
La beatería biempensante respira aliviada mientras yo escribo los tres párrafos de hoy. Y es que quieren creer que en Suiza han ganado los suyos. Como siempre, no se enteran de nada que trascienda las peleítas domésticas del PP y el PSOE en el gallerín madrileño. Porque lo del referéndum para limitar la inmigración no iba –como piensan ellos– de progres contra fachas, sino de realistas frente a ilusos. Nos querrán vender, ya lo estoy viendo, que el resultado negativo supone una gran victoria de esa oenegé del pensamiento débil que responde por cosmopolitismo multiculturalista e ilustrado. Pero nada que ver.
Los suizos, cuya religiosa devoción colectiva hacia los principios de la contabilidad financiera por partida doble solo resulta comparable a la de los catalanes, han votado pensando en el dinero que no quieren perder, no en ganarse el Cielo gracias a un acto de generosidad contracorriente. Porque lo que se ha impuesto allí no es la hospitalidad universal para los parias de la Tierra, sino algo mucho más prosaico, egoísta y trivial. Ocurre que, aunque aquí muchos no lo sepan, la Unión Europea tiene cogida a Suiza por el PIB desde 1999, cuando se suscribieron los tratados bilaterales entre Bruselas y Berna; unos acuerdos de los que depende, literalmente, la supervivencia económica del país.
Pues la esencia última de esos pactos se puede resumir de un modo muy simple: Suiza queda obligada, por los siglos de los siglos, a permitir que los ciudadanos de la Unión puedan instalarse en sus montañas; si algún día Suiza se negara, Bruselas les prohibiría vender ni una escoba dentro de su mercado interior. Es un chantaje muy sencillo. Y funciona. He ahí la razón, por lo demás, de que se haya impuesto el "no". Solo los idiotas juegan innecesariamente con fuego, y los suizos no vivirían tan bien si fuesen idiotas. En fin, huelga decir que, a partir de ahora, para un marroquí, un ecuatoriano o un camerunés, lograr la residencia legal en la Confederación Helvética seguirá siendo más difícil que obtenerla en el Vaticano.
