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Siete lecciones para toda Europa de las presidenciales francesas

En pocas ocasiones la primera vuelta de las presidenciales francesas ha mandado tantos y tan interesantes mensajes como en estas elecciones de 2017.

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Le Pen y Macron durante actos electorales este jueves | EFE

A la preocupación –más bien pánico– por la posibilidad de una segunda vuelta que dilucidase la presidencia de Francia entre el extremismo de izquierdas y el extremismo de derechas ha seguido el alivio de la victoria de Macron, parcial por ahora pero probablemente definitiva el próximo día 7.

Macron se impuso, Le Pen fue segunda, Fillon se quedó tercero muy cerca de la candidata del Frente Nacional y Mèlenchon no logró entrar en la segunda vuelta: ese podría ser el resumen basado en los fríos números. Pero por debajo de todos ellos se pueden rescatar algunas conclusiones más interesantes –nosotros les ofrecemos siete– que permiten extraer claves del momento político francés que, en mayor o menor medida, pueden trasladarse al resto del continente y aportan no poca claridad a esa vieja Europa en la que la confusión política parece una constante desde hace años.

Una extrema derecha menos fuerte

Hasta hace poco más de un mes la victoria de Le Pen en la primera vuelta era indiscutible y para el resto de candidatos no había otro premio posible que una segunda plaza que, eso sí, era la llave para una ronda final en la que la candidata del Frente Nacional era mucho más vulnerable.

La realidad final, que ya adelantaban las encuestas del final de campaña, es que Macron ha sido primero y con dos puntos y un millón de votos de ventaja. Y eso aún a pesar del atentado de este jueves en los Campos Elíseos que, según no pocos análisis apresurados, beneficiaba a Le Pen.

De hecho, desde las anteriores presidenciales Francia ha vivido la peor cadena de atentados islamistas de su historia –Charlie Hebdo, Bataclan, Niza, por citar sólo los peores–; Europa entera ha vivido la crisis de los refugiados; la situación económica no ha sido especialmente buena; los partidos tradicionales se han hundido; el Brexit ganó el referéndum en Gran Bretaña y Trump las elecciones en Estados Unidos... Pero con todo ese viento a favor y a pesar de un discurso mucho mejor construido y mucho mejor vendido que el de su padre, Marine Le Pen sólo ha logrado igualar lo que ya hizo el fundador del Frente Nacional: ser segunda en la primera vuelta para –previsiblemente– acabar siendo barrida en la segunda.

Sí, es cierto que el 21,3% de voto que ha conseguido es una cifra preocupante, pero también lo es que en las circunstancias extremadamente favorables que hemos descrito sólo supone un crecimiento de tres puntos y cuatro décimas en los cinco años más propicios. Si a esta evidencia unimos el reciente resultado electoral en Holanda, el fantasma del fascismo que hace sólo unos meses recorría Europa de norte a sur y de este a oeste parece, cada vez más, una fantasmada.

Extrema izquierda: una vergüenza que se oculta

El comportamiento postelectoral de Mélenchon –es el único candidato que no ha pedido el voto para que Macron pueda frenar a Le Pen– viene a confirmar algo que algunos medios –no demasiados– ya habíamos denunciado: la extrema izquierda europea, representada al norte de los Pirineos por el candidato de Francia Indignada y al sur por Podemos, está formada por grupos antidemocráticos que no pueden ser tratados como partidos normales por el resto del arco parlamentario.

Francia es, de hecho, el ejemplo perfecto de la doble vara de medir que medios y políticos manejan a la hora de denunciar y arrinconar –como debe ser– a la extrema derecha que representa Le Pen, pero que evitan que el extremismo de la izquierda, igual de antidemocrático y probablemente aún más dañino, reciba el mismo trato.

No es, desde luego, el único lugar en el que ocurre: un gráfico de un periódico español provocaba no pocas risas en Twitter cuando colocaba a Le Pen como "extrema derecha", mientras que calificaba a Mélenchon de "izquierda alternativa". Totalmente ridículo.

Sin embargo, la realidad se empeña en demostrarnos que, cubiertos con un ropaje nacionalista o disfrazados con la retórica del obrerismo, los extremos ideológicos no sólo coinciden en la mayor parte de su programa liberticida, sino que tal y como están empeñándose en demostrar Mélenchon en Francia y sus amigos de Podemos en España, tienen claro que su verdadero enemigo es la moderación propia de la democracia liberal, y no el radical de signo opuesto.

Pero por mucho que esas coincidencias programáticas sean evidentes, mientras que la derecha tradicional sí que rechaza frontalmente a partidos extremistas como el Frente Nacional –y ahí está Fillon pidiendo el voto para Macron cuando sólo se tenían datos de sondeos– la izquierda socialdemócrata no tiene ningún problema en integrar en el sistema a los que quieren destruirlo.

Los socialdemócratas, amenazados de muerte

Como decíamos, los medios de comunicación tienen una parte importantísima de la responsabilidad en ese blanqueamiento de lo rojo –España es uno de los mejores ejemplos de eso– que además está teniendo el efecto de llevar más a la izquierda de su ámbito natural a los partidos socialdemócratas clásicos.

Un terreno en el que, o bien les surge un competidor que es mejor en esa batalla demagógica, como Mèlenchon o Iglesias; o bien el electorado simplemente desaparece, que es lo que todo indica que va a ocurrirle a Corbyn en el Reino Unido.

