
De todas las miradas desde las que nuestros descendientes podrán asomarse a nuestro tiempo, para malinterpretarlo, sin duda una de las más interesantes será la que dejen los psiquiatras. Mentiría si dijese que he leído a Jung o que se le echa en falta en estos días como de Alguien voló sobre el nido del cuco. Ni siquiera sé si un psiquiatra es algo más que un loco que ha sabido disfrazarse escribiendo sobre sí mismo en tercera persona, al estilo de Edward Norton con Brad Pitt en El Club de la Lucha. Pero si algo tengo claro es que sólo desde ese prisma es posible comprender el proceso cerebral que debe fraguarse en la cabeza de Sánchez cada vez que se presenta ante las cámaras para bramar contra el sistema de contrapoderes "antidemocráticos" que está atentando contra la legitimidad del "democrático" sistema sanchista.
Más fácil sería interpretar a Óscar Puente. Su trastorno es presumiblemente el mismo, con el añadido de esa ponzoña interna tan humana que se cuela en nuestras venas cuando nos abandonamos a la comparación. "¿Qué tiene él que no tenga yo?", se escucha, si se pega el oído, por detrás de cada frase en la que alerta de persecución interesada en esos autos que están destapando, negro sobre blanco, la presunta corrupción del partido y del Gobierno al que pone voz y rostro. Uno escucha a Puente, mira a Puente, y si se fija bien puede verlo embutido en una de esas chaquetas con coderas que aportan tanto aire de intelectualidad. Es hasta sencillo imaginarlo cruzado de piernas en su butaca, libreta en mano, contemplando a Sánchez en el diván y analizando su locura desde la locura misma, que es como ha ido construyendo su defensa la cúpula entera del PSOE. Ay, Puente con su chirriar de dientes: "¿Qué tiene él que no tenga yo?". Pues un colchón en la Moncloa, corazón.
Lo que se me antoja más complicado de entender es eso que llaman locura colectiva. Si se siguen las miguitas de pan, es factible profundizar en los siniestros incentivos que nos han arrastrado a este estado de parálisis institucional. Llevamos años siendo alertados del resurgimiento del pensamiento tribal. De ese mecanismo ideológico que nos ciega uno de los ojos. De esa tendencia emocional que nos empuja a justificar en los nuestros lo que nos llevaría a incendiar la aldea del vecino. Pero yo pensaba que existía un límite; y que ese límite se llamaba amor propio. Quizá, quién sabe, la estrategia del Gobierno de defenderse de la cada vez más innegable corrupción que lo rodea llamándonos a todos tontos a la cara; permitiéndose bromear con ello desde el Vaticano; o poniéndose chulito con un periodista y corrigiéndolo —"yo no he dicho que respete a la Justicia. No pongas palabras en mi boca que no son mías"—; sea la gota que colme el vaso. Pero no nos engañemos. Si han llegado a este grado de exhibición de su locura es porque la mitad de España, su mitad, no hizo nada el primer día en que se atrevieron a insultarnos. Lo de ahora es lo que ocurre cuando un país deja que sean sus chalados quienes lo diagnostiquen. Y, por si las moscas, les entrega las llaves del manicomio también.
