
Este tipo tiene más cara que espalda. Él, que no ha ganado unas elecciones generales en su vida, ni jamás tuvo votos suficientes para formar Gobierno sin vender España a sus falsos acreedores, advierte al jefe de la oposición, que las ha ganado todas. ¿De dónde ha salido este estafador enquistado en la presidencia del Gobierno?
La impostura es obscena y su base intelectual una degeneración venenosa de las ideas posmodernas de la deconstrucción de la realidad vertidas por Foucault, Derrida, Deleuze... en la segunda mitad del pasado siglo. Posiblemente sin siquiera conocerlas, pero sí adobadas por las peores interpretaciones de algunas universidades de EEUU que importaron a la política española cráneos podemitas y agendas de publicidad mental como la de su gurú, Iván Redondo.
Yo mismo caí a finales de los setenta, como tantos jóvenes entusiastas, en la magia de aquellos magos de las ficciones filosóficas. Recuerdo el impacto de mis primeras lecturas de Michel Foucault con los libros El orden del discurso y Las palabras y las cosas. Sus ideas eran fascinantes. Aquellas ideas no mentían, pero en manos de exhibicionistas podían ser disolventes. Como ocurrió con su utilización interesada en la ideología woke americana y en el podemismo español infectado de los efluvios argentinos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Todo revuelto sin más conexión entre ellos que la conquista del poder.
Básicamente, aquellos filósofos de la sospecha y la deconstrucción de la verdad franceses ayudaron a estos estafadores a imponer que no hay hechos, solo relatos; que no hay principios, solo coyunturas; que no hay contradicciones, hay cambios de contexto; que no hay pactos vergonzantes, hay convivencia; que no hay cesiones al separatismo, hay normalización; que no hay colonización institucional, hay regeneración democrática. Todo puede ser dicho y desdicho porque nada objetivo permanece, salvo una cosa: su permanencia en el poder.
Por eso nada perdura: la amnistía era inconstitucional hasta que fue "convivencia"; los indultos eran inadmisibles hasta que fueron "generosidad"; pactar con Bildu era indecente hasta que fue "progresista"; depender de Puigdemont era una humillación hasta que fue "diálogo"; atacar a los jueces era populismo hasta que se llamó "regeneración democrática"; controlar las instituciones era autoritarismo hasta que se convirtió en "limpieza del Estado profundo"; sacralizar el respeto a las decisiones judiciales hasta que convino acusarlas de lawfare.
Todo cambia de nombre cuando cambia la necesidad de Sánchez. La que sea para mantenerse en el poder.
Y esa es la clave: no gobierna con ideas, gobierna con relatos. Relatos sexuales, relatos territoriales, relatos memorialísticos, relatos feministas, relatos antifascistas, relatos judiciales. Cada uno cumple una función: fabricar superioridad moral y ocultar la intemperie de los hechos. La ficción de los sexos sirve para negar la evidencia biológica en nombre de la identidad autopercibida. La ficción plurinacional sirve para negar la soberanía común en nombre de una España troceada por sentimientos territoriales. La ficción memorialista sirve para dividir retrospectivamente a los españoles entre herederos del bien y sospechosos del mal. La ficción judicial sirve para llamar persecución a cualquier límite que el Estado de Derecho imponga al poder.
Todo es relato. Todo es representación. Todo es coartada.
Por eso la frase "al Gobierno se llega con votos" es tan repugnante en su boca. Porque es verdad formal y mentira sustancial. Sí, los votos importan. Pero la democracia no es sólo votar. También es respetar la Constitución, preservar la igualdad de los españoles, no comprar la investidura con privilegios, no convertir el Código Penal en moneda de cambio, no entregar la gobernabilidad de una nación a quienes han hecho de su destrucción un programa político. Sánchez no acusa a Feijóo de lo que Feijóo hace, sino de lo que Sánchez necesita ocultar de sí mismo. Por eso su cinismo tiene una potencia tan obscena: no es sólo mentira, es proyección. Convierte su biografía política en delito ajeno.
Y en todo caso, los votos legitiman gobiernos; no legitiman cualquier cosa que un Gobierno haga con ellos.
Esa distinción elemental es la que Sánchez ha borrado. Y la ha borrado porque le conviene. Como todo tahúr del lenguaje, utiliza una verdad parcial para encubrir una mentira completa. "Al Gobierno se llega con votos", dice. Y calla lo esencial: con qué pactos, a qué precio, contra quién, con qué renuncias y mediante qué estafa al elector.
Porque muchos españoles votaron una cosa y recibieron la contraria. Votaron contra la amnistía y la forzaron. Votaron contra la dependencia de Puigdemont y los humilló arrodillándolos ante él. Votaron contra la corrupción y la generalizaron. Votaron para fortalecer a las instituciones y las ha puesto al servicio de su poder. Votaron un programa y recibieron su demolición. Votaron una palabra y recibieron una traición.
Pero para la moral líquida del sanchismo eso no importa. El voto deja de ser mandato ciudadano y se convierte en cheque en blanco. Una vez depositado en la urna, ya no pertenece al elector: pertenece al relato del poder. Y el poder lo interpreta, lo retuerce, lo revende y lo invoca contra el propio ciudadano que fue engañado. He ahí la gran estafa.
Sánchez no ha llegado al Gobierno con votos suficientes para gobernar España; ha llegado con votos suficientes para subastarla. Y esa diferencia es toda la diferencia entre la democracia y la impostura. La mentira en Sánchez no es una desviación de la política; es la materia prima con la que fabrica realidad.
PD: Y para animar la fiesta, frase de profunda trascendencia política, a mayor gloria de su apellido, la de Gabriel Rufián: "¡Pa'lante!"
