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La difícil relación del Gobierno con la mentira

No faltan en el Gobierno de Sánchez gente tan buena como él en eso. Pero no todos poseen la misma pericia.

No faltan en el Gobierno de Sánchez gente tan buena como él en eso. Pero no todos poseen la misma pericia.
Sánchez interviene durante una sesión de control al Gobierno. | EFE

Todos los políticos mienten. Sin embargo, este Gobierno lo hace a calderadas. No es problema para su jefe, cuya vida es toda ella una mentira, desde el doctorado hasta su ascenso en el PSOE. Tampoco lo es para gente de la calaña de Óscar Puente, leguleyo de tres al cuarto, u Óscar López, educado en la misma escuela de Sánchez, la regentada por José Blanco, que es quien patrocinó a los dos. Permanentemente reñido con la verdad está también Félix Bolaños, aunque a éste se le nota más porque, cuando miente, le entra una extraña risa floja. Albares miente con mucha prosopopeya y facundia, pero en él no tiene mérito porque es diplomático. Pero, ¿y los demás?

A Elma Saiz le cuesta un montón y eso constituye un problema porque es la portavoz del Gobierno y tiene que soltar un montón de trolas todos los martes. No obstante, tiene dos trucos. El primero es hablar con mucha seguridad, inclinándose sobre el pupitre, como el opositor que se esfuerza en recordar el tema. El segundo es no indagar acerca de lo que le han dicho que diga para decirlo convencida de que es verdad. Así pasó cuando aseveró que la imputación de Zapatero se fundaba en una denuncia de una organización de extrema derecha. Era mentira, pero, como ella no lo sabía, lo dijo con gran convicción. Ahora, son tantos los embustes que tiene que decir, que se ha quedado sin mañas.

Patxi López no es ministro, pero, para mentir, tiene una gran ventaja sobre sus camaradas. Como no sabe lo que dice, da igual que sea cierto o no pues lo dirá todo con el mismo convencimiento. El caso de María Jesús Montero, que tampoco es ministra, es parecido, pero distinto. En su caso, ella sí sabe lo que dice. El problema es que lo sabe ella sola y los demás no somos capaces de entenderla. De modo que, ¿qué más da que lo que diga sea verdad o mentira? El resto de gerifaltes socialistas procura hablar cada vez menos para no meter la pata porque, cambia tanto y tan rápido el argumentario, que corren el riesgo de negar hoy lo que la UCO pruebe mañana. De forma que la orden es: chitón.

Caso especial es el de Marlaska. Niega cosas que muy poco después tiene que admitir que ocurrieron. Y, a diferencia de Sánchez, aguanta tan mal ser cogido en un renuncio, que se pone a balbucear como un párvulo al que le han pillado robando la merienda del compañero. Más vale que Moncloa le ordene que se calle porque, si sigue perorando, va a acabar confesando con tal de librarse del martirio.

Por ahí es por donde puede perecer el Gobierno de Sánchez. Él sabe mentir sin empacho porque lo ha estado haciendo toda su vida. No faltan en su Gobierno gente tan buena como él en eso. Pero no todos poseen la misma pericia. Y, tal y como se han puesto las cosas, mentir es hoy un recurso indispensable para la supervivencia del Gobierno. Debería Diego Rubio, jefe del Gabinete de Sánchez y doctor en mentira política (no es coña) darles un seminario y encerrarlos un fin de semana en Gredos para un training. Aunque ni para eso valen.

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