
Colombia está a cinco semanas de la primera vuelta presidencial. Estas son las elecciones más violentas que ha vivido el país en tres décadas, desde los años del narcoterrorismo de finales de los 80 y comienzos de los 90, cuando a los candidatos los acribillaban y las ciudades vivían bajo el asedio del terror. Treinta años después, los mismos carteles de la droga siguen operando, ahora disfrazados bajo rótulos de grupos guerrilleros.
El tono de esta campaña fue fijado por las balas. El atentado contra Miguel Uribe Turbay marcó el punto. Desde entonces, no ha habido pausa. A pocos días de la primera parte de la elección, el país está bajo presión: ataques terroristas a lo largo y ancho de la geografía colombiana, control territorial por parte de grupos antisociales y amenazas abiertas. La gente saldrá a votar bajo el poder intimidatorio de los violentos que están al servicio del régimen petrista.
Según los estudios demoscópicos, el primer lugar en intención de voto lo ocupa el comunista Iván Cepeda, heredero de Petro y de las FARC. En segundo lugar, aparece Abelardo De La Espriella y en tercer lugar Paloma Valencia. En el caso de Valencia hay una dificultad evidente que se explica por la coalición que decidió construir.
Para usar los mismos términos que se emplearon en España para describir el Gobierno de Pedro Sánchez, lo de Paloma es una coalición tipo Frankenstein. Ahí confluyen seguidores del uribismo, el bloque de la fórmula vicepresidencial Juan Daniel Oviedo —con posturas ajenas a la doctrina del presidente Uribe— y el sector enemigo por antonomasia: el santismo. Tres exministros de Juan Manuel Santos están en la coalición de Valencia. Esa mezcla genera desconcierto. El elector no sabe con claridad qué está respaldando: si a la candidata que dice enarbolar el legado de Uribe, a la que lidera el programa progresista de Oviedo, o a la que se alió con el traidor Santos.
Lo cierto, y se ha visto a lo largo de esta campaña, es que una parte importante de la base electoral del presidente Álvaro Uribe Vélez se ha venido inclinando por De La Espriella, quien ha estructurado un programa que recoge buena parte de los postulados que Uribe ha defendido durante más de dos décadas.
Esa afinidad ha tensionado la campaña. Y las inefables redes sociales han hecho el resto. El tono ha subido, los ataques se han endurecido y la confrontación ha entrado en un terreno cada vez más agresivo, donde la controversia programática ha sido desplazada por el insulto personal.
De aquí al 31 de mayo, lo que viene es una contención fuerte entre quienes respaldan a Valencia y quienes están con De La Espriella. El objetivo de Paloma es claro: desplazar a quien la supera en todas las encuestas, y quedarse con el tiquete a la segunda vuelta. Esa es la pelea de fondo en este momento.
Ha desconcertado el nivel de estulticia de algunos dirigentes que apoyan a Paloma Valencia —precisamente los de origen santista— quienes han afirmado que en ningún caso votarían por De La Espriella si fuera él quien llegara a segunda vuelta. Esa posición desconoce el tamaño de la amenaza que enfrenta el país. Aquí se está hablando de un sujeto como Iván Cepeda, con una propuesta marxista radical, abiertamente enfrentada al modelo de libertades. Un eventual gobierno suyo pondría en grave riesgo la subsistencia del régimen democrático colombiano.
La sed de poder está llevando a algunos a cruzar límites que no tienen justificación. Y eso ya está pasando factura. Electores de Valencia, especialmente los de raíz uribista, están viendo con alarma las posturas ambivalentes de la coalición de Valencia y se están moviendo rápidamente hacia las toldas de De La Espriella. No es una "traición" a Uribe, sino un mero reflejo de supervivencia, porque entienden que Colombia no se puede permitir caer en las garras del feroz estalinismo que representa Iván Cepeda, cuya única gira internacional que ha realizado en calidad de candidato presidencial fue, precisamente, a España, donde lideró un acto público convocado por Enrique Santiago, el abogado de las FARC.
Lo cierto es que el primero de junio, una vez pase la primera vuelta, las disputas entre opositores necesariamente tendrán que quedar en el pasado. De La Espriella, Valencia y el presidente Uribe estarán obligados a dialogar. Tendrán que construir un acuerdo serio para enfrentar a Cepeda, sea quien sea el que pase al balotaje.
Los entendimientos en política nunca son fáciles de alcanzar. Hay que superar muchas dificultades y diferencias. Pero si a esos procesos de acuerdo se llega con heridas difícilmente restañables, todo se complica aún más. Por el bien de Colombia, es de esperar que los candidatos opositores comprendan que, en momentos como este, la generosidad en política nunca es signo de debilidad, sino un imperativo. En sus manos está evitar que el país que tanto dicen querer se pierda para siempre.
