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La Cataluña que se volcará con el Papa

A la otra Cataluña, a la de las parroquias libres de nacionalismo, no la van a dejar ni acercarse a León XIV.

A la otra Cataluña, a la de las parroquias libres de nacionalismo, no la van a dejar ni acercarse a León XIV.
León XIV interviene durante la presentación de su primera encíclica, *Magnifica humanitas*, en la Ciudad del Vaticano el 25 de mayo de 2026. | EFE

En la zona alta de Barcelona innumerables balcones lucen la bandera del Vaticano. Son atalayas privilegiadas. En muchas de ellas, la bandera independentista ha mutado al blanco y amarillo del Papa tras unos años de recogimiento y discreción en materia de oriflamas. Un paseo por los distritos acomodados parece avalar la tesis del renacimiento espiritual y cualquiera podría creer que Barcelona es una ciudad profundamente católica. Pero no hay más que cruzar el Serengueti de la Diagonal en dirección al Raval para descartar inmediatamente semejante ensoñación.

A partir de ese punto que miles de barceloneses atraviesan con no poca aprehensión, los balcones son mayoritariamente palestinos, muy por encima de los independentistas. Estos, los de la "estelada", ganan a los que presentan banderas de España por muy poco. En cualquier caso, son anecdóticos. Restos del proceso al que quieren volver los independentistas y que los socialistas han prolongado de manera algo más discreta y seguramente más eficaz.

La política sigue anclada en la secuencia golpista. La amnistía, las negociaciones en Suiza con el prófugo Carles Puigdemont de Santos Cerdán y José Luis Rodríguez Zapatero en nombre del Gobierno de España, el saqueo del Estado en Cataluña y el traspaso del IRPF pactados con Oriol Junqueras son, entre otras, consecuencias del golpe que han capitalizado los socialistas con el Ejecutivo y con el Govern.

En paralelo a la degradación de la política se ha agudizado el deterioro de los servicios, de las garantías sociales, de la sanidad, la educación y el orden público. Los médicos se declaran en huelga, los maestros cortan carreteras y criminales de todas las tribus y naciones dirimen sus diferencias a tiros o machetes, según sean sus costumbres. En la Barcelona a ras de mar y en su extensión metropolitana ya vive más gente nacida fuera de España que en la ciudad y los que se proclaman católicos son una selecta (y discreta) minoría entre evangélicos, musulmanes, budistas, hindúes y la mayoría de no creyentes de raíz católica.

Las administraciones están en manos de partidarios de cambiar las calles dedicadas a santos y vírgenes por heroínas feministas, llenas de políticos que han desterrado los actos religiosos católicos de las fiestas populares pero que felicitan puntualmente el Ramadán, la fiesta del cordero y el día de Buda. Se tiene por excepcional que Illa se declare católico. Además, los resortes principales de la Iglesia en la región están en manos de adictos al separatismo que se quejan de que su muy progresista Papa vaya a utilizar también el idioma español en la misa de la Sagrada Familia. Y se acusa de fachas y carcamales a los pocos curas que mantienen sus parroquias vivas, abiertas y libres de los dogmas del catalanismo.

Pero durante unos días se espera una especie de explosión júbilo entre los que rezan por el retorno de Puigdemont (los socialistas, de rodillas), los que piden por la autodeterminación, los que oran por la república catalana, los que sólo quieren que Prevost hable en catalán y los ateos, agnósticos y descarriados con un asiento de privilegio en los actos papales en razón de su cargo. A la otra Cataluña, a la de las parroquias libres de nacionalismo, no la van a dejar ni acercarse a León XIV.

Por cierto, el acto de masas de León XIV en Cataluña será en el Estadio Lluís Companys, el presidente de la Generalidad republicana bajo cuyo mandato fueron asesinados miles de religiosos y laicos por el solo hecho de ser católicos. La Cataluña que rodeará al Papa es la que le puso ese nombre al recinto olímpico.

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