
Por decirlo ya de entrada: España es, de lejos, el eslabón más débil de Europa Occidental. Es cierto que los países del Este ven físicamente su frontera amenazada por Rusia, y que Francia, Alemania o Gran Bretaña suman crisis internas de todo tipo que ponen el riesgo su viabilidad futura. Pero en el caso español, todas estas crisis se dan juntas, con una violencia y profundidad especiales y de consecuencias estratégicas graves.
Hay en primer lugar una crisis institucional, que se plasma en la ruptura del normal funcionamiento de las instituciones, de las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, y del Ejecutivo con el Poder Judicial o la Corona; en segundo lugar hay una crisis política, derivada del hecho de que el Gobierno de España depende de minorías radicales que no creen ni en la democracia ni en la propia unidad de la nación; hay en tercer lugar una crisis social, derivada de una inmigración descontrolada que amenaza la convivencia en barrios y ciudades enteras; hay en cuarto lugar una crisis económica, derivada de una baja productividad y un endeudamiento insostenible de la economía española; y por debajo o por encima de todo ello hay una crisis moral, derivada de la pérdida de principios morales y religiosos básicos, sin los cuales una democracia no tiene futuro y es presa de la propaganda y la manipulación.
Todo ello en un país que comparte frontera con una dictadura, Marruecos, que ambiciona explícitamente parte de su territorio; y con un continente, África, que en el siglo XXI es uno de los focos de violencia e inestabilidad para el mundo occidental.
Ninguna de estas crisis es exclusiva de España, sino que de una forma u otra afectan a todos los países europeos. Pero en España se han desarrollado desde 2004 con una inusitada rapidez y violencia, corroyendo el normal funcionamiento del Estado y paralizando su actuación. En los últimos años ha mostrado que no es capaz de hacer frente a una emergencia o a una crisis grave, sea natural o provocada. No es ya que no sepa responder a un incendio, una riada o una nevada si no es con relatos cruzados: es que resulta inepta frente a ataques del exterior que quedan sin respuesta exterior y que, a cambio, generan división interior.
La historia demuestra que esto, en términos políticos y estratégicos, acaba siempre desembocando en inestabilidad política y crisis más o menos profundas. Con un Estado ineficaz e ineficiente, episodios como el de Ceuta –una invasión territorial no detectada, no rechazada y que acaba sólo cuando los invasores deciden que la aventura no merece la pena– se repetirán en los próximos años, con Marruecos o con cualquier otro país o actor internacional que quiera poner a prueba a España y a su capacidad de reacción y resistencia.
Que la España actual no sepa responder a las crisis y simplemente se dedique a discutir y pelearse sobre ellas nos pone ante un hecho estratégico fundamental: hoy es el eslabón más débil de la cadena europea y occidental, el más fácil de romper y corromper y, por lo tanto, el más apetecible para ser atacado. Se dan en este país todas las condiciones para que los depredadores se fijen en él como forma de dañar al conjunto de socios occidentales. Dicho de manera más directa: la debilidad española es una invitación para los enemigos y rivales, no sólo de España, sino de Occidente.
Respecto a esto último, el resto de europeos parece no terminar de entender el cambio profundo que se está operando en el segundo país en población y el cuarto en superficie de la Unión Europea. En la última década el Gobierno de Pedro Sánchez ha alimentado las peores tendencias españolas, girando el alineamiento exterior de España fuera de la órbita occidental, ante la pasividad de la sociedad y la impotencia de una oposición dividida y desorientada.
De manera resumida: primero, una presencia creciente de China en la economía española, y una infiltración creciente en medios políticos y mediáticos, algo que hasta ahora habíamos visto fundamentalmente en países del tercer mundo, antes de ser depredados por Pekín. Segundo, un alineamiento con los regímenes narcosocialistas de Iberoamérica, en el que se funden los intereses personales de los líderes socialistas con la política exterior de toda la nación; tercero, la defensa y la cobertura diplomática de grupos terroristas y partidos islamistas en Oriente Medio, del que el caso más claro es el del apoyo poco disimulado a Hamás y al régimen de Irán. Y cuarto, una política de debilidad y sumisión tan extrema como incomprensible ante el chantaje marroquí, dentro de una tendencia clara por hacer todo tipo de negocios con dictaduras africanas bajo la cobertura de la ayuda al desarrollo o la Agenda 2030.
