
La Mesa del Congreso de los Diputados ha suspendido cautelarmente las acreditaciones de los periodistas Vito Quiles y Bertrand Ndongo a causa del "notable deterioro de la convivencia" en las salas de prensa y en otras zonas de la Cámara Baja, según la resolución parlamentaria. La decisión ha sido muy aplaudida por la asociación de periodistas que le hacen la pelota a Mertxe Aizpurúa, la portavoz de Bildu. También por el colegio de periodistas de Cataluña a favor de la familia Pujol, la asociación de la prensa madrileña en pro de Begoña Gómez, la federación de palmeros de María Jesús Montero y Yolanda Díaz, el grupo de apoyo a Sarah Santaolalla y el club de fans de Broncano. En fin, lo más granado del periodismo.
No es la primera vez que se veta a un periodista en una institución pública. En Cataluña, región pionera en totalitarismo político, el periodista Xavier Rius fue sometido a una indisimulada cacería por el gobierno de la Generalidad y por el parlamento autonómico porque tenía la manía de hacer preguntas incómodas, preguntas periodísticas, preguntas preguntas y no el tipo de preguntas que se responden con un "me alegro de que me haga esa pregunta". A Rius le prohibieron la entrada a las ruedas de prensa del gobierno catalán y tampoco le dejan entrar en el Parlament sin que ninguna asociación, colegio, federación, grupo, club o ente supuestamente periodístico haya salido en su defensa. Claro que eso es precisamente lo que distingue a Rius como periodista frente a los lamebotas del Procés.
Quienes niegan la condición de periodistas a Quiles y Ndongo son los mismos que se arrastran sumisos ante Patxi López, le doran la píldora a Félix Bolaños, le ríen las gracias a Óscar Puente y se derriten ante Pedro Sánchez. Es ese equipo de opinión sincronizada al que le provoca un gran escándalo que Quiles le pregunte a la esposa de Sánchez qué se siente al estar imputada por cuatro delitos pero les parece una obra cumbre del periodismo la entrevista de Jordi Évole al exfiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz. Ojo, el tipo que el día que fue imputado por revelación de secretos borró todo el contenido de su teléfono móvil. Y Évole, el mismo que tras el pacto entre Pedro Sánchez y Puigdemont escribió que había que ponerle una calle a Santos Cerdán por su contribución a la convivencia.
Todos estos distinguidos periodistas que reniegan de Quiles, de Ndongo y de Rius no defienden el periodismo. Defienden a los políticos que les lanzan un hueso y simulan que los conocen dirigiéndose a ellos por su nombre de pila. Hay que ver cómo se turban, el placer que experimentan por un guiño de Gabriel Rufián, una palmadita de Ione Belarra, un leve signo de reconocimiento por parte de Míriam Nogueras o un aparte de diez segundos con cualquier ministro, aunque sea de Sumar. ¿Periodistas? Pelotas y pelotudos.
