
Érase que se era un baile
donde yo también dancé
(si danzar aquello fue),
porque nunca he sido fraile,
ni lo soy, ni lo seré.
Así cantaba a una mascarada Breton de los Herreros, madrileño de adopción, como tantos hoy y siempre, que Madrid acoge y no rechaza, salvo a los invasores y, aunque en menor medida, a los traidores.
Digno de ver fue la entrada del Papa León XIV en un Congreso dominado por un gobierno semejante al que en 1936 asesinó a más de diez mil católicos, sumando sacerdotes, religiosos, monjas y seglares sin que ninguno de los partidos de aquel Frente Popular que siguen hoy activos - PSOE, comunistas, separatistas vascos y catalanes-, haya pedido perdón, ni por eso ni por haber deseado o propiciado la Guerra Civil, diagnóstico de Clara Campoamor y de Manuel de Irujo, entre muchos otros.
Junto al Pontífice, Francina Armengol, la preimputada judicial, aprovechando para su ridícula politiquería. Más allá, la cómplice de los asesinos de ETA, la crispante Aizpurúa, y el histrión Rufián, ya cancelado por Esquerra. Izquierdosos, abertzales y nacionalistas, todos escuchando cómo el sumo agustino de Roma citaba a España, incluso a la de los Reyes Católicos, 10 veces en pocos folios y la consideraba una "noble nación". Sarna con gusto no pica. Pero, bueno, lo tragan porque ha chocado con Trumpistófeles y no pone el dedo en las llagas de la izquierda.
Todo el mundo aplaudiendo. Unanimidad hipócrita ante un diplomático discurso que olvidó la palabra "corrupción", tan pronunciada en los juzgados españoles. El ascua a cada sardina ante la ambigüedad papal, forzada por el protocolo, y la insistencia en que la inmigración (¡qué será eso de la migración!) es suma de muchos bienes sin mezcla de mal alguno. Ya se ve en todas partes, en Francia, en Holanda, en Reino Unido, en Italia, en Suecia…
Y muy cerca de Prevost, de vigilante controlador, el superfrancisquista cardenal Cobo, arzobispo de Madrid, quien seguramente sabía que a la misma hora comenzaban las obras de "resignificación" del Valle de Los Caídos, otro exvoto de Pedro Sánchez, el mismo que no quiso ir al funeral por las víctimas de Adamuz en Huelva, porque era un acto religioso. Ay, qué risa.
Pero Cobo, elevado casi a los altares por el Papa Francisco –su ascendiente en Roma es asombroso– anima a la inmigración sea cual sea y adónde sea, salvo al Estado Vaticano, en el que, como recordó Santiago Abascal, entrar ilegalmente cuesta multa, cárcel y expulsión. O sea, que Vox es vaticanista en materia de inmigración. Qué cosas.
Y por allí, Pedro Sánchez y sus fieles, envueltos en la sotana empecatada de ocasión, bendiciendo el aborto, la eutanasia, las dictaduras cubana, venezolana, etarra, el grupo de Puebla, Hamás, Zapatero, Leyre y lo que haga falta. Pero, claro, ¿cómo iba a desaprovechar la blancura publicitaria del ropón pontifical para disimular los lamparones morales de su gobierno, su familia y su alma? El PP aplaudía también, claro que también lo hizo cuando estuvo en el Congreso el "pacifista" Gustavo Petro, acuérdense.
Y en la feria de las vanidades editoriales y de opinión, muchos a favor, a lo mejor consignados, otros, menos, en contra. Todo demasiado visceral, urgente, temporal. A estas alturas de la historia de la Iglesia, ¿qué podía esperarse de un viaje así si sólo se manejan figuraciones ideológicas y se navega bajo una tormenta nacional? ¿Ecuanimidad? ¿Mesura? Perdonen, pero eso casi siempre es imposible en España, pero en estos momentos mucho más.
La única verdad, y no del todo, gracias a tanto control cardenalicio, ha estado en las calles de Madrid y en el espectacular éxito de la Comunidad y el Ayuntamiento, muy empeñados en el acontecimiento en sí y, en este caso, asegurado por las transacciones en la oscuridad que el gobierno habrá exigido a cambio de garantizar el máximo orden público y la integridad del cortejo. Ya veremos en Barcelona, que suma demasiadas conjuras en contra.
Pero en las calles he percibido espontaneidad, emoción, alegría, festividad, esperanza… una especie de concordia nacional y católica que parecía escondida en las casas y en las conciencias. Pues visto lo visto, va a ser que no, que España no quiere dejar de ser católica en las creencias y en las costumbres, a pesar de la propia Iglesia y sus pecados. A lo mejor eso significa también, quién sabe, que tampoco quiere dejar de ser una noble nación.
Ni en la Almudena, ni por las calles de Madrid ni en el Bernabéu, se ha visto una mentira. Creyentes y no creyentes se han dado cuenta de algo capital, así lo espero. Hay muchos inventos nacionalistas, pero España no es uno de ellos. España es una nación, la patria común, y Madrid ha demostrado que es la gran capital del Reino, capaz de representar y simbolizar los sentimientos y los deseos de una mayoría real que está ahí.
Que sí, que claro que ha habido baile de máscaras y espesos manoseos oficiales, políticos o curiales. Pero ahí está la gente. Dos millones, tal vez más, de personas, dos días completos en la calle sintiendo libremente y expresándolo. El pasado 23 de mayo, en la manifestación por la dimisión de Pedro Sánchez, apenas 100.000. Si alguna vez dos millones de españoles exigen en las calles elecciones generales, España tendrá salida, dignidad y futuro.
¿Qué ocurre? Demasiadas decepciones y demasiado poca ejemplaridad, porque la gente querer creer, quiere. Se ha visto en Madrid. Y se hubiera visto en toda España, de haber sido posible. Esperemos el milagro.
