
Tenía curiosidad por saber cómo se planteaban la actual situación de casos judiciales dos viejos amigos socialistas, votantes siempre del PSOE. En principio, un ciudadano racional cambiaría de opinión cuando los hechos la refutasen, pero mis amigos no habían cambiado de fervor —el PSOE es Dios y Sánchez, su profeta—, a pesar de la acumulación de evidencias en su contra. Y no son los únicos. Siete millones les votarían hoy a pesar de todas las evidencias de corrupción, traición a los principios democráticos y vulneración de los valores constitucionales. Cuando me senté con ellos en una terraza, entre referencias a grupos musicales de hoy y series de televisión de ayer, inevitablemente surgió el tema del procesamiento a la familia de sangre —su hermano, su esposa— y política —Santos Cerdán, Zapatero—.
Miguel, que tiene casi sesenta años y lleva militando desde la época de Zapatero, hablaba con la seguridad de quien ha repetido los mismos argumentos que ha escuchado machaconamente en la Cadena SER y RTVE. A su lado, Javier asentía con frecuencia, a veces con un "exacto" o un "totalmente" que servía más de refuerzo que de interrupción. Miguel removía los hielos del tinto con casera blanca mientras explicaba que eso de la corrupción hay que ponerlo en contexto. Cuando sale un caso en el PSOE, los medios y la derecha lo convierten inmediatamente en sistémico. Pero cuando era el PP el que tenía una trama organizada durante años, con una caja B y todo, entonces sí era estructural. "Nosotros tenemos casos puntuales, de personas que se han equivocado o que han aprovechado situaciones. No es lo mismo". Javier asentía con la cabeza, sin levantar la vista del móvil y murmuraba: "Exacto. Y encima, la mayoría de estos casos son lawfare. Lo ves en los tiempos, en cómo filtran las noticias, en cómo coinciden con momentos en los que Sánchez necesita estar debilitado".
Miguel continuó, ahora con más énfasis: "Fíjate en el caso Koldo. Sí, ha habido irregularidades, y habrá que depurar responsabilidades. Pero de ahí a decir que el Gobierno estaba metido en una trama de comisiones... no hay ninguna prueba de que Sánchez supiera nada. Es lo mismo que intentan hacer con Begoña. Llevan años persiguiendo a la familia para generar ruido. Es una estrategia de acoso personal". Javier levantó la mirada un segundo: "Totalmente. Si fuera al revés, si fuera la mujer de Feijóo, los mismos que ahora exigen dimisiones estarían hablando de respeto a la presunción de inocencia". Miguel sonrió levemente, como si le gustara el argumento. "El problema de fondo es que la derecha no acepta que gobierne la izquierda. Por eso bloqueaban el CGPJ durante años. Cuando nosotros intentamos desbloquearlo y actualizar el sistema de elección, nos acusan de querer controlar el Poder Judicial. Pero lo que hacíamos era cumplir con la Constitución. Lo mismo pasa con el CIS. Siempre ha estado dirigido por gente cercana al Gobierno de turno. Cuando lo hacía el PP nadie decía nada, y ahora resulta que es un escándalo".
Javier volvió a asentir, esta vez con más energía. "Es que es una doble vara de medir constante. Todo lo que hacemos nosotros es sospechoso. Todo lo que hacía la derecha era normalidad institucional". Miguel dio un sorbo al tinto de verano y bajó un poco el tono, como si pasara a un terreno más delicado. "Y luego está lo de Cataluña. La amnistía. Para muchos, dentro y fuera del partido, fue un trago. Pero había que hacerlo. No podíamos seguir con el conflicto enquistado, con gente en el exilio y con el independentismo usando eso como excusa para no dialogar. Fue una decisión política valiente para normalizar la situación. Si hubiéramos seguido la estrategia de la derecha, de 'que se pudran en la cárcel', el problema seguiría igual o peor". Era como escuchar a los habituales tertulianos adictos al argumentario enviado a golpe de WhatsApp, solo que en este caso sin cobrar por no salirse del guion de la comprensión y legitimación de la corrupción y la captura sectaria de las instituciones públicas.
Javier intervino por primera vez con algo más que una afirmación breve: "Además, la gente no entiende que gobernar a veces obliga a hacer cosas que no te gustan. Si no hubiéramos buscado esos apoyos, ahora mismo estaría gobernando la derecha con Vox. Y eso sí que sería un problema grave para la democracia". Porque gobernar con Otegi y Puigdemont no es un problema grave para la democracia interpretada al modo socialista, pensé.
Miguel asintió esta vez él. "Exacto. Defender la democracia no es solo aplicar la ley de forma rígida. Es también evitar que el país se rompa o que vuelvan políticas de recortes y recentralización. A veces hay que tomar decisiones complejas para proteger el proyecto". Apunté mentalmente esa frase sobre no aplicar la ley de forma rígida. Hizo una pausa y añadió, con tono más reflexivo: "Claro que hay riesgos. Siempre los hay cuando tocas las instituciones. Pero el riesgo de no hacer nada era mayor. La derecha llevaba años usando el Poder Judicial y los organismos de control como freno. Si no los desbloqueas, gobiernas con las manos atadas". Hay que reconocer que con Conde-Pumpido en el Constitucional y García Ortiz en la Fiscalía tenían las manos liberadas y desbloqueadas. Javier, que había estado callado un rato, cerró el círculo con una frase corta: "Al final, la gente vota. Y mientras la gente siga votando al PSOE, es que aprueba lo que estamos haciendo". Dado que Tezanos, otro liberador de políticas progresistas, pronostica una victoria apoteósica de Sánchez y sus aliados, bien podrían dar voto al pueblo, me digo a mí mismo. Miguel lo miró y sonrió con complicidad. "Eso es lo que muchos no quieren entender. Que hay una mayoría social que, a pesar de todo el ruido, sigue apoyando este proyecto. Y mientras esa mayoría exista, tenemos legitimidad para gobernar y para tomar las decisiones que hagan falta". Compruebo que las largas conversaciones de Zapatero con Chávez, Maduro y Delcy Rodríguez, y las de Sánchez con Puigdemont y Otegi, han convertido a los zapateristas-sanchistas en partidarios de la democracia plebiscitaria, convirtiendo al PSOE en un partido sin rastro de compromiso con la democracia liberal.
Los dos se quedaron un momento en silencio. Miguel pidió una cerveza. Javier miró el móvil —quizás un WhatsApp de su mujer, quizás un mensaje de Óscar Puente a la tropa— y volvió a guardarlo. Ninguno de los dos parecía tener muchas dudas sobre lo que habían dicho. En su conversación, siempre terminaban subordinados a la idea central de que las críticas que recibe el partido no son proporcionales a la realidad, que el contexto justifica las decisiones difíciles y que, en última instancia, la legitimidad viene de las urnas y del proyecto político que defienden. Es una lucha entre el bien, ellos, y el mal, los otros. Entre el progresismo, ellos, y la extrema derecha, todos los demás. Entre el lado correcto de la historia, ellos, y la conspiración judeo-masónica-liberal, el resto. Fuera del bar, la tarde se había convertido en noche y seguía su curso normal, los pájaros empezaban a ser sustituidos por murciélagos y la democracia liberal transitaba suavemente hacia una democracia antiliberal.