El fenómeno, en cualquier caso, no es enteramente novedoso: en las presidenciales francesas el voto de extrema izquierda solía tener una fuerza notable y, si bien es cierto que solía repartirse entre varios candidatos, en ocasiones también lograba porcentajes muy altos para uno de ellos. Por ejemplo, en el 69 y a la sombra de mayo del 68 Jacques Duclos superó el 21% presentándose por el Partido Comunista, aunque no logró superar la primera vuelta. Sin embargo, siete años después el que arrasaba con el voto izquierdista era un Mitterrand por entonces muy radical y que, finalmente, sólo sería derrotado por un puñado de votos por Valérie Giscard d'Estaing.

Algo similar ocurriría tiempo después, en 1981 entre el candidato del PC –Georges Marchais, que superó el 15%– y otros dos candidatos radicales sumaban más de un 21,5%. Pero de nuevo siete años más tarde el voto comunista se desvanecía, en este caso por el ascenso de Le Pen.

La conclusión, por tanto, es que el radicalismo de izquierdas puede –y suele– ser una enfermedad temporal en Francia como lo ha sido en otros países europeos, pero lo que está por ver es si ese electorado volverá a unos partidos socialistas que en algunos casos han llegado a desaparecer –Grecia– y que en otros –Francia o España– está claro que deben reinventarse.

La derecha tradicional se tiene que espabilar

Aunque opacado por el fracaso mayúsculo del Partido Socialista, el de la derecha clásica también ha sido importante: arrastrado por sus problemas y con su espacio político constreñido entre el centrista Macron y la extremista Le Pen, el RPR se ha quedado fuera de la primera vuelta por primera vez desde 1981.

Parece evidente que los problemas de corrupción de Fillon han supuesto un desgaste importante, pero a estas alturas tampoco es posible estar seguros de cuánto le han perjudicado en realidad, más allá de la política-ficción.

En cualquier caso, la decadencia de los partidos de la derecha clásica no parece sólo un problema de Francia: la situación del PP en España, por ejemplo, es otro ejemplo claro. Curiosamente, Fillon y las primarias en las que resultó elegido parecían una buena manera de acercarse a la sociedad y el electorado, pero el resultado final sugiere que el rearme ideológico –y quizá el relevo generacional– han de ser mucho más profundos. Además, por supuesto, de una regeneración que también parece imprescindible en más de un caso.

Mapas políticos complejos e imprevisibles

Como decíamos, desde 1981 no se quedaba el RPR fuera de la ronda final de las presidenciales y por lo que respecta a los socialistas en los últimos 40 años sólo habían faltado a la batalla definitiva en una ocasión. Es evidente que el mapa político francés, como ocurre con el español y en parte también en el alemán o el británico, ha cambiado.

Ya hemos visto que estos vaivenes pueden ser temporales o no, pero en este momento no pocos países se enfrentan a un escenario completamente nuevo en el que cosas impensables hasta ahora –que un partido nuevo se convierta en la tercera fuerza política en España, o que un candidato sin partido logre ser presidente de Francia–- se convierten no sólo en posibles sino en realidades palpables.

La evolución de partidos como Podemos, Alternativa por Alemania o Francia Indignada dependerá de múltiples circunstancias –desde la crisis económica hasta el embate del islamismo– pero al menos en los próximos años van a ser fuerzas que deberán ser tenidas en cuenta, aunque no lleguen a condicionar la formación de gobiernos.

Las encuestas no están tan mal

Quizá la noticia más inesperada de esta primera vuelta en Francia es que las encuestas han acertado. Por supuesto que hay desviaciones dentro de los márgenes de error normales, pero todos los datos importantes se correspondieron con la mayoría de los sondeos unos días antes: la victoria de Macron, el segundo puesto de Le Pen, la medalla de bronce de Fillon y que Mèlenchon se quedaba en la cuarta plaza.

Es más, viendo el resultado final, parece que todas las tendencias de la campaña se han ido reflejando con bastante fidelidad: el primer ascenso de Macron, el sprint final de Mèlenchon, el desfondamiento de Le Pen…

Además, con candidatos nuevos como Macron sobre el que no puede haber recuerdo de voto y en un entorno lleno de acontecimientos cuyo impacto es difícil de medir –como el atentado del jueves en los Campos Elíseos– lo cierto es que la tarea de las empresas de demoscopia era en esta ocasión más complicada que nunca, pero la han superado con buena nota.

La noticia no es sólo buena porque a los periodistas nos gusten las encuestas y sean una materia informativa muy agradecida sobre la que opinar y especular, es que –aunque esa función casi se nos haya olvidado– el principal cometido de los sondeos es informar a los votantes y ayudarles a tomar decisiones lo más racionales posibles.

Igual la segunda vuelta es una buena idea

En un país en el que el 40% de los votantes han apostado por proyectos tan extremistas y liberticidas como el de Le Pen y el de Mèlenchon, lo más probable es que el presidente acabe siendo un centrista moderado y bastante razonable como Macron, y además que lo sea con un apoyo popular muy elevado: posiblemente por encima del 60%.

No habrá pactos de perdedores, no existe la amenaza de alianzas contra natura… el presidente de Francia será, como ha sido desde 1965, el candidato al que hayan votado la mayoría de los franceses.

Y en las convulsas sociedades de este momento histórico esa estabilidad y esa representatividad se antojan factores muy positivos que hay que agradecer a un sistema electoral al que es difícil ver más que ventajas: las elecciones a dos vueltas.

Quizá cuando en España nos cuestionamos, y no poco, nuestro propio sistema electoral el francés –que obviamente no es trasladable sin más a nuestra monarquía parlamentaria– sí tenga algunas ideas que darnos.

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