
Connotados ministros del Gobierno Español me han convencido de que las casualidades no existen. Vengo, por tanto, a dar cuenta de una de esas coincidencias que no son coincidencias. Porque no puede ser simple y azarosa casualidad que Pedro Sánchez apunte a la inquina que le tienen gobiernos poderosos y élites de tecnooligarcas como causa de la muchedumbre de escándalos que se le ha reunido a la puerta, al mismo tiempo que Rodríguez Zapatero, el Pana, pide que se requiera a Estados Unidos para que diga cómo, cuándo y de qué manera volcó el móvil del exdueño de Plus Ultra. Un móvil que contenía jugosos mensajes que le incriminan y que, en marzo de este año, fueron trasladados a la Policía Española.
Las teorías de la conspiración alentadas por ministros como Puente y López para desacreditar las causas contra el entorno de Sánchez y el PSOE, no han hecho mutis después de su intensa eclosión. Están en metamorfosis permanente. Se adaptan a las nuevas condiciones del terreno y uno de los cambios que se ha considerado necesario es el de internacionalizarse. Ya no son sólo ciertas unidades y agentes de las Fuerzas de Seguridad españolas ni determinados jueces. Tampoco es sólo la derecha española. El PP y Vox, dijo Sánchez, no son más que las terminales del complot internacional contra su Gobierno. ¿Y quiénes son los conjurados y por qué? El porqué no hay ni que preguntarlo. Sánchez está en el lado correcto de la historia del cómic y todos los malos de la historieta se lo quieren cargar.
Abundemos en la descripción para determinar si Moncloa acierta o tiene que mejorar el argumento. Yo diría que necesita mejoras. Los hitos de Sánchez que, según Sánchez, molestan "y mucho a determinadas élites y gobiernos poderosos del mundo" son un popurrí que no se aguanta: reforma laboral, amnistía, subida SMI, Gaza, derecho internacional, protección en las redes, aumento del gasto militar. En cuanto a los capos de la conjura, que cada cual imagine, pero está claro que se apunta a dos: Elon Musk, tecnoolarca molesto con Sánchez por la amnistía a los separatistas, y Donald Trump, súper malo poderoso molesto con Sánchez por el aumento del gasto militar. No se le pida coherencia, no es la cuestión. Cuanto más barullo, mejor. Pero sí interesa la coincidencia con la acción de la defensa de Zapatero. El uno y el otro están diciendo, de modo implícito, que es en la Casa Blanca y en el Despacho Oval donde han nacido las instrucciones para estrechar el cerco al Gobierno Español. Que Zapatero y Sánchez, en fin, son víctimas de la venganza de Trump.
Internacionalizada, la teoría de la conjura es más grotesca, pero sigue teniendo la misma finalidad. Es exactamente la misma que la que perseguía la trama de Leire Díez. La teoría de que hay una operación de acoso y derribo contra el Gobierno representa la continuidad de la trama de la cloaca. Mismo fin, distintos medios. El fin compartido es sembrar la incredulidad. En la sesión del Congreso, los socialistas encontraron una buena aliada en ese empeño en la portavoz de Bildu. Mertxe Aizpurua no sólo se sumó a la teoría conspirativa. Afirmó que la Guardia Civil, la Policía y la judicatura "fabrican informes y sumarios para operaciones políticas". El problema de esta aliada es la herencia a la que nunca han renunciado los de sus siglas. El problema son los cientos de guardias civiles, policías y jueces asesinados por ETA. Les siguen teniendo un odio manifiesto a las Fuerzas de Seguridad. Fueron quienes acabaron con la banda. No Zapatero. Que estaba a otra cosa.
