Compañeros de viaje: los intelectuales y el comunismo
Por José Carlos Rodríguez


No hay error tan monstruoso como para evitar que encuentre defensores entre los más capaces de los hombres.
Lord Acton

Una de las primeras instituciones creadas por el nuevo poder de Moscú fue la Comintern, acrónimo de Comunismo Internacional, también conocido como la Tercera Internacional. Su objetivo era la implantación del socialismo en el mundo "por todos los medios posibles". En esa lucha no iba a estar sola. Siempre contó con el apoyo de buena parte de la intelectualidad occidental, que no tuvo mayor problema en engañar a conciencia a su propio pueblo y justificar siempre al comunismo de sus mayores crímenes.

sdfPara mantener viva la esperanza debemos, a pesar de todos los errores, horrores y crímenes, reconocer la obvia superioridad del campo socialista.
Jean Paul Sartre

El comunismo tiene un enorme atractivo para los intelectuales. No confía en los procesos sociales espontáneos, sino que promete el cielo en la tierra y tiene, además, un plan para conseguirlo. E, indudablemente, la implantación de esa transformación social desde el poder coloca al intelectual en una posición privilegiada. El beneficio prometido por el comunismo es tan poderoso, la llegada de la sociedad ideal es tan inmediata, que cualquier otra consideración se convierte en hechos desgraciados, pero inevitables y en última instancia justificables.

Miremos, si no, el caso de Bertolt Brecht. El filósofo estadounidense Sidney Hook, que había pasado por el comunismo, le preguntó al dramaturgo alemán cuál era su opinión sobre las purgas de miles de ciudadanos inocentes a manos del régimen soviético en los años 30'. La respuesta de Brecht fue clara: "cuanto más inocentes son, más merecen morir". También le preguntaron al historiador Eric Hobsbawm sobre los crímenes en nombre del socialismo que él mismo defendía. Ante la mirada atónita de los telespectadores, Hobsbawm dejó claro que el sacrificio de veinte o cincuenta millones de seres humanos podría ser aceptable si con ello nos acercábamos a la felicidad de la humanidad.

sdfNo nos podemos dar aires de moralidad, cuando nuestro vecino más emprendedor (La Unión Soviética) liquida con humanidad y de forma juiciosa a un puñado de explotadores y especuladores para hacer de este mundo un lugar seguro para los hombres honestos.
George Bernard Shaw

Una de las características típicas es el despliegue panegírico hacia los líderes comunistas. Conocemos bien el caso de Fidel Castro, a cuyo servicio se han prestado personajes de todo tipo. "Fidel, te quiero. Los dos tenemos las mismas iniciales. Los dos tenemos barba. Ambos tenemos poder y queremos usarlo con buenos propósitos". Estas palabras pertenecen al cineasta Francis Ford Coppola, pero no son menos entregadas que muchas otras dedicadas a su persona. Ernesto Che Guevara también ha concitado loas sin fin. Pero el mismo Stalin, uno de los grandes criminales de la historia, ha sido reconocido como el gran socialista que es.

sdfJosé Stalin ha muerto.
Padre y maestro y camarada:
quiero llorar, quiero cantar.
Que el agua clara me ilumine,
que tu alma clara me ilumine
en esta noche que te vas.

Rafael Alberti (Premio Lenin de literatura)

sdfJunto a Lenin
Stalin avanza
Y así, con blusa blanca
Con gorra gris de obrero
Stalin,
Con su paso tranquilo
Entró en la Historia acompañado
de Lenin y el viento...

Pablo Neruda, (Premio Stalin de la Paz)

sdfStalin no pedía ni adulación ni venganza. Era razonable y conciliador.
W.E.B DuBois

Por supuesto que los medios de comunicación también han jugado un papel muy importante. Lincoln Steffens, periodista progresista estadounidense, visitó la Unión Soviética en 1919. A la vuelta declaró: "He visto el fututo ¡y funciona!". Walter Duranty, periodista de The New York Times, recibió el premio Pulitzer en 1932 por una serie de artículos en los que se negaba la existencia de las matanzas a gran escala de Stalin. Más tarde, cuando ni siquiera aquél periódico podía ocultar los cadáveres acumulados y le los echaron en cara a Duranty, éste respondió con displicencia: "son sólo rusos".

Pero la miseria de los intelectuales respecto del socialismo no cambió con el reconocimiento de Jruchev de los crímenes de Stalin. En 1984 el economista y literato John Kenneth Galbraith elogiaba la buena marcha de la economía soviética, el "sólido bienestar" de los rusos y los comercios repletos de bienes. En la edición decimotercera de su manual "Economía", el más exitoso del siglo, Paul Samuelson decía que "la economía soviética es la prueba de que, en contra de lo que muchos escépticos habían creído antes, una economía de comando socialista puede funcionar". Esa edición llegó a las librerías de todo el mundo en 1989.