ceguera buenista, resulta que nos hemos dedicado a importar cuidadores para nuestros mayores que, a su vez, se traen consigo a sus propios mayores para que los cuiden los contribuyentes del territorio de acogida. El negocio de las cabras.
