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Un paseo por Valencia

En las últimas semanas ha sido interesante seguir la actualidad a través de la retahíla de teorías, admoniciones y salvoconductos en las redes sociales.

En las últimas semanas ha sido interesante seguir la actualidad a través de la retahíla de teorías, admoniciones y salvoconductos en las redes sociales.
Matteo Berrettini durante el Mutua Madrid Open. | AFP7 / Europa Press

Sabemos, o creemos saber, que hace algo así como un mes el tenista Matteo Berrettini salió a pasear por Valencia. Lo sabemos porque nos lo dijo él mismo, durante una rueda de prensa que fue toda una revelación. Esto, por supuesto, hace falta aclararlo: no es que de la nada hayamos descubierto que los tenistas pasean; pero sí que lo hacen como lo hacemos todos en esas tardes de penumbra en que podría estar rodándonos Ingmar Bergman. Berrettini lo explicó así: "Una tarde salí a caminar solo por la ciudad, pero no por las zonas turísticas. Simplemente caminé por las calles normales, observando a la gente que llevaba una vida completamente distinta a la mía", dijo. "Veía personas salir de trabajar, familias con sus hijos, gente haciendo su vida cotidiana. No sé exactamente por qué, pero aquello me relajó muchísimo", y al decirlo anticipó una de esas frases que todos hemos rematado alguna vez, seamos jóvenes, famosos y ricos o no: "Me ayudó a entender que el mundo sigue funcionando independientemente de si gano o pierdo un partido de tenis. Me quitó presión de encima y me permitió relativizar las cosas".

La revelación no llegó exactamente entonces, sino al cabo de unos minutos, cuando Berrettini se hubo callado y nosotros, esa gente cotidiana de vida diferente a la suya, regresado a nuestra mundanidad. Resulta que Berrettini todavía es capaz de salir a la calle sin que nadie lo reconozca. Y yo destaco que lo que le ocurre a él, ese atravesar la marabunta anónima no reconociéndose, en principio, como una persona anónima más, sólo se diferencia de lo que me ocurre a mí por el detalle diminuto de que, de hecho, existen calles en el mundo por las que le sería imposible caminar sin que lo desnudasen. Por poner las cosas en su contexto, Berrettini ha tenido que entrenar casi a diario desde antes de cumplir los diez; dedicar su vida a la competición, es decir, a la comparación agresiva con los otros, desde prácticamente la misma edad; ganar torneos; alcanzar el top 10; disputar una final de Grand Slam; atravesar un calvario de lesiones y de dudas; superar el duelo de una pérdida poco atendida, pero no por ello menos dramática, que es la pérdida del talento innato; encontrarse de repente fuera del top 100; reencontrarse disputando Challengers; y pasear una tarde por Valencia para sentir de pronto esa cura de humildad tan reconfortante que consiste en la revelación profunda del propio anonimato. A mí me pasa cada vez que salgo a la calle después de haber pasado varias horas debatiendo en los comentarios de algún tuit.

Hay un contraste curiosísimo en lo que se cuece en los foros digitales y lo que se cocina fuera, en esas plazas que ya no cuentan con esquinas tarimadas a las que puedan encaramarse los lunáticos para soltar sus chapas. El problema de escribir es que mientras lo haces no percibes las reacciones del otro lado de la pantalla, por lo que te encuentras huérfano de señales que te ayuden a detenerte a tiempo. Se corre el riesgo de contraer el síndrome El País, periódico matrioska en el que los análisis más exhaustivos no aparecen publicados por sus redactores, sino por quienes pagan la suscripción.

Estos días basta con hacer la prueba. En las últimas semanas ha sido interesante seguir la actualidad no a través de las noticias, ni siquiera de los titulares, sino de la retahíla de teorías, admoniciones y salvoconductos que ha ido alimentando el debate cibernético. Yo he llegado a leer cómo se ensalzaba la capacidad de Bad Bunny de colocar al capitalismo machista frente a su espejo llenando La Casita de famosas y modelos semidesnudas, algo parecido a lo que estaría haciendo el PSOE con la corrupción y con el PP. He leído críticas al Papa, que no ha puesto un pie en España y ya es culpable de todos los pecados que se han cometido en esta tierra a lo largo de la historia. He leído contestaciones y tratados rebatiendo todo lo anterior. Y por un momento he pensado en León XIV y en Bad Bunny y en Leire Díez. E incluso en Pedro Sánchez. Y en lo extraño que resulta que ninguno de ellos pueda, como podemos quienes perdemos la vida siguiendo su estela, salir un rato por Valencia para relativizar.

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