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El enemigo público número uno de España

Pedro Sánchez no es el presidente de España. Es un okupa de La Moncloa a merced de los gestores de su despiece. Él lo sabe. Y ellos también.

Pedro Sánchez no es el presidente de España. Es un okupa de La Moncloa a merced de los gestores de su despiece. Él lo sabe. Y ellos también.
Pedro Sánchez, durante el pleno del Congreso en el que se debatió la ola de corrupción. | Cordon Press/David Canales / SOPA Images/SIPA/2606241038

Yo no sé a cuántos votantes socialistas puede seguir engañando Pedro Sánchez aún, pero después del aquelarre de este miércoles en el Congreso, los que ya han dejado de votarle y los que sintieron vergüenza de haberlo hecho hasta ahora, no volverán a hacerlo nunca más.

Pierdan toda esperanza: sus socios no lo abandonarán. PNV, Bildu, ERC, Junts y el resto de calderilla nacionalista no volverán a tener una oportunidad semejante para descuartizar España y repartirse el botín a su medida. Amagarán, fingirán, sobreactuarán, pondrán cara de ofendidos y amenazarán con romper la baraja, pero no soltarán la pieza. Una legislatura más a merced de su voracidad, y de España no quedarán ni las raspas. Revertirlo será muy difícil.

Un día u otro habremos de enfrentar esta anomalía con mayor conciencia ciudadana, con menor tolerancia a políticos mercenarios, y con una apuesta radical por la democracia frente a la partitocracia. Y también, sí, con patriotismo nacional sin complejos.

Pedro Sánchez no es el presidente de España. Es un okupa de La Moncloa a merced de los gestores de su despiece. Él lo sabe. Y ellos también. De ahí el vodevil de ayer en el Congreso, donde macarras con pretensiones cacareaban amenazas: "La palabra de Ábalos era la palabra de Dios, y usted era Dios", soltó Gabriel Rufián, de ERC. ¡Uy, qué miedo! Un día este chico acabará haciéndose daño ensayando posturitas ante el espejo. Míriam Nogueras, de Junts, afinó el chantaje con solemnidad de cobradora del frac: "Hay una mayoría que no queremos que la extrema derecha ocupe el poder. Señor Sánchez, apártese y deje que este Parlamento nombre a alguien que sí tenga la capacidad de cumplir".

Menos teatral, aunque no menos hipócrita, la representante de la derecha vasca sacaba tajada a ambos lados de la bancada: "El PNV no está en ninguna operación contra nadie. Algo que le quiero dejar claro también al Partido Popular. Nosotras no estamos aquí para salvar su Gobierno u otro Gobierno de España. Estamos para representar a Euskadi". Bla, bla, bla. Lo de siempre. Mucha dignidad impostada y pocas nueces. Es decir: tendremos sanchismo mientras el macarra de La Moncloa pueda seguir repartiendo España a trocitos.

Y los más pragmáticos, los herederos de ETA, ahí siguen, amodorrados y satisfechos, tan explícitos como cuando limpiaban el País Vasco de maketos a tiros. Qué nación de mierda nos está quedando cuando los albaceas políticos del terror dan lecciones de democracia desde el escaño y los demás fingen normalidad para no incomodar al pacto.

Y, de comodín, la ultraderecha. Siempre la ultraderecha. "Hay una mayoría que no queremos que la extrema derecha ocupe el poder", repite la nacionalista catalana Míriam Nogueras. ¡Hasta el moño de la ultraderecha! El eco se repite una y otra vez, día sí y día también, en todas las formaciones nacionalistas que sostienen al Gobierno. De izquierdas y de derechas. Todos con la misma matraca. Todos con la misma coartada. Todos con el mismo truco de trileros: satanizar cualquier alternancia de poder mientras pactan con lo peor de cada casa.

¿Hasta cuándo este juego de manos? ¿Hasta cuándo el cuento de la ultraderecha para impedir que gobierne quien gana elecciones? ¿Tiene derecho Pedro Sánchez a pactar con lo peor del nacionalismo vasco —ese que en nombre de la nación vasca asesinó con premeditación y alevosía a 856 personas, una a una—, blanquearlos como demócratas progresistas y, al mismo tiempo, presentar al PP como ultraderechista por verse obligado a pactar con VOX?

¿Cuál es la frontera moral entre unos nacionalismos y otros? ¿Dónde está la raya que convierte a unos en demócratas respetables y a otros en apestados de ultraderecha? Si el nacionalismo es catalán, vasco o gallego, ¿entonces es legítimo, moderno y progresista, pero si es español se convierte automáticamente en la ultraderecha? ¿Todo el pecado es España?

Veamos cómo define el ChatGPT al mantra:

La ultraderecha contemporánea es una corriente política nacionalista, identitaria, soberanista, antiigualitarista o antiuniversalista en algún grado, hostil al cosmopolitismo progresista, contraria a la inmigración masiva, partidaria de políticas duras de orden público y frecuentemente populista, que presenta a "el pueblo" como víctima de élites políticas, mediáticas, judiciales, europeístas o globalistas.

No sé ustedes, pero si repasan programas, discursos y políticas de ERC, CiU, Junts, Aliança Catalana, PNV o Bildu, hacen casi pleno. VOX, si exceptuamos que empata con ellos en inmigración, no es más ultraderechista que ellos. A veces, incluso lo es menos. La diferencia no está en las siglas: cuando el nacionalismo va contra España se le llama progresismo; cuando defiende España: fascismo.

Tomen nota. Pedro Sánchez y su Gobierno de corruptos están incubando el huevo de la serpiente al calor de ese supuesto Estado plurinacional que, como tantas veces en nuestra historia, no es más que la penúltima trampa ideada por los enemigos de España para amputar la soberanía nacional, trocear la ciudadanía común y convertir al Estado en una caja registradora al servicio de quienes lo detestan.

No es una tragedia inevitable. Sólo hay que tomar conciencia y obrar en consecuencia. Con la misma legitimidad democrática que ellos invocan para destruir, otros deberíamos invocarla para reconstruir. Con la misma determinación con que ellos desguazan, habrá que defenderla. Con la misma claridad con que ellos odian la nación común, habrá que afirmarla.

Sin complejos. Sin pedir permiso. Sin agachar la cabeza.

¡Viva España!

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