
Dijo Pedro Sánchez hace unos días que si de algo habló con Donald Trump, durante la cumbre de la OTAN, fue de fútbol. Resultó interesante recibir notificaciones urgentes en el móvil con semejante titular ("Sánchez y Trump hablan de fútbol en pleno choque sobre el gasto en Defensa") y no entender muy bien del todo la polémica. ¿No era un consenso mundial que al Madrid le falta, por lo menos, otro central? ¿Cuál de los dos está en contra de Mourinho? ¿Acaso no era necesario Marc Cucurella?
Después caí en que a Sánchez hay que saber entenderle. Cuando Sánchez habla, la boca se le tuerce en una mueca juguetona como de cantor de gestas propias; las cejas se le ponen sexis como bigotes de Tom Selleck; la voz se le engalana… Pero las palabras le salen torcidas y hay que aprender a enderezarlas antes de visualizar en ellas su verdadero significado. El otro día habló, según nos dijo, "del Mundial de Estados Unidos" con Trump. Lo que entre líneas quiere decir que hablaron, mayormente, de corrupción.
Es bastante comprensible. Lo que hicieron fue eso que hacemos todos cuando nos vemos obligados a conversar durante más de 10 minutos con alguien al que apenas soportamos: se abalanzaron a las cosas compartidas, por extravagantes que parezcan. Nosotros, meros espectadores de sus respectivas presidencias, sabemos que Donald Trump mucho de fútbol no entiende, como dejó claro con el motivo que expuso para justificar su reciente llamada de coacción al presidente de la FIFA.
Pero sabemos que se limita a entenderlo como, por otro lado, entiende todo: un terreno en el que lo fundamental es controlar al árbitro, si no es posible ser el árbitro uno mismo. Para Trump, todo es deporte en la medida en que todo es amaño, ya sea quitarle caprichosamente una sanción al jugador estrella de su selección o enriquecerse haciendo fluctuar la Bolsa. Y para Sánchez, bueno, la cosa da para pensar que si sacó el tema del fútbol fue para contrastar ideas:
—Oye, Donald, ¿qué le dijiste al calvo de Infantino?
—Que lo de Balogun no era falta.
—¿Sólo eso? Joder, que alguien rape al juez Pedraz.
La cosa debió ir tan bien, debieron echarse tantas risas, que a la mañana siguiente Trump llamó, quién sabe si todavía borracho, para decirle al mundo que nos había perdonado por todo, que España se había redimido y que éramos de nuevo unos buenos chicos. Lo normal, en semejante caso, sería mirar a Sánchez para que nos explique qué exagerada promesa de gasto militar imposible de cumplir le coló entre bromas socarronas, pero lo más probable es que no le hiciese falta ni eso. Alguien que puede charlar con Trump sobre "fútbol" con una alineación de imputados sólo un poco más larga que la cada vez más abultada de condenados tiene el camino hacia su amistad bastante hecho:
—Mi dupla titular es la de Ábalos-Koldo, no hay delantera que se les escape.
La de horas que estarán gastando al teléfono ahora, a costa de Juan Manuel Serrano.
