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Crónica desde Cuba: La Habana es un sepulcro envuelto en banderas

Ni siquiera el obvio paralelismo con cualquier paisaje catalán resulta tranquilizador. El día es para revolucionarios y nosotros no lo somos.

/ María Espada (Cienfuegos-La Habana)
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Detalle de la fachada de un CDR del Vedado (La Habana) | José María Albert de Paco y María Espada

El tribunal académico que tenía que calificar la tesis de graduación de Mariela, la novia de un primo de Yasmín, no le permitió abrir la boca. "La universidad es para revolucionarios y usted no lo es". Tras cuatro años de estudios universitarios, ése fue el precio que pagó Mariela por pertenecer a una familia de la corriente opositora Proyecto Varela. A Yasmín no le extrañó la represalia: "¡El Proyecto Varela! Ya son ganas de buscarse problemas".

Yasmín prefiere estar en paz con la Revolución. No hace ni diez minutos, una anciana mulata de pelo estropajoso ha llamado a su puerta y le ha susurrado algo. Era la delegada del CDR de su cuadra, que le informaba acerca de la posibilidad de firmar en el libro de condolencias por la muerte de Fidel, habilitado al efecto en un colegio de Trinidad. Yasmín firmará, claro, porque no hacerlo es buscarse problemas.

Son las 7 de la mañana del lunes 28 de noviembre, primer día de escuela tras el óbito. Los escolares cubanos, a diferencia de los españoles a la muerte de Franco, no recordarán estos días por la ausencia de clases. Al cabo, el solo hecho de ir a la escuela es un acto revolucionario y, por ello, la mejor forma de honrar la memoria del Líder Supremo.

La que escogió anoche el sexagenario Jorgito fue más ortodoxa. Cocido a buchitos de ron desde las cinco de la tarde, a las ocho brindó por Fidel ("mi amigo, su hermano") y, al punto, en un alarde de objetividad, se dio a enumerar las deficiencias del régimen, haciendo hincapié en el "tremendo" error que ha supuesto, en los últimos años, dar tanta libertad a los pájaros, que es el modo como en Cuba se designa a los maricones. Jorgito es cochero de turistas, vive solo y tiene satisfechas sus necesidades básicas, esto es, el alcohol y, de cuando en cuando, 20 minutos de amor a 10 cucs (el peso convertible, unos 10 euros). Cómo iba a tener otras si Fidel, al poco de llegar al poder, repartió refrigeradores, lavadoras y televisores entre todos los cubanos. Y gratis. El luto, obviamente, también rige para Jorgito, mas embotellado en agua mineral. A las putas va a ser más difícil camuflarlas. Sobre todo porque en Cuba no hay putas.

Mientras esperamos al chófer del colectivo que nos ha de llevar a La Habana, prosigue en la tele el maratón fidelista. Son ya 56 horas de loas al comandante y es el turno de una corresponsal en algún país iberoamericano (Ecuador, creo entender). "Y en cuanto aquí se supo la noticia, el cielo se cerró y cayó un aguacero impresionante, el mayor, estoy segura, en mucho tiempo, como si la naturaleza también quisiera sumarse al homenaje a Fidel".

Para realismo mágico, sin embargo, el de Julio, 35 años, nuestro chofer de hoy. "Hace diez años me eché al mar tres veces en una balsa y el mar me devolvió las tres. Esta isla, amigo, es una prisión rodeada de agua, usted me entiende. Ahora tengo esposa y un hijo y sigo tratando de salir, pero por otra vía: una visa, ayuda de algún amigo de Miami, un contrato de trabajo en México... Lo que Dios provea".

Vamos lanzados por la autopista porque Julio debe llegar antes de las 11 a un punto de recogida para dejar a los dos alemanes que viajan con nosotros. Si no llega a esa hora, el día se le complica. Un bucle de canciones de Bisbal ameniza el trayecto. Por lo demás, autopista, punto de recogida y complicación son términos tan orientativos como ameniza. Reflexiono en voz alta sobre el inmenso porcentaje de cubanos que no conoce ningún otro país. "Le asombraría", apostilla Julio, "el inmenso porcentaje de cubanos que no conocen Cuba... La cantidad de habaneros que no conocen Cienfuegos, o la cantidad de cienfuegueros que no conocen Santiago. De eso se habla poco y también es bastante revelador del país de mierda que es esto".

Al poco de entrar en La Habana, vemos las primeras marchas de pioneros hacia la Plaza de la Revolución. Algunas de esas columnas están encabezadas por pancartas. "Viva Cuba libre". "Fidel vive". "Hasta siempre, Comandante". La ciudad es un sepulcro envuelto en banderas y ni siquiera el obvio paralelismo con cualquier paisaje catalán resulta tranquilizador. El día es para revolucionarios y nosotros no lo somos. Sólo entonces me percato de que hace ya unos minutos que Julio ha silenciado a Bisbal.


Lea la crónica previa: "Por lo que Fidel representa".

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