
Juan Echanove y Bernardo Sánchez Salas han logrado algo más que una mera adaptación teatral del clásico de Berlanga y Azcona. Con su La escopeta nacional han convertido (el escenario) en un "espejo transparente, desternillante y feroz de la España de 2026", sin traicionar ni un ápice el espíritu azcona-berlanguiano, esa combinación magistral de absurdo, crueldad social y carcajada amarga.
En esta versión, el empresario catalán Jaume Canivell —interpretado con brillantez por Pere Ponce— acude a una cacería rodeado de franquistas nostálgicos. Es inevitable ver en él a un Gabriel Rufián patético y menesteroso, el que llegó a Madrid para "quedarse cinco días" y parece que lleva cinco lustros. Obligado a hablar en "cristiano" para entenderse con los "mesetarios", Canivell llega con una maleta repleta de promesas de inversión, porteros electrónicos, comisiones y "estructuras de Estado" que engrasar. Su objetivo, trasladado a hoy, sería cerrar el pelotazo del siglo en un país donde el poder ya no se mide en títulos nobiliarios, sino en la cercanía a la sede del PSOE en Ferraz y al IBEX 35 de los Javier de Paz de turno.
El reparto funciona como un reloj, no sé si suizo o chino, pero puntual y orgánico. El marqués de Leguineche, encarnado soberbiamente por Enrique Viana, podría ser el Pedro Sánchez que se agarra a la poltrona con uñas y dientes, combinando indignidad presidencial con un olfato infalible para sobrevivir a cualquier escándalo. En Cerrillo —magnífico Manuel Pico— es imposible no ver a un José Luis Ábalos golfero y callejero cuyo lema podría ser "todo por un polvo y una chistorra", manejando los hilos del trinque con veteranía y descaro. Santos Cerdán sería el perfecto segundo de a bordo, calculador, siempre un paso por detrás del jefe, pero nunca fuera de juego.
El resto de la "escopeta nacional sanchista", que nos imaginamos mientras desfila este valleinclanesco callejón de las mordidas durante la Transición, serían Koldo y Aldama encarnando los "negocietes privados" que han convertido a los socialistas de todos los partidos en cómplices de Zapatero, ese personaje radicalmente berlanguiano –blandito por fuera, podrido por dentro– con joyas de más de un millón de euros en la caja fuerte mientras proclama que "los socialistas tienen poco pero dan mucho". No faltan las actuales "novias" de ministros, "tontas con tetas", en la figura de Vera del Bosque. Elisa Matilla borda el personaje de una aspirante a estrella porno con ínfulas de cine de autor, que hoy estaría convertida en tertuliana perfectamente sincronizada con Moncloa en RTVE.
La obra mantiene las situaciones clásicas —la cacería como tráfico de influencias, los criados como testigos del progresismo interesado, las amantes con vistas al presupuesto público—, pero un espectador que no esté abducido por esa mezcla de mafia y secta que es la izquierda actual –salvo honrosas excepciones– verá que los visones de ayer son ahora abrigos de marca pagados con tarjetas black, los crucifijos polvorientos han sido sustituidos por el puño y el capullo y los curas de entonces dan paso a consultores de todos los partidos. Los porteros electrónicos se convierten en AVE que vuela "a la cazuela" y demás infraestructuras convertidas en negocio particular. Claro que nadie, ni siquiera Azcona y Berlanga, pueden superar aquello de Dolores Delgado, la fiscal próxima al PSOE y al exjuez Baltasar Garzón, cuando tras una cacería "progresista" le dijo a Villarejo que tenía el "éxito garantizado" al montar un prostíbulo para obtener "información vaginal.
Sánchez Salas y Echanove han conseguido mantener el espíritu berlanguiano en el difícil formato teatral. Sin la posibilidad de planos cinematográficos, logran que los actores individuales brillen sin romper la coralidad del grupo. Las escenas de caos organizado funcionan a la perfección. Destacan las "arias" de Marta Ribera, que canta de maravilla en el desenlace para cerrar el vodevil. Luisa Martín, como Chus –la mujer del lúbrico delfín, cuyos herederos estarán en las juventudes de cualquier partido–, grita con la escopeta en brazos y un parche en el ojo, convertida en un Millán Astray en femenino que pierde los papeles ante tanta estulticia. Pedro Mari Sánchez interpreta al padre Calvo, un cura anticonciliar precursor de Óscar Puente, con la espuma en la boca y el cinismo por bandera.
Esta Escopeta nacional no es solo un homenaje al cine español. Es la prueba de que Berlanga y Azcona siguen siendo terriblemente vigentes. Cincuenta años después, los hilos han cambiado de color —ahora son más bien de partido y de WhatsApp—, pero el telar es el mismo: poder, dinero, sexo, hipocresía y una clase dirigente que se cree por encima del bien y del mal.
Berlanga y Azcona estarían orgullosos. Aunque se ha perdido algún matiz, los rasgos humanistas y de sentido común que iluminaban la terrible cutrez de sus astracanadas, la capacidad corrosiva del arte poderoso contra los poderes establecidos, su vigencia sigue intacta. La obra les permitiría tomar notas para una nueva versión protagonizada por la tropa de Sánchez, Ábalos, Cerdán, Patxi López y demás rufianes tanto de la Cataluña profunda como de la Castilla superficial, enriquecidas con golfos y golfas de todas las comunidades de una España que eppur si muove.
En suma, muy recomendable. Una de las mejores actividades artísticas –y políticas– que pueden verse ahora mismo en Madrid. Me pregunto qué le habrá parecido a Almeida, el alcalde de Madrid, a quien vi en la sesión del martes. Es positivo comprobar que los políticos asisten a actos culturales y no solo a cacerías, de animales y de políticos, valga la redundancia.
