
Pedro Sánchez marchó a la cumbre de Ankara a poner pie en pared. Eso dijo el Gobierno. Como es un Gobierno para el cual la política exterior es, de modo creciente, un escenario en el que actuar para ganar puntos en la batalla política nacional, estaba asegurada la farsa.
Su cruzada contra el consenso para elevar el gasto al 5% del PIB en la próxima década la envolvió en la bandera de los intereses nacionales, en vez de reconocer las auténticas motivaciones. Y para justificar su rechazo a cumplir lo acordado, apeló a la necesidad de garantizar el Estado del bienestar, un Gobierno que está tensionando al máximo los servicios públicos con su empeño en favorecer oleadas de inmigración masivas. Con estos mimbres torcidos, se encaminaron a la cumbre.
Acostumbrados a que aquí cuele todo, allá fueron provistos de informes para demostrar que es lo mismo gastar un 2% que gastar un 5%. Las cuentas del Gran Capitán, pero mucho menos divertidas que las de la leyenda. José Manuel Albares y compañía dijeron que lo tenían todo atado y bien atado. Los aliados iban a quedar totalmente convencidos de que a España le basta con poner un 2% para cumplir los compromisos adquiridos, porque el Gobierno español tiene la gracia, el don, la divina capacidad de cumplir más gastando menos. Esto es muy descortés, casi insultante, para los países que van a tener que gastar un 5% para cumplir sus compromisos. Pero no es que esos países sean más tontos; es que el Gobierno Sánchez se pasa de listo. La mala costumbre.
En la OTAN no cuela todo. Nadie va a romper un plato, salvo Donald Trump, pero quienes tenían que decirlo lo han dicho. No hay quien crea que es posible hacer el milagro de la multiplicación de los panes y los peces que promete Sánchez. Claro que la posición del presidente español no ha resultado especialmente lamentable por su negativa a aumentar el gasto militar. Fue lamentable porque no tiene valor para impugnar abiertamente el consenso, y a falta de ese coraje, recurre a subterfugios y trampas. No dice: me niego a gastar más en defensa, digan lo que digan la OTAN y el sursuncorda. Dice: obedezco el mandato de la OTAN, pero soy un lince y lo hago gastando mucho menos que el resto. Un jugador tramposo nunca es fiable.
La Alianza Atlántica concluyó su cumbre sin rupturas ni disolución, apocalipsis que se anuncian periódicamente desde que EEUU dice en voz alta lo que ha dicho muchas veces de forma más discreta.
La historia de la OTAN se ha dado la vuelta. Cuando Washington la impulsó, lo hizo con una idea ingenua de las relaciones internacionales, que chocaría con la más curtida y realista del general De Gaulle. Los americanos creían que la cooperación entre naciones era natural, mientras que el presidente francés pensaba que la vida internacional no era una bonita fraternidad, sino una batalla. Hoy, los EEUU están en la posición de De Gaulle y Europa anda desorientada después de tanto tiempo sobreprotegida y alejada de la batalla.
