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La piel fina y los "agitadores ultras"

Esta parcialidad muestra hasta qué punto se ha distorsionado el sentido original de la libertad de expresión.

Esta parcialidad muestra hasta qué punto se ha distorsionado el sentido original de la libertad de expresión.
El momento del encontronazo entre las acompañantes de Begoña Gómez y Vito Quiles. | Imagen TV

El Congreso ha identificado a lo que unos llaman "activistas" y otros, "agitadores ultras", y ha decidido impedirles la entrada. La prohibición, lamentablemente, no afecta a todos los activistas ni a todos los agitadores que allí tienen asiento. Si lo hiciera, la Cámara quedaría despoblada. Y el banco azul, lo mismo. Pero la suspensión cautelar de las acreditaciones sólo afecta a dos individuos. Los dos, que no son otros que Vito Quiles y Bertrand Ndongo, se han hecho conocidos por lo que unos llaman "provocaciones" y otros "preguntas incómodas". Y por lo que algunos llaman "acoso" y otros rebajan a "insistencia". Como siempre, en las disputas sobre la libertad de expresión y de prensa, el veredicto no es imparcial, sino todo lo contrario. Esta parcialidad muestra hasta qué punto se ha distorsionado el sentido original de la libertad de expresión, que consistía en frenar racionalmente la pulsión por acallar al que dice o publica algo con lo que se está radical y visceralmente en desacuerdo.

Los partidarios de expulsar del Congreso a los dos "activistas" –primera vez que veo emplear "activista" de forma peyorativa– les atribuyen conductas tan graves que son como para presentar denuncia en los juzgados, pero las denuncias, nueve contra Quiles y tres contra Ndongo, las han registrado en la Cámara. La última, del grupo Sumar, parece representativa. Acusan al primero de boicotear una rueda de prensa "con violencia verbal", de "incurrir en manifestaciones de carácter vejatorio", de "generar un clima de tensión y hostigamiento verbal". Es alguien verbalmente peligroso, por lo que dicen. Y por lo que dicen, los actos más disruptivos que han hecho los dos proscritos consisten en interrumpir ruedas de prensa. La cuestión es cómo. Es decir, cómo las interrumpen. ¿Dando voces para que no se oiga lo que dicen los comparecientes? ¿Tirando petardos? ¿Apropiándose del micrófono? Deberían aclarar, para los que no han estado presentes, si utilizan alguno de esos medios o si, como se ha visto alguna vez, montan el pollo porque cuando preguntan, no quieren responderles. La otra acusación importante que se les hace es la de grabar con el móvil en zonas del Congreso donde no está permitido. Terrible.

Las ruedas de prensa sin más orden ni concierto que el que impone el que la está dando, tipo las que se hacen en la Casa Blanca o las que monta Trump en cualquier parte, aquí no las hemos visto nunca y sospecho que no las veremos. Pero sí hemos visto, en otro tipo de actos y en otra época, una mayor capacidad para lidiar con los que, sin querer o queriendo, ejercen de elementos perturbadores. El pesado que te hundía un coloquio nada más empezar, el pirado que amenazaba la presentación de un libro con una intervención delirante, el insoportable que tomaba la palabra y se resistía a soltarla, todos esos y más eran habituales en los mitificados tiempos del tránsito a la democracia y lo que se hacía con ellos era dejarlos hablar y no entrar al trapo. Se tenía entonces en muy alta estima la libertad de expresión y se toleraban excesos. Por incómodo que fuera. Todo el mundo tenía su derecho y se respetaba. Pero aquel aprendizaje se ha perdido. Parte de la política y de la prensa fingen tener la piel muy fina, no saben lidiar con ingenio con los folloneros contrarios y tienen un grado de tolerancia igual a cero. Aunque supieran hacerlo, no querrían. Deliberadamente han optado por hacer de personajes pintorescos e intrascendentes una grave amenaza para políticos y periodistas de izquierdas y, claro, para la democracia. Es una farsa, una más, para un público al que entontecen.

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