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El viaje a ninguna parte del laborismo

Mientras los laboristas se limitan a ejercer como la cara amable del desorden establecido, es Farage quien ofrece la única promesa de ruptura

Mientras los laboristas se limitan a ejercer como la cara amable del desorden establecido, es Farage quien ofrece la única promesa de ruptura
17 de julio de 2026: Andy Burnham llega a Congress House para asistir a una conferencia especial donde es confirmado como líder del Partido Laborista. | EUROPA PRESS

El Partido Laborista acaba de repetir un truco milenario que ya era viejo en Roma: sustituir al cónsul impopular sin tocar ni un pelo al Senado que lo puso ahí. Starmer se va; el starmerismo, ese sucedáneo de la nada con sifón que un grupo de tecnócratas mercenarios fabricó bajo pedido para gobernar sobre las cenizas de la socialdemocracia clásica, se queda, ahora tras el rostro afable de un exalcalde de Manchester. Porque de eso se trata, en el fondo: de rostros. Gran Bretaña lleva dieciséis años de crecimiento tendente a cero, con fábricas cerradas que nadie ha vuelto a abrir y ciudades enteras convertidas en museos arqueológicos de un pasado industrial glorioso que nunca volverá.

A esa herida se suma una inmigración tercermundista masiva que ha colapsado servicios públicos y hundido los salarios locales sin que ningún gobierno, laborista o tory, se haya atrevido a confrontarla en serio. Cambiar de primer ministro sin encarar ninguna de esas dos lacras es como cambiar de médico sin cambiar de enfermedad: consuela al paciente, no cura nada. En 2002, preguntada por su mayor logro político, Margaret Thatcher no dudó: "Tony Blair y el Nuevo Laborismo. Obligamos a nuestros adversarios a cambiar de opinión." Ahí radica la clave de lo que vino después. Porque ni siquiera hace falta ganar las elecciones si se logra que el adversario interiorice tu visión del mundo.

Blair personalizó esa victoria histórica del stablishment; Starmer la perfeccionó; Burnham la administrará otra temporada más. Ni la desindustrialización ni la inmigración tercermundista desaparecen porque cambie el nombre en la puerta del número 10; ambas llevan décadas ahí, ignoradas por una clase dirigente que siempre prefiere mirar hacia otro lado. Hoy, en el Reino Unido, solo la extrema derecha parece tener algo distinto en la cabeza a la mera gestión administrativa de la soberanía estatal. Así, mientras los laboristas se limitan a ejercer como la cara amable del desorden establecido, es Farage quien ofrece la única promesa de ruptura. Como el resto de Europa, el Reino Unido cada día recuerda más a los años treinta del difunto siglo XX.

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