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La fatal arrogancia de un incompetente

El político que solo sabe de encuestas, tácticas de comunicación y cálculos electorales, no es un estadista, sino un cantamañas con títulos vacíos, retórica hueca y un Estado llamado "agujero negro".

El político que solo sabe de encuestas, tácticas de comunicación y cálculos electorales, no es un estadista, sino un cantamañas con títulos vacíos, retórica hueca y un Estado llamado "agujero negro".
Pedro Sánchez comparece tras su despacho con el Rey, a 29 de julio de 2026, en Palma de Mallorca. | EUROPA PRESS

En julio de 2026, Leopold Aschenbrenner se enfrentaba a dos desafíos: casarse con el amor de su vida y contemplar como el fondo de inversión que dirigía se desmoronaba. De 45.000 millones de dólares solo quedaban 10.000 millones. Se vio forzado a vender a precio de saldo. La caída de Aschenbrenner es un ejemplo de lo que los griegos denominaban hybris, el genio que confunde su dominio en un ámbito –en el caso de Aschenbrenner, las matemáticas– con el dominio de la realidad.

Aschenbrenner es el típico cerebrito encumbrado por los suplementos periodísticos a la búsqueda de monstruos de feria. Ingresó en la Universidad de Columbia a los 15 años; a los 19 se graduó como el mejor de su promoción y, ya instalado en una empresa de IA, el vellocino de oro de nuestra época publicó un ensayo, Situational Awareness, que se convirtió en lectura obligada en Silicon Valley. Fundó su fondo de inversión con la tesis de que la IA sería "el motor dominante de los retornos del mercado global durante la próxima década". Así amasó 45.000 millones de dólares de inversores que creyeron en él como un nuevo Moisés de la IA que abriría del Mar Rojo de la incertidumbre financiera para llevarlos a todos a la Tierra Prometida donde mana de las piedras, leche, miel e incrementos del capital.

Pero, como en las tragedias griegas, los dioses tienen preparada una trampa mortal para los míseros humanos que se creen semejantes a ellos. El fondo operaba con un endeudamiento hasta cuatro veces el valor de sus activos. Cuando las acciones de semiconductores cayeron y sus posiciones cortas en empresas de software se movieron en su contra, los bancos —los titanes de hoy se denominan Goldman Sachs, JPMorgan o Bank of America— exigieron garantías. Bienvenida, Realidad; adiós, Aschenbrenner.

Cuando un inversor le preguntó cuál era su plan si la revolución de la IA no resultaba como esperaba. Aschenbrenner respondió que creía firmemente que todo saldría bien. Esa fe ciega, esa incapacidad para imaginar el fracaso, ese manual de resistencia de engreídos narcisistas, es la esencia de la arrogancia fatal.

Friedrich Hayek advirtió contra la arrogancia de los políticos que creen poseer el conocimiento necesario para dirigir los procesos sociales. Hayek llamó a esta actitud "la fatal arrogancia", que no es la del ignorante, sino la del experto que cree que su parcela de conocimiento es suficiente para comprender el todo. El inversor financiero que solo sabe de finanzas y matemáticas, que desprecia la historia, la filosofía, la ética y la epistemología, no es un inversor, es un cantamañas con títulos vacíos, retórica hueca y un fondo de inversión llamado "agujero negro". Es un charlatán con un modelo, un iluso con una fórmula, un arrogante con un ordenador.

Mientras Aschenbrenner disfrutaba de su luna de miel tras haber hecho desaparecer 35.000 millones de dólares, otro hombre, mentecato con ínfulas pero investido con la autoridad del Estado, protagonizaba en Ceuta su propia versión de la fatal arrogancia. El 31 de julio de 2026, Pedro Sánchez viajaba a la ciudad autónoma para gestionar la mayor crisis migratoria jamás registrada en Europa cuando 60.000 personas cruzaron la frontera en cuestión de horas. Más de cincuenta personas murieron en el intento.

Sánchez atribuyó la avalancha a las mafias y cómo habían instrumentalizado una sentencia del Tribunal Supremo. El fallo, que impedía las devoluciones en caliente, llevaba en vigor desde el 8 de julio. La crisis estalló el 30 de julio. Sánchez había tenido tres semanas para anticipar efectos y desplegar medios. No lo hizo, ocupado como estaba en defender a su hermano y su mujer ante los jueces, justificar la procedencia del tesoro de Zapatero y colocar a Yolanda Díaz en un sueldazo de la OIT.

Cuando la marea humana llegó, Sánchez reaccionó con la misma previsión que Aschenbrenner ante el desplome de sus acciones. El ministro del Interior rechazó declarar el estado de emergencia nacional, pese a la petición del presidente de Ceuta. La frontera carecía de boyas disuasorias y la cooperación con Marruecos, que el presidente calificó de "constante y fluida", no impidió que las fuerzas auxiliares marroquíes se retiraran justo cuando las multitudes avanzaban.

La lección de Hayek se aplica tanto a los inversores como a los gobernantes. El político que solo sabe de encuestas, tácticas de comunicación y cálculos electorales, y no de geopolítica, historia, derecho internacional y gestión de fronteras, no es un estadista, sino, repitamos, un cantamañas con títulos vacíos, retórica hueca y un Estado llamado "agujero negro".

Sánchez confundió el dominio de la retórica con el dominio de la realidad. Había reducido las llegadas irregulares en un 36% en 2026. Pero el mercado –en este caso, el mercado de las fronteras y las mafias– no funciona con la previsibilidad de un modelo estadístico. Una sentencia judicial, el retiro de unas fuerzas auxiliares, un secretario general de un partido acosado por casos de corrupción en su propia familia, y el castillo de naipes se derrumba.

Mientras el presidente denunciaba "un ataque a la integridad territorial de España", los cuerpos de decenas de inmigrantes yacían en las playas de Ceuta. La retórica de la soberanía herida no puede ocultar la incompetencia que permitió la herida. Como Sócrates enseñó y Hayek reformuló, el primer paso de la sabiduría es reconocer la propia ignorancia. Sánchez, como Aschenbrenner, no es capaz de reconocer que no sabe y no está a la altura del desafío. La arrogancia de Aschnbrenner costó dólares; la de Sánchez ha costado vidas.

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