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Ya no boicotean al Papa, lo usan

Las dictaduras son los regímenes que más explotan grandes acontecimientos, visitas importantes o victorias deportivas para ganar legitimidad.

Las dictaduras son los regímenes que más explotan grandes acontecimientos, visitas importantes o victorias deportivas para ganar legitimidad.
León XIV durante la oración y homenaje a la Virgen de la Almudena que ha presidido en la Catedral de Santa María de la Almudena. | Fernando Sánchez / Europa Press

La última vez que un Papa visitó España fue como para no volver. Benedicto XVI vino para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud en agosto de 2011 y el Gobierno, presidido por Rodríguez Zapatero, permitió que manifestaciones contrarias a la visita papal recorrieran el centro de Madrid y se enfrentaran a jóvenes peregrinos que no esperaban el hostil recibimiento. Fue hace quince años, el año de los indignantes indignados, y el Gobierno supuso que no iba a sacar nada de la visita de Ratzinger y que convenía dejar que grupos de izquierda radical insultaran al Papa, a los católicos y a los jóvenes asistentes al acto. Zapatero había anunciado unas semanas antes que adelantaba las elecciones y no se presentaría candidato. Las imágenes de los desórdenes dieron la vuelta al mundo, pero para lo que le quedaba en el convento, qué más daba. Que se viera que España había dejado de ser católica, el viejo sueño de la izquierda española, era un triunfo para el impostado laicismo de un ZP que, durante parte de su mandato, se las había tenido tiesas con la Iglesia.

Cómo ha cambiado el cuento. El Gobierno ha querido hacer de la visita de León XIV una gran escenografía para su propio encumbramiento. No se han permitido desordenadas marchas de grupos marginales gritando contra la Iglesia y contra el Papa por las calles de Madrid. Habrá habido gente dispuesta a hacerlo y no faltarían ganas de darles protagonismo. Como se hizo el Día de las Fuerzas Armadas, celebrado en Vigo, permitiendo y publicitando una penosa manifestación contraria. Pero el Gobierno decidió que esta larga visita del Papa fuera aprovechada políticamente, en lugar de boicoteada, y para un bonito blanqueado doble. De cara al exterior, dar la imagen de país funcional y eficiente compensa un tanto el deterioro provocado por la cascada de escándalos de corrupción. En el interior, alinear al Papa con el Gobierno proporciona un halo de legitimidad externa, atípica desde la perspectiva de la izquierda, pero por eso interesante. Es el intento de conectar o reconectar con un votante popular y despolitizado que sigue las tradiciones católicas y respeta al Papa.

Las dictaduras son los regímenes que más explotan en su beneficio grandes acontecimientos, visitas importantes o victorias deportivas para ganar la legitimidad que no tienen y distraer a la opinión pública. Pero incluso esos desvergonzados explotadores saben que hay que ir con cuidado y sutileza. Esto lo ignoran Patxi López, obviamente, y, a pesar de sus rodeos, Félix Bolaños. Decir que el Papa ha hecho una "enmienda a la totalidad" de lo que hacen PP y Vox y que el Gobierno está "absolutamente alineado" con las ideas del Papa no solamente es falso. Es burda propaganda que rebaja el discurso de León XIV al nivel del politiqueo gubernamental. Al abaratamiento ha contribuido que el Vaticano haya hecho concesiones al Gobierno, aceptando elogiar un compromiso con la paz y el derecho internacional que es dudoso, selectivo, parcial, divisivo y sectario. Habrá conseguido algo a cambio, pero a un Gobierno con el historial y la situación del de Sánchez no se le debe dar más que la obligada cortesía.

La Santa Sede no debería ofrecer a ningún Gobierno nada que pueda presentar como un salvoconducto político emitido por la autoridad divina. Prevost, un hombre inteligente, no puede dejar de ver que el Gobierno que lo agasaja, lo agasaja para utilizar descaradamente su visita. No para mayor gloria de Dios, sino para mantenerse en el machito.

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