España está girando de ser un país normalizado dentro de la Unión Europea y la OTAN a convertirse en una suerte de país no alineado, que durante la Guerra Fría significaba básicamente ser antiamericano y antieuropeo sin querer afrontar las consecuencias de aparecer abiertamente como tal. Pero no hay política o convicción ahí, lo hace llevado por la debilidad: España es hoy un país incapaz de seguir el ritmo estratégico de sus socios –y eso que ese ritmo es ya de por sí lento– y carece de la capacidad de observar los retos y problemas de manera realista. Le es más fácil aceptar la diplomacia fácil, corrupta y miserable que emana de Pekín, aceptar el chantaje conocido y por lo tanto familiar de Rabat, los negocios fáciles narcolatinos que asumir la responsabilidad de invertir en defensa o fortalecer sus fronteras.
Esta debilidad –política, institucional y moral– supone un problema de gran magnitud para la Unión Europea y para los países que han compartido alianzas con España en las últimas décadas. La ira de la Administración Trump, ocupada a su manera por establecer una alianza de países occidentales, hacia la España que conspira contra sus valores está más que justificada: la Casa Blanca no desprecia la rivalidad, sino la debilidad.
España es para sus socios un mal ejemplo y una carga a soportar, pero no solo eso: es también una amenaza. Todo parece indicar que de aquí surgirán a corto y medio plazo dos escenarios graves. El primero es interior, y afecta a los propios españoles: la degradación política, institucional y económica de España. Cada vez más es un país institucionalmente débil, socialmente dividido y económicamente endeudado y, por lo tanto, dependiente del exterior. Una presa fácil de la injerencia y la desestabilización, de la guerra de propaganda externa y de la presión psicológica interna. Esto no es sólo responsabilidad de Sánchez, sino que tiene causas sociales y cívicas más profundas, razón por la cual su gravedad es mayor, porque dibujan el panorama de una España en ciclo de decadencia social, económica e institucional.
Un hipotético nuevo gobierno –si quiere revertir realmente la situación– lo tendrá más difícil que nunca, pues será acosado por enemigos internos y externos. Hoy conviven y se mezclan ya con enorme naturalidad partidarios de la dictadura islamista, mercenarios ideológicos de la autocracia rusa, de la tecnocracia china y del comunismo iberoamericano. Todos en un frente común, desordenado y financiado a la vez, que amenaza con arrinconar una reacción democrática. Cabe preguntarse si un gobierno que sustituya al de Sánchez será lo suficientemente fuerte moralmente para soportar las embestidas interiores y exteriores de quienes ven en España una posibilidad de cambio del régimen.
El segundo escenario se relaciona con el primero, es exterior y mucho más grave para los que aún se consideran socios de España. Ya he dicho que estos ven hoy en día a España como un ejemplo de lo que no hay que hacer, como un vecino molesto, insolidario y egoísta con el que hay que cargar. Pero no se trata sólo de eso, sino de algo más grave: todo parece indicar que España se va a convertir en el laboratorio estratégico antioccidental de la próxima década, en la cabeza de puente antieuropea en territorio europeo, el campo de batalla para desestabilizar tanto la Unión Europea como la Alianza Atlántica. Tengo para mí que para ponerlas contra las cuerdas la puerta de entrada no son los países bálticos o los países del Este, sino el país desorientado, perdido y sin rumbo fijo que parece ser España hoy.
Desde luego que tanto la UE como la OTAN pueden existir sin España: ya ocurrió en el pasado. Sabemos bien que una expulsión, de derecho o de hecho, no es algo descabellado. El problema para aquellas organizaciones es que España, dentro o fuera de sus alianzas, es tan europea que los europeos no pueden permitirse que se convierta en un problema estratégico grave: un portaaviones chino, una base de operaciones para el crimen organizado en el flanco sur de Europa o un campo de batalla postmoderno donde se pongan en juego, como en 1936, las fuerzas tecnológicas, ideológicas o militares del siglo XXI.
En fin: cómo y por qué España ha llegado hasta este punto es algo que exigirá estudios profundos y sosegados: los historiadores del futuro explicarán cómo España ha pasado en pocos años de ser un socio fiable a ser un peso muerto y después una amenaza para las naciones occidentales. Lo urgente ahora es plantearse si es posible evitar que España sea en las próximas décadas el gran problema europeo, el laboratorio político y estratégico de nuevas fuerzas. Los socios de la UE llevan tantos años observando, con razón, a su vecino del Este, que no se ha fijado en que el tumor de su socio situado más al sur puede pasar a ser una metástasis estratégica de graves consecuencias.
