
Nadie en el Gobierno parece haber reparado todavía en ello, pero el techo de gasto electoralista de 2027 puede acabar convirtiéndose en un caramelo envenenado para sus promotores, ellos mismos por más señas. La izquierda sigue sin entender el cambio de paradigma que trajo la globalización. Porque más gasto social, en la era de las grandes migraciones intercontinentales, significa más prestaciones gratuitas para los que no pagan impuestos significativos ni votan.
La Moncloa lo vende como blindaje del Estado del Bienestar: ayudas al alquiler, Ingreso Mínimo Vital, becas. Pero ahí anida la paradoja: lo que se presenta como refuerzo esconde, por el contrario, una demolición acelerada.
El Estado del Bienestar clásico fue un pacto contributivo, un acuerdo interclasista ligado al trabajo y al voto de quienes lo sostenían. Su sucedáneo actual es otra cosa: un sistema institucionalizado de caridad, algo orientado a la población extranjera pobre que percibe la ayuda sin haber cotizado apenas nada, y sin tampoco capacidad para agradecerla en las urnas. Ya por rutina propagandística, en España se apela al récord de afiliados a la Seguridad Social en una economía que crece solo gracias a la inmigración.
Un dato revelador: incluso Hacienda admite que el empleo depende cada vez más de mano de obra extranjera, el grupo de la población que después absorbe el grueso de todas las transferencias.
Ahí se cierra el círculo perverso: el Ejecutivo necesita cada vez más y más inmigración para financiar el gasto, y el gasto termina en manos de quien no puede devolverle el favor en las papeletas. Blindaje sin blindados, Estado del Bienestar sin votantes del bienestar.
El gasto deviene un bumerang, munición de un resentimiento que crece entre las clases populares autóctonas, que ven cómo la solidaridad estatal se desplaza hacia el recién llegado. Así se gesta un heterogéneo frente libertario: quienes pagan muchos impuestos pero consumen servicios privados, y quienes tributan menos y comprueban que las ayudas a las que aspiran se desvían hacia extranjeros que arriban con lo puesto. No hace falta ser Gramsci para adivinar quién va a rentabilizar ese cabreo ecuménico.
