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Zapatero, Begoña y Pascal

Hay algo en Zapatero del personaje de aquella canción de Sabina, la del más capullo de su clase, qué elemento, el que terminó en el Parlamento.

Hay algo en Zapatero del personaje de aquella canción de Sabina, la del más capullo de su clase, qué elemento, el que terminó en el Parlamento.
Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero en una imagen de archivo. | Europa Press

Todas las desgracias del Universo proceden, como nos advirtió Pascal, de la incapacidad del hombre –y de su mujer, urge añadir– para quedarse quieto, a solas en una habitación, y a ser posible sentado en una silla. Pero el ser humano cesante se aburre. Necesita creer que es importante, enredar, firmar actas constitutivas de chiringuitos y acabar asomado, al final, al abismo del Código Penal por puro tedium vitae. He ahí, sin ir más lejos, el cuadro clínico de José Luís Rodríguez Zapatero, ese enigmático paradigma de la vacuidad sonriente. Observando su frecuente discurrir por los albañales más pestilentes de la geopolítica, amén de su querencia por los emprendimientos caribeños, el paralelismo psicológico con Begoña Gómez recuerda una fotocopia de dos almas gemelas.

Porque ninguno de los dos ofrece el perfil aparente del corrupto canónico: falta ahí la mirada siempre turbia del comisionista del aparato. Lo suyo remite más bien a esa insensata osadía de vuelo gallináceo que nace de no saber calibrar dónde termina la simple imprudencia temeraria y dónde empieza el banquillo. Y es que hay algo en Zapatero del personaje de aquella canción de Sabina, la del más capullo de su clase, qué elemento, el que terminó en el Parlamento. Y después está el factor estético, tan importante en estos tiempos de realidades líquidas.

Porque Zapatero encarna al anti-Ábalos. Imposible imaginarlo en una orgía poligonero-berlanguiana, de las de camiseta imperio, gayumbos de tergal ya amarillento por desgastado, puterío de gama baja y whisky de garrafón. Lo suyo es otra cosa, a saber: extraviarse en los sótanos menos ventilados de los palacios chavistas armado con la mirada virginal y cándida de un boy scout. En fin, ambos, él y ella, cayeron en la tentación de abandonar la silla de Pascal para buscar fuera el brillo que sus personales luces nunca proyectaron en la intimidad. Por lo demás, que algún día se acredite o no su presunta condición de corruptos va a resultar lo de menos. Su verdadera condena es la del espejo de la calle, que ya ha dictado sentencia. Son culpables, sí, de lesa bobaliconería.

